No voy a romper una lanza en favor de Chillida-Leku. Y no porque lugar tan ameno y deleitoso no merezca envite semejante, sino porque valedores tiene que lo hagan con más razón que yo; sin contar que a las entidades y personas que llevan el asunto entre manos, se les ha de suponer dotadas de la sensatez y el conocimiento suficientes para evitar un cierre que sería como un poner puertas al campo. Pero tampoco quisiera dejar pasar la ocasión sin rememorar lo que para este viajero ha significado la contemplación de una realidad artística tan recia y tan veraz como es el mundo que en piedra, madera y hierro supo plasmar el escultor Chillida.
Desde el primer momento en que pude conocer su obra –ya que no su persona- he creído sorprender en ella como un arranque incontenible hacia horizontes nuevos que convivía, paradójicamente, con un descomunal tirón hacia el pasado. En la exposición individual (1956) de la Galerie Maeght de París – que, por cierto, depende de una entidad privada y familiar: la Fondation Marguerite et Aimé Maeght- o en la exposición de la Galería Clan, de Madrid (1954) ya se era testigo de una embestida bifronte que transportaba al espectador al umbral de trascendentales e innominadas mitologías. Y ese desatado dinamismo, lejos de denotar dispersión de esfuerzos o revelar la desorientación del timonel que en medio de la tormenta -que gira en el fondo de toda gran inspiración- no sabe adonde ir, se traducía en un decidido afirmar la perennidad de lo artístico y en una inconmovible confianza en la obra bien trabajada.
De las obras de Chillida me impresiona sobre todo su levitar en un presente conseguido con la gravidez ponderal y estante de la piedra y con la gravedad arcaica del mineral de hierro. De la piedra que sale de la tierra ya investida de su propio ser y parecer geológico que la hace apta para recibir el golpe creador; y del hierro que en la mena carece de cuerpo coherente y ha de ser depurado al fuego, surgía la escultura chillidiana en un faenar titánico que solo terminaba cuando la materia incandescente se doblegaba para recibir la forma y el volumen.
Chillida fue un artista fino y un artesano que resucitó y ennobleció las artes de los antiguos forjadores y de los maestros medioevales del cincel, el martillo y la gubia. En el hierro, la piedra o la madera, fue exigente consigo mismo, tenaz en sus propósitos, universal en sus planteamientos, inflexible y acertado en la puesta en sitial de sus impresionantes esculturas que en esta hora de crisis parecen decir: ¡dejadnos aquí, donde estamos! Y creo yo que es un buen consejo el suyo.
1 comentario:
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