Poco caso se le ha hecho al muerto pese a las razones que había para lo contrario. Porque se trata del físico Samuel T. Cohen, inventor de la bomba de neutrones, o bomba N, fallecido en Los Ángeles el 28 de noviembre a los 89 años edad, dos semanas después de haber sido operado de un cáncer de estomago.
El ilustre científico estaba muy orgulloso de su invento, mas no tuvo la satisfacción personal de apreciar los efectos mortíferos de la bomba más allá del ensayo que de ella se hizo en el desierto de Nevada el año de 1963, en tiempos de John F. Kennedy. Y digo eso de la satisfacción sin ningún retintín, porque, empleando los tópicos del siglo XXI, dicha bomba merecería con toda justeza –ya que no con justicia- figurar en un parque temático de las ciencias bajo el rótulo de “el arma más ecológica y sostenible que ha ideado la razón en orden a encontrar aplicación humanístico a la ciencia nuclear”
En la alborada del malabarismo semántico de nuestra época, el propio Cohen entendía que su bomba era la más sana y ceñida a la moral de cuantas existían puesto que, una vez finalizada la guerra en que hubiera sido empleada, el mundo –aunque aliviado de millones de seres humanos- seguiría intacto como si no hubiera pasado nada. Y en una entrevista aparecida en The New York Times, en septiembre de dos mil nueve, calificó a la bomba N como arma inteligente, la única capaz de dar sentido a la guerra nuclear. En ambas ocasiones se refería a que la bomba N, por efecto de las fuertes radiaciones ionizantes que destruyen el sistema nervioso central, mata a todo bicho viviente; pero no incinera ni destroza los cuerpos, y deja poco menos que intactas las edificaciones y, por supuesto, también el mobiliario urbano, los monumentos, las bibliotecas,etc, lo cual, según se mire, es una gran ventaja desde el punto de vista multicultural y del diálogo entre civilizaciones.
Nikita Kruschev –otro que tal- que a raíz de retirar los misiles de Cuba tuvo que soportar la ingrata noticia de que la multitud fidelizada por Castro recorría las calles de La Habana gritando “Nikita mariquita, lo que se da no se quita”, calificó a la bomba de“perfecta arma capitalista” y comparó a los Estados Unidos con un malhechor que mata a un hombre poniendo cuidado de que el traje de la víctima no quede manchado de sangre para poder usarlo sin necesidad de llevarlo a la tintorería; con todo, el ruso ordenó también la fabricación de la bomba de neutrones. Lo dicho aquí parece una inocentada grotesca y “parajódica”; pero no es tal. Como hubieran dicho Cantinflas, Pancho Villa o el emperador Maximiliano I de México: es la puritita verdad.
El ilustre científico estaba muy orgulloso de su invento, mas no tuvo la satisfacción personal de apreciar los efectos mortíferos de la bomba más allá del ensayo que de ella se hizo en el desierto de Nevada el año de 1963, en tiempos de John F. Kennedy. Y digo eso de la satisfacción sin ningún retintín, porque, empleando los tópicos del siglo XXI, dicha bomba merecería con toda justeza –ya que no con justicia- figurar en un parque temático de las ciencias bajo el rótulo de “el arma más ecológica y sostenible que ha ideado la razón en orden a encontrar aplicación humanístico a la ciencia nuclear”
En la alborada del malabarismo semántico de nuestra época, el propio Cohen entendía que su bomba era la más sana y ceñida a la moral de cuantas existían puesto que, una vez finalizada la guerra en que hubiera sido empleada, el mundo –aunque aliviado de millones de seres humanos- seguiría intacto como si no hubiera pasado nada. Y en una entrevista aparecida en The New York Times, en septiembre de dos mil nueve, calificó a la bomba N como arma inteligente, la única capaz de dar sentido a la guerra nuclear. En ambas ocasiones se refería a que la bomba N, por efecto de las fuertes radiaciones ionizantes que destruyen el sistema nervioso central, mata a todo bicho viviente; pero no incinera ni destroza los cuerpos, y deja poco menos que intactas las edificaciones y, por supuesto, también el mobiliario urbano, los monumentos, las bibliotecas,etc, lo cual, según se mire, es una gran ventaja desde el punto de vista multicultural y del diálogo entre civilizaciones.
Nikita Kruschev –otro que tal- que a raíz de retirar los misiles de Cuba tuvo que soportar la ingrata noticia de que la multitud fidelizada por Castro recorría las calles de La Habana gritando “Nikita mariquita, lo que se da no se quita”, calificó a la bomba de“perfecta arma capitalista” y comparó a los Estados Unidos con un malhechor que mata a un hombre poniendo cuidado de que el traje de la víctima no quede manchado de sangre para poder usarlo sin necesidad de llevarlo a la tintorería; con todo, el ruso ordenó también la fabricación de la bomba de neutrones. Lo dicho aquí parece una inocentada grotesca y “parajódica”; pero no es tal. Como hubieran dicho Cantinflas, Pancho Villa o el emperador Maximiliano I de México: es la puritita verdad.
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