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miércoles, 26 de enero de 2011

Cuéntame cómo pasó

España ha alumbrado dos de los más bizarros inventos políticos del siglo XX: la Democracia Orgánica, que duró cuarenta años; y la España de las Autonomías que lleva, y no a lo tonto, treinta y dos años de vigencia. Se trata de construcciones políticas muy diferentes en sus supuestos y en sus planteamientos, pero que tienen tres rasgos en común: el asentarse sobre bases eclécticas, aunque de distinto acarreo; contar con un revestimiento de naturaleza utópica; y adoptar una política excluyente que permite dejar fuera del tiesto a los que –hombres o instituciones- estorban o se muestran inoportunos. Esto es absolutamente necesario para cualquier sistema de gobierno, pero lo que aquí interesa destacar es la originalidad de ambos casos españoles.

Dejando El Estado de las Autonomías para otra ocasión, aprovecho ahora para ocuparme de la Democracia Orgánica en cuya base ecléctica se combinaban aspectos corporativistas provenientes de la doctrina social de la Iglesia con otros del fascismo italiano. El adobo de naturaleza utópica consistía en una visión imperial, extemporánea en el caso de España cuyo imperio había sido borrado de la faz de la tierra por la derrota de 1898 de modo que no quedaron ni las barreduras del panhispanismo que podría haber subsistido entre los hispanoamericanos insatisfechos tras la Independencia del continente que puede cifrarse en 1825, año de la batalla de Ayacucho.

La política excluyente consistió varios puntos, a saber: eliminar radicalmente la lucha de clases mediante la supresión de los instrumentos más eficaces de ésta: los partidos políticos y los sindicatos; poner fuera de juego los separatismos nacionalistas; esquivar los derechos dinásticos de Don Juan de Borbón y Battemberg aceptando no obstante y de forma implícita el vínculo con España de la casa de Borbón; y, por fin y sin que por esto sea lo menos importante, en neutralizar la influencia de la Falange Española y del Carlismo fuerista valiéndose de una original y eficaz combinación del palo y la zanahoria que en parte funcionaban por aparente elevación. El palo: la fusión obligada de ambas formaciones antagónicas en el seno del Movimiento y la condena a muerte, conmutada por destierro, de Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio en la Jefatura de la Falange, y de veinte falangistas más. La zanahoria –por cierto distractiva y envenenada- consistió en la transformación de la Camisa Azul y de la Boina Roja, emblemas de filiación propios de falangistas y de carlistas respectivamente, en piezas ostentosas del atuendo oficial de políticos, de burócratas y de figurantes en el nomenclátor del Régimen.

Este tinglado permitió a Franco fintar y encajar cual boxer afortunado en cuadriláteros dispares: mimesis fascista en plena guerra mundial, protector de los sefarditas frente al nacismo, patriotismo hispano en la ofensiva de la ONU y la retirada de embajadores, amigo lo mismo de la Orden B´nai B`rith que de la Liga Árabe, baluarte anticomunista durante la guerra fría y sostenedor, hasta donde le fue posible, del comercio con la Cuba castrista. Eso mismo le permitió en lo económico, poner en práctica la autarquía, pasar después al plan de estabilización de la mano del Ministro Alberto Ullastres, poner en marcha los planes de desarrollo y llegar al primer acuerdo con Europa. Así pudo incluir en su coreografía al bailarín que más convenía en cada momento, en el exterior: desde Mussolini a Dwigh Eisenhower y DeGaulle, pasando por Perón y Evita; y en el interior, y a tenor de cada momento, acudir según convenía, el nombramiento de ministros filofacistas, anglófilos, o tecnócratas monárquicos y de apertura liberal dispuestos cada uno de ellos a abrir paso a lo que fuera posible.

En este momento en que tanto se valora la permanencia en el poder, si de veras se quisiera reavivar la memoria histórica, debía tomarse más en serio el estudio y la reflexión acerca de la larga vida de la última de las dictaduras españolas del siglo XX…y, sobre todo, del éxito de su transfiguraciones finales que dieron lugar a la admirada transición pacífica y a su epígono, la España de las Autonomías. Opino, no pontifico.

miércoles, 19 de enero de 2011

Veo, Veo

¿Le intriga el futuro? Déjese de adivinos africanos y de santeros caribeños e inclínese vuestra merced sobre esa bola de cristal que es el presente y descubrirá, entre tanta opacidad, algunos indicios que destacan por su persistencia en tirar hacia adelante.

Veo, veo. ¿Qué ves? Una cosita ¿Con qué letrita es?

Con B de bicicleta. Pedalear deslomándose en vehículos de esta clase es lo que hasta hace dos décadas tenían que hacer los chinos de las grandes ciudades; pobres ambos, las ciudades y los chinos. La propaganda presentaba dicho ejercicio como signo e indicio de sujeción y de pobreza nada envidiables. Ahora el futuro apunta a que las mayorías no pudientes de por aquí tengan que ir en bicicleta, igual que los chinos pobres de hace tan solo unas décadas. Bien entendido, por supuesto, que si esto llega a suceder aquí no será por pobres ¡oiga! sino por amor a la ecología y por pura afición al ejercicio físico, aunque las bicicletas lleguen a ser de manufactura china.

Veo, veo. ¿Qué ves? Una cosita ¿Con qué letrita es? Con la P de prohibido.

Cada vez habrá más imposiciones gubernativas que afecten, nimiedad por nimiedad, pijadita por pijadita, al mermado terreno de la autonomía personal. ¿Quién sería capaz de asegurar que está en peligro la libertad de nadie mientras se pueda elegir entre el Madrid y el Barca y de poner o no poner en el balcón la enseña de la Real? Pero, bien entendido que las prohibiciones han sido puestas por sabios y sabias que saben a ciencia cierta lo que conviene o no a los ciudadanos y… ciudadanas

Veo, veo. ¿Qué ves. Una cosita ¿Con qué letrita es?

Con V de vejez. Los bebés escasean entre los indígenas de boina y chalaparta mientras aumenta la proporción de ancianos, de inválidos y eutanasiables en general. Pero, si hemos inventado el Reino de las Diecisiete Repúblicas ¿por qué hemos de colegir que por falta de partos sucumbirá la nación? Bien entendido que aún no hemos aprovechado a fondo el invento del siglo: la nación sin nacimientos ni madres que los parió.

Veo, veo.¿Qué ves? Una cosita. ¿Con que letrita es?

Con la M de mendigo. Cada vez los hay en mayor número. Ahora no son signos de pobreza, abandono o gandulería como sería en una dictadura, sino sutil indicio de la buena salud social de nuestra democracia. Bien entendido que lo de menos es que vengan a pedir, si en el fondo lo que quieren es participar del ambientazo de libertad, tolerancia y productividad que reina en nuestras ciudades grandes y pequeñas y en nuestras afanosas industrialdeas. ¿O no? Y perdonen vuestras mercedes.

miércoles, 12 de enero de 2011

Las Banderas

Puesto a exhibir la realidad y hacer de ella un espectáculo al uso -cutre, por supuesto- voy a contarles que he tomado la costumbre de echar la siesta cubriéndome con una manta india de algodón mas áspera que mullida, que imita, aunque con flecos o barbas en el orillo, la bandera del Estado de Texas: la de la estrella solitaria o “Alone Star””

La única razón para abrigarme con ella, es que me la han regalado. Pero, como soy libre para liarme la manta a la cabeza, la dichosa prenda me induce a pensar en las banderas de otras repúblicas que han sido realidades políticas o han estado a punto de convertirse en tales y que solamente la sensatez de los norteamericanos evitó que perduraran como puntos de discordia, desunión y guerra.

Por ejemplo, la bandera roja con dos cruces, azul y blanca sobrepuestas, que simbolizaba en 1803 la unión de los indios creek y los semínolas en la República de Muscogee. O esa otra bandera en que lucía sobre campo blanco la silueta de un soldado armado de fusil con bayoneta calada, emblema de una proyectada república de los Patriotas de la Florida Occidental, que fracasó porque el presidente Madison le negó su apoyo. O la de cruz verde sobre fondo blanco, propia de los levantiscos que seguían a un aventurero apellidado MacGregor que se hizo fuerte en la diminuta isla Amelia, donde proclamó una República que paradójicamente quería abarcar a la Florida entera.

Otras banderas tuvo Texas antes de la que figura en la manta que cobija mis siestas invernales. Enteramente verde fue la izada en 1812 por la expedición de Bernardo Gutiérrez de Lara. Y aún hubo otra, del año de 1818 que ostentaba siete barras rojas sobre fondo blanco con el cuadrante superior izquierdo en rojo donde campeaba la estrella de cinco puntos. Y, por fin, está la poco conocida “Bonnie Blue Flag” donde lucía también la “Alone Star” y sirvió en la guerra civil de 1861 de emblema de la Confederación hasta que los sublevados enarbolaron la bandera del aspa y las estrellas que finalmente representaría a “Dixie Land” en la guerra contra la Unión Americana.

He soltado todo este rollo porque la experiencia dictamina que la desunión, la discordia y las mismas guerras no se retrasan por banderas. El problema no reside en enarbolar un emblema, sino en evitar que se convierta en objeto de idolatría y en vector del odio. Ojo al trapo, pues. Las banderas, son lo más apto que hay para liárselas a la cabeza.

viernes, 7 de enero de 2011

Sueño de Navidad



Silencio en el mundo. Sueño. Estoy en la casa de la niña de las setenta Barbies y del niño de los cuarenta juegos electrónicos y los treinta vehículos teleguiados. Me invitan a subir a un satélite de juguete. “Pide un deseo, sólo uno”, me dicen. Pero yo formulo un rosario de ellos:

”...Quisiera remontarme a la región cristalina y secreta del espacio, donde los pensamientos y las realidades profundas se hacen visibles. Atrás quedarían el vapor espeso de las ambiciones desmedidas, las montañas donde se apilan los escombros de los proyectos fracasados, el tufo denso del odio, las nubes de mosquitos de la envidia, los aires malsanos de las autoexigencias excesivas, el aroma enervante del narcisismo, para venir a quedar yo solo ante el paisaje de la verdad que resplandece. Lejos, en fin, de los espejismos cambiantes, de las apariencias y los pareceres que mudan.

Y quisiera, sin injusticia, poder juzgar a los demás por lo que acontece dentro de mí mismo. Y anhelaría lo confieso, hallar que todos -sin excepción, como son los “todos” que llegan a serlo por completo- compartiéramos un mismo anhelo de paz.

Y no entendida ésta como simple ausencia de hostilidades, ni como ese lugar común al que recurren los oradores para vituperar los males de la guerra, que se supone su contraria, sino como medio para coincidir en la plenitud de esa superior inocencia que consiste en reconocer los errores con la misma tranquilidad de vida que los aciertos, contemplados los unos y los otros en la unidad que les presta el conocimiento de nuestra propia común indigencia, unificada la totalidad de nuestros actos en la convicción de sabernos seres propensos al fallo, inclinados al extravío, proclives a desviar el timón hacia la rompiente de los escollos, negligentes a la hora de consultar la carta de marear que nos facilitaría el seguimiento de derroteros claros.

Y dentro de ese sentimiento que no tiene otra salida que el abajarnos de los pedestales que nos hemos construido cada uno, brotaría un anchuroso sentimiento de amistad conmiserativa, que es amistad que surge -como el adjetivo indica- de sentirse compañeros de miserias, partícipes de inclinaciones, de debilidades que reconocemos como tales, con entera franqueza, sin paliativos ni máscaras.

Y quizá, dentro de esta macedonia de errores comunes a nuestras vidas, llegaríamos a descubrir, allá en lo hondo de nuestro ser -en lo que llamamos el alma- como una joya antigua encerrada en el baúl guardado en el desván, un sentimiento de nostalgia del Paraíso olvidado o al que nunca nos hemos propuesto regresar.

Puede que nuestro existir llegara a convertirse por esta vía en un inmenso reglaje de presentimientos altos que nos llevarían a la búsqueda esperanzada de una regularidad prudente, sobria, viva y entregada que acaso echamos de menos en nuestras vidas.

Y comprenderíamos también que ese alguien a quien llamamos Dios, porque de alguna manera tenemos que llamarlo y siempre nos quedaremos cortos, no es el Ser exigente que nos rebaja a servidumbre vil y nos quiere sometidos a ciega sumisión, sino Padre Nuestro, común, que mantiene su mesa puesta y nos guarda, para cuando queramos volver a casa, un sitio que sólo puede ser el nuestro; no un dios recurso-de-autoayuda, sino el magnífico administrador de acicates que estimulan, impulsan, sacuden la modorra y lanzan un reto al que hay que responder; no el dios-disminuido que tiene a la razón por enemiga, sino el inteligente moderador que convida a ejercitarla en ese interminable simposio que es la vigilancia y el cultivo de la propia conciencia y en la búsqueda del conocimiento y la sabiduría, que son dones del Espíritu Santo.

Y ojalá también, que el barrunto que nos hizo vislumbrar en un momento dado de nuestras vidas que Dios es bueno, pudiera convertirse en una convicción torrencial capaz de hacernos comprender que es posible hacer el bien mucho más allá de las virtudes simplemente prácticas y convenientes, y que cuando la Escritura se refiere a “servir a Dios en su presencia”, lo que hace es invitarnos a hacer de nuestra actividad una sucesión de actos conscientes, lúcidos, en los cuales vibre pleno el intelecto, plena la decisión de la voluntad, plenos los sentidos, pleno y abierto el corazón, plena la atención a las personas, cosas y acontecimientos que nos rodean, trenzados los elementos de nuestro ser en un haz de determinación que actúe en nosotros con la fuerza creadora de un “fiat, de un “serviam”, de un “hágase” y de un “estoy dispuesto” continuamente renovados.”


Y, desde la altura en la que sueño y donde acaso hayan comenzado a brillar constelaciones nuevas, percibo en esta Navidad que se aproxima, la sacra, vibrante emoción cristiana, crecer -igual que desde hace dos milenios, silente, brillante, misteriosa- en las ciudadelas de corazones encendidos, como un rubí que se forma en las entrañas de la tierra y que eclosiona en impulso de compartir, de perdonar, de confiar, de amar, de crear…y de creer que el Bien existe y es posible darle cumplimiento pese a las violentas tempestades y por encima de los montones de estiércol que se ponen a nuestro alcance al parecer con fines de degustación.

Y veo de repente -desde allá arriba- como si el paisaje perdiera de improviso su lejanía y su profundidad, y ocuparan todo el ámbito de visión los alborotados personajes de una mascarada: la Inquietud, la Agitación y el Apresuramiento inútil; la Ambición compulsiva; el Impulso irresisitible de bailar al son que toquen en cada momento; la Satisfacción que se solaza en el dispendio; el Orgullo que se pavonea en las ventajas de posición y clase; la Ufanía de lo propio y vernáculo que se erige en jactanciosa forma de exclusión.

Y me parece que veo las razones por las cuales, para una parte creciente de los que descreen y para multitud de cristianos en animación suspendida, esta noche sea tan vulgar como la de todos los días; sólo que más ornamentada de oropeles, más cubierta de bisutería, más pretenciosa y más metida en la bulla de siempre. Y termino por comprender, aunque no vaya conmigo, la desgana que les lleva a no celebrar nada, a no alegrarse más, a no seguir mintiendo con el gesto lo que ya no alcanzan a percibir en su interior.

Aterrizo al fin. Bajo del satélite de juguete. La niña de las setenta Barbies, y el niño de los cuarenta juegos electrónicos y los treinta vehículos teledirigidos, nadan en la piscina del enorme pabellón en que se ha convertido ahora la sala. Sobre el agua flotan cuarenta y cuatro mil huecas bolas de Navidad.

Veo descender un ángel. Otros tres aguardan su turno.

El Primer Ángel trae un aviso, y su mensaje es el de la paloma del Arca: “Las aguas no cubren ya la Tierra”.

El Segundo Ángel clama, y su arenga es la del Libro de Josué: “No tengas miedo ni te acobardes, porque el Señor estará contigo donde quiera que vayas”.

El Tercer Ángel advierte, y sus palabras son las de Ezequiel, profeta: “Extraeré vuestro corazón de piedra y os implantaré en su lugar un corazón de carne”

El Cuarto Ángel pide, y su demanda es la mismo del Libro de los Proverbios: “Dame, hijo, tu corazón”.

Y todo volvió al silencio. Al despertar.

lunes, 3 de enero de 2011

El Sueño de la Razón

Chimpancés y demás grandes simios aparte, el pensamiento articulado precede a la acción. Y cuando el pensamiento se ensambla en una ideología, es este artefacto mental el que sirve de horma al actuar humano.

La ideología dominante en el siglo XIX y XX, mezcla de darwinismo y mercantilismo liberal, presidió la creación de la Sociedad del Congo y luego del Estado Libre del Congo, con las atrocidades que Joseph Conrad reflejaría en su novela “El Corazón de las tinieblas”, que Hollywood trasladaría a la guerra del Vietnam con el filme “Apocalipsis Now”. Esa misma ideología -basada en una certeza provisional propia de la ciencia- propició también el exterminio de los indígenas de los Estados Unidos y la exclusión de los negros tribeños en amplias zonas del África en el segundo momento de la gran expansión de la raza blanca, que fue protagonizada exclusivamente por Inglaterra y los Estados Unidos. Dicho sea de paso, de este segundo momento de expansión leucoderma fueron excluidas todas las potencias coloniales “latinas”, bautizadas así por Francia, que quería ser cabeza de la latinidad. Pero los franceses fueron parados en seco por los ingleses en el incidente de Fachoda; España fue derrotada por los Estados Unidos en la guerra del 98; y Portugal, dócil y secular aliada de Inglaterra por temor a Castilla, fue puesta fuera de servicio por la misma Inglaterra en la que los lusos -ilusos en este caso- confiaban ciegamente.

Pero como las ideologías no se detienen en fronteras, esa misma mentalidad darwinista y mercantil fue la que provocó algunas operaciones de exterminio escasamente estudiadas. Esta vez los hechores fueron los descendientes más o menos mestizados de los conquistadores y exploradores españoles y portugueses que habían iniciado en el siglo XV la primera expansión leucoderma. Tal es el caso de las hostilidades que el gauchaje argentino y los gobiernos de Buenos aires sostuvieron contra los indios de la pampa; o la guerra de exterminio que en México desataron contra los indios de la Pimería los gobiernos “positivistas” de don Porfirio Díaz; y la precoz y no estudiada guerra biológica llevada a cabo -con la ayuda de los conocimientos médicos- contra los indios selváticos del Estado de Sao Paulo, cuando los colonos se valieron de piezas de telas de colores infectadas con la viruela que dejaban como mortíferos regalos en los senderos de las selva frecuentados por los incautos tupiguaraníes.

Así que menos blasonar de inocencias basadas en la supuesta bondad de la razón humana. El sueño de la razón engendra monstruos y da lo mismo que esa razón la ejerzan las gentes de nuestro patio que las del patio ajeno.