Gesto es movimiento de las partes móviles del rostro, de la cabeza entera, de las manos o de los hombros y brazos, que expresa o recalca sentimientos o revela estados de ánimo o intenciones. Los gestos acompañan al habla y a veces la sustituyen. Y, aunque hay un repertorio básico de gestos espontáneos, como los que responden a la sorpresa, el susto, la agresividad incontenida, el agrado y el placer, la frecuencia y la fuerza de la expresión gestual difieren muchísimo de individuo a individuo, de grupo a grupo e incluso de raza a raza, ya que no todas éstas dotan a sus miembros de idéntico desarrollo de la musculatura facial. Por esta causa, los amarillos, por ejemplo, resultan inexpresivos en relación con los blancos.
En la frecuencia, énfasis, calidad y tipo del gesto empleado influye la educación, el temperamento y el sexo de cada individuo. Tampoco cabe olvidar el cuadro de hábitos gestuales que se originan en los grupos sociales y nacionales. Los franceses hacen gestos con la cara y los italianos con las manos; en tanto, españoles y expañoles gesticulan especialmente con los músculos de la frente y, -de una forma que los singulariza conjuntamente- con los hombros, los codos y los antebrazos.
También se llama gesto cualesquiera acción premeditada que permite a quien la ejercita recalcar un propósito o una intención que, por inusuales, requieren un refuerzo expresivo que vaya más allá de las palabras desgastadas por la usura, o degeneradas por la mentira y el disimulo. Esta clase de gestos voluntarios y enaltecidos por la sinceridad –gestos de corazón- son los que se precisan si se quiere lograr ese apaciguamiento que, por vía de explicable exageración, se califica anticipadamente de paz.
En una época de soberbia como es la que ahora cursa en el calendario, y en una tierra de desmesurada ufanía en la que tantos han sido muertos por manos y voluntad de sus semejantes, se necesitan más que nunca gestos que se eleven sobre sí mismos sosteniéndose en el espíritu y la verdad, únicos factores capaces de borrar del encerado histórico aquellos momentos en que la parroquia y los parroquianos, por miedo o connivencia, preferían mirar para otro lado. Sin esos gestos no habrá verdadera comunicación. Porque comunicar no es acción que surja en el vacío o que apunte a la nada, sino que se dirige a crear estados de ánimo presentando muestras fiables de buena voluntad. Esas muestras que harán que un mensaje portador de contenidos difíciles quede en disposición de dar su fruto.
En la frecuencia, énfasis, calidad y tipo del gesto empleado influye la educación, el temperamento y el sexo de cada individuo. Tampoco cabe olvidar el cuadro de hábitos gestuales que se originan en los grupos sociales y nacionales. Los franceses hacen gestos con la cara y los italianos con las manos; en tanto, españoles y expañoles gesticulan especialmente con los músculos de la frente y, -de una forma que los singulariza conjuntamente- con los hombros, los codos y los antebrazos.
También se llama gesto cualesquiera acción premeditada que permite a quien la ejercita recalcar un propósito o una intención que, por inusuales, requieren un refuerzo expresivo que vaya más allá de las palabras desgastadas por la usura, o degeneradas por la mentira y el disimulo. Esta clase de gestos voluntarios y enaltecidos por la sinceridad –gestos de corazón- son los que se precisan si se quiere lograr ese apaciguamiento que, por vía de explicable exageración, se califica anticipadamente de paz.
En una época de soberbia como es la que ahora cursa en el calendario, y en una tierra de desmesurada ufanía en la que tantos han sido muertos por manos y voluntad de sus semejantes, se necesitan más que nunca gestos que se eleven sobre sí mismos sosteniéndose en el espíritu y la verdad, únicos factores capaces de borrar del encerado histórico aquellos momentos en que la parroquia y los parroquianos, por miedo o connivencia, preferían mirar para otro lado. Sin esos gestos no habrá verdadera comunicación. Porque comunicar no es acción que surja en el vacío o que apunte a la nada, sino que se dirige a crear estados de ánimo presentando muestras fiables de buena voluntad. Esas muestras que harán que un mensaje portador de contenidos difíciles quede en disposición de dar su fruto.
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