Chimpancés y demás grandes simios aparte, el pensamiento articulado precede a la acción. Y cuando el pensamiento se ensambla en una ideología, es este artefacto mental el que sirve de horma al actuar humano.
La ideología dominante en el siglo XIX y XX, mezcla de darwinismo y mercantilismo liberal, presidió la creación de la Sociedad del Congo y luego del Estado Libre del Congo, con las atrocidades que Joseph Conrad reflejaría en su novela “El Corazón de las tinieblas”, que Hollywood trasladaría a la guerra del Vietnam con el filme “Apocalipsis Now”. Esa misma ideología -basada en una certeza provisional propia de la ciencia- propició también el exterminio de los indígenas de los Estados Unidos y la exclusión de los negros tribeños en amplias zonas del África en el segundo momento de la gran expansión de la raza blanca, que fue protagonizada exclusivamente por Inglaterra y los Estados Unidos. Dicho sea de paso, de este segundo momento de expansión leucoderma fueron excluidas todas las potencias coloniales “latinas”, bautizadas así por Francia, que quería ser cabeza de la latinidad. Pero los franceses fueron parados en seco por los ingleses en el incidente de Fachoda; España fue derrotada por los Estados Unidos en la guerra del 98; y Portugal, dócil y secular aliada de Inglaterra por temor a Castilla, fue puesta fuera de servicio por la misma Inglaterra en la que los lusos -ilusos en este caso- confiaban ciegamente.
Pero como las ideologías no se detienen en fronteras, esa misma mentalidad darwinista y mercantil fue la que provocó algunas operaciones de exterminio escasamente estudiadas. Esta vez los hechores fueron los descendientes más o menos mestizados de los conquistadores y exploradores españoles y portugueses que habían iniciado en el siglo XV la primera expansión leucoderma. Tal es el caso de las hostilidades que el gauchaje argentino y los gobiernos de Buenos aires sostuvieron contra los indios de la pampa; o la guerra de exterminio que en México desataron contra los indios de la Pimería los gobiernos “positivistas” de don Porfirio Díaz; y la precoz y no estudiada guerra biológica llevada a cabo -con la ayuda de los conocimientos médicos- contra los indios selváticos del Estado de Sao Paulo, cuando los colonos se valieron de piezas de telas de colores infectadas con la viruela que dejaban como mortíferos regalos en los senderos de las selva frecuentados por los incautos tupiguaraníes.
Así que menos blasonar de inocencias basadas en la supuesta bondad de la razón humana. El sueño de la razón engendra monstruos y da lo mismo que esa razón la ejerzan las gentes de nuestro patio que las del patio ajeno.
La ideología dominante en el siglo XIX y XX, mezcla de darwinismo y mercantilismo liberal, presidió la creación de la Sociedad del Congo y luego del Estado Libre del Congo, con las atrocidades que Joseph Conrad reflejaría en su novela “El Corazón de las tinieblas”, que Hollywood trasladaría a la guerra del Vietnam con el filme “Apocalipsis Now”. Esa misma ideología -basada en una certeza provisional propia de la ciencia- propició también el exterminio de los indígenas de los Estados Unidos y la exclusión de los negros tribeños en amplias zonas del África en el segundo momento de la gran expansión de la raza blanca, que fue protagonizada exclusivamente por Inglaterra y los Estados Unidos. Dicho sea de paso, de este segundo momento de expansión leucoderma fueron excluidas todas las potencias coloniales “latinas”, bautizadas así por Francia, que quería ser cabeza de la latinidad. Pero los franceses fueron parados en seco por los ingleses en el incidente de Fachoda; España fue derrotada por los Estados Unidos en la guerra del 98; y Portugal, dócil y secular aliada de Inglaterra por temor a Castilla, fue puesta fuera de servicio por la misma Inglaterra en la que los lusos -ilusos en este caso- confiaban ciegamente.
Pero como las ideologías no se detienen en fronteras, esa misma mentalidad darwinista y mercantil fue la que provocó algunas operaciones de exterminio escasamente estudiadas. Esta vez los hechores fueron los descendientes más o menos mestizados de los conquistadores y exploradores españoles y portugueses que habían iniciado en el siglo XV la primera expansión leucoderma. Tal es el caso de las hostilidades que el gauchaje argentino y los gobiernos de Buenos aires sostuvieron contra los indios de la pampa; o la guerra de exterminio que en México desataron contra los indios de la Pimería los gobiernos “positivistas” de don Porfirio Díaz; y la precoz y no estudiada guerra biológica llevada a cabo -con la ayuda de los conocimientos médicos- contra los indios selváticos del Estado de Sao Paulo, cuando los colonos se valieron de piezas de telas de colores infectadas con la viruela que dejaban como mortíferos regalos en los senderos de las selva frecuentados por los incautos tupiguaraníes.
Así que menos blasonar de inocencias basadas en la supuesta bondad de la razón humana. El sueño de la razón engendra monstruos y da lo mismo que esa razón la ejerzan las gentes de nuestro patio que las del patio ajeno.
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