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jueves, 11 de septiembre de 2008

Rusia, Europa y Estados Unidos

El mundo, considerado como un sistema de poder, se encuentra en plena fase de adaptación hacia un nuevo equilibrio que vendría a sustituir al que existía antes del hundimiento de la Unión Soviética.

Se trata de una adaptación dirigida y encabezada por los Estados Unidos, que además de inconclusa, como sería lo normal dado el escaso tiempo que ha transcurrido desde aquél suceso, se muestra imprecisa en sus planteamientos. Tienden éstos a debilitar aún más a una Europa que, sin embargo, reúne las condiciones apropiadas para ser el amigo crítico que los americanos necesitan. Esta adaptación es, por otra parte, contradictoria en sus realizaciones, pues provoca los conflictos en vez de dar solución a los problemas que los originan; y además, sigue un rumbo errático, pues fomenta con excesiva confianza el progreso de una China Roja que no ha renunciado al comunismo aunque se aproveche de las inflorescencias capitalistas. Por último, aunque no por eso menos importante, la mencionada adaptación se manifiesta excesivamente proclive a encerrarse en el círculo marcado todavía por los hábitos propios del sistema de equilibrio bipolar que se creía superado.

En efecto, los Estados Unidos, abocados por la historia a la hegemonía mundial, buscan de nuevo en Rusia al enemigo figurado para establecer un contraste continuo e irritativo que estimule el enfrentamiento. Así de inseguro y comprometido es hoy el escenario de la globalización.

Aceptando como verdad que el propósito de un nuevo orden sea el de mantener la paz y la concordia entre las naciones, nos encontramos con un hecho paradójico: los países occidentales encabezados por Estados Unidos, de hecho han ido creando nuevos puntos de fricción con el país que ya no es la Unión Soviética. Y no me refiero a los sonoros portazos a las propuestas rusas de hacer de la OTAN un instrumento para garantizar la paz en la zona que va desde las costas atlánticas del Viejo Continente hasta las costas del Mar de la China donde las proas rusas surcan el Pacífico. Ni tampoco quiero aludir al escudo antimisiles, que parte de la idea básica de la enemistad y de la mala fe de Rusia. No. Los puntos de fricción a que me refiero tienen la particularidad de situarse sobre el trazado de las fronteras de la nueva Rusia y están relacionados con el cordón de nuevos Estados que parecen haber sido puestos allí con el propósito, inconfesado pero objetivamente manifiesto, de aislar a los rusos del resto del mundo y de desposeerlos de la zona de influencia que por propia gravitación habían creado a través de siglos de acción civilizadora entre los pueblos nómadas, pastoriles y guerreros del Asia Central y del Caucaso.

Dichos Estados son inviables o de sostenibilidad harto difícil, lo cual los convierte en seguras fuentes de conflicto. En mi opinión, son estados inviables a aquellos que ostentan las siguientes características: su soberanía no puede ser sostenida en la práctica si no es por medio de la continua presión diplomática o por la directa ayuda militar que en caso necesario se convierte en intervención; su desarrollo cívico se ve impedido u obstaculizado seriamente por estar su población compuesta por etnias que se aborrecen entre sí desde siempre; su viabilidad material, en último término, depende de una manera connatural de aquél otro Estado del que han sido separados y con el que guardan continuidad geográfica y dependencia topológica. Las características enumeradas corresponden a todos los países que han nacido de la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y que hoy cuelgan de los hijares de la nueva Rusia como flecos sueltos de heridas que no han sido suturadas.

Todo este alarde de esfuerzos encaminados a crear nuevos conflictos con el pretexto de evitarlos, va acompañado de otra contradicción consistente en el hecho de que no se ha avanzado nada en la tarea de desactivar los puntos de fricción conocidos ya desde la época anterior, y que ahora no conspiran sólo contra la paz regional, sino –por efecto de contagio inevitable- contra la misma paz mundial.

Tal es el caso de la enemistad de los países musulmanes, involucrados todos –a excepción de Egipto- en la lucha contra Israel, desde el frente propagandístico hasta la beligerancia activa y el terrorismo islamista. Tal es el caso también del viejo polvorín constituido por el inestable Pakistán en perpetuo y solapado conflicto con la India. O la bomba de tiempo que social y políticamente representa Bangladesh, verdadero foso de miseria y desorden. Mientras tanto, las intervenciones humanitarias en Afganistán y en Irak tienden a convertirse en ocupaciones militares crónicas que sin lograr impedir la lucha entre facciones musulmanas tradicionalmente enemigas, provocan la inquina contra los segmentos cristianos de la población de esos países, que se ve obligada a emigrar.

Lógicamente, estos puntos de fricción terminarán por dar su fruto de nuevos estallidos que me guardaría muy mucho de calificar de impredecibles, el último de los cuales se produjo cuando las tropas de la República de Georgia se lanzaron contra Osetia del Sur y Abjazia, rompiendo el “status quo” que amparaba esos territorios cuyos pobladores han querido continuar siendo ciudadanos rusos.

La reacción militar de la nueva Rusia no se hizo esperar. A las armas respondió con las armas. Quizá en situaciones como ésta, en lugar de recurrir a esquemas de la guerra fría, se debía recordar un viejo aforismo de la diplomacia anterior a 1919: “Rusia no es tan fuerte como ella dice, pero nunca es tan débil como se la pueda llegar a suponer”. En todo caso, el antiguo reino de los zares y ex patria del proletariado, además de una potencia con la cual hay que contar para la guerra, para la paz y para la estabilidad en el mundo, es un país rico en experiencia e Historia. ¿Cómo es posible que Europa lo olvide? ¿Acaso la Unión Europea está cegada por el espejismo de la expansión hacia el Este que, haciéndola más grande, la convierte en más vulnerable? ¿Está Europa dispuesta a desechar para siempre el ideal de la “casa común” que un día proclamaron desde ángulos diversos, pero con impulsos convergentes, Mijail Gorbachov y Carol Woytila?

Hay solo un punto que hasta ahora parece firme en medio de tanta confusión: el grupo de poder que forman entre sí los Estados Unidos de América, el Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, todos ellos de cuño cultural y étnico anglosajón .Dichos Estados son los que comparten, por de pronto, el núcleo de la información estratégica que verdaderamente les importa, y son los que garantizan, en el mundo, un seguimiento de las políticas que benefician al conjunto de estos países. Son, para los Estados Unidos, los Aliados de Confianza. España quiso en un momento dado montarse en este carro donde fue bien recibida, mas prontamente apeada de allí por la conciencia mozárabe de un país que en sus entrañas aborrece a los “moros”, pero rechaza compromisos que los enfrenten a ellos. El entonces Presidente Aznar debió conocer con qué bueyes contaba para roturar una nueva política internacional.