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martes, 10 de mayo de 2011

Diálogo en el Infierno

Oiga vuestra merced, Don Diablo, dicen por ahí que el río baja revuelto y que se revolverá aún más. ¿Qué puede pasar?

- No soy ningún profeta; y como diablo manejo información privilegiada que no puedo compartir con nadie. Pero como sé más cosas por viejo que por diablo, si se me consulta en calidad de viejo, puedo dar sin el menor reparo un consejo práctico: prepare vuestra merced las redes o la caña de pescar. No eche en saco roto el viejo refrán “a río revuelto ganancia de pescadores.”

- Pero, ¿cómo ir a echar las redes al Mar Rojo que está infectado de piratas?

-Vayamos por partes. ¿Por qué ese tono despectivo al referirse al Mar Rojo? ¿O es que le quiere echar la culpa a la izquierda? Recuerde la canción aquella: “El mar y el cielo se ven igual de azules y en la distancia parece que se unen…” Así que menos indirectas. Recuérdelo de una vez y para siempre: el mar es siempre azul, como lo fue el franquismo, el falangismo, las Hijas de María y lo es el Cordon Blue. Y según Juan Ramón Jiménez, poeta de Moguer, azul es el color del Innombrable. En cuanto a los piratas, plegue a mi señor Belcebú que encuentren refugio, humanitario por supuesto, en el Reino de las Diecisiete Repúblicas, donde estarán muy a gusto con tantos ejercitantes de esa misma industria. Además, no hay por qué ir de pesca al mar de los piratas. Otros mares hay infectados, bien que de contaminantes químicos; y en el sudeste asiático abundan las piscifactorías donde se cría el panga, pescado que por barato se considera apto para llenar la andorga de los niños en las escuelas públicas. Sin contar con los riquísimos caldos radioactivos de Fukushima que, con tiempo y una caña de pescar, acaso nos sorprendan con una excelente merluza mutante de seis colas, digna rival del pollo seis pechugas de Chernobil o del fabuloso pichón de cuatro patas, que tuve la fortuna de saborear en la ciudad de Kremenschug durante el festín organizado con dinero público por una autonosuya de esas dispuestas a abrir mercados y a ensanchar estómagos valiéndose de esa poderosa ganzúa que es una buena pitanza.

- ¡Pero todos estos productos de la contranaturaleza tienen efectos teratógenos!

-¿Y que le va a vuestra merced en eso? Al cabo, de algo teneis que morir vosotros los seres humanos. Y morir comiendo no es una mala elección, habiendo por ahí tanto muerto de hambre que jamás podrá ser contado entre las ahítas víctimas de las Food Borne Diseases (FBD), que en román paladino vale tanto Enfermedades de Transmisión Alimentaria, (abreviadamente ETA), que suena a otra cosa que también es mortal.

Con oído de tísico

Vaya la verdad por delante para que nadie se espante: no tengo otra razón para haber oído lo que a continuación diré, que tener lo que se dice oído de tísico. ¡Pobres tísicos, con las barbaridades que se expone uno a oír si anda con los tímpanos descuidados!

A mi lado pasan una mujer y una niña. Por el aspecto y el acento parecen de aquí y por la forma de conllevarse, madre e hija. Hay que aclarar ambas condiciones pues la gente de aquí, como las madres, son ya mayoría interrumpida. La madre va en silencio; parece triste o aburrida. Pronto entenderé que va abrumada. La niña – de unos seis años- le pregunta si le pasa algo.

La madre, supongo, no quiere cargar sobre su hija la tristeza que lleva encima y lucha por ser sincera. La oigo contestar que la vida, a veces se hace difícil. Lo ha dejado caer con más melancolía que abatimiento. Al oyente le da tiempo a interrogarse acerca de lo que la mujer pueda añorar o acaso no haya tenido nunca ¿Un hogar propio? ¿Un marido? ¿Acaso una mano adulta que comparta a su lado como padre el cargo y la carga de ser madre? ¿Un trabajo estable?

Y la niña, que ahora se ha dado la vuelta hacia la mujer y la ha tomado de la mano, comienza a recitar una lección que parece bien aprendida: “¿Quieres decir que yo soy difícil?” Y ella misma se contesta: “Noo, yo soy vida y no soy difícil” “¿Y ese pajarito?” - dice señalando a un pardillo que salta como una bola de pluma buscando migas- y se contesta también: “Noo, porque es vida y no es difícil” “¿Y Dios, que es la Viida, es difícil? Y se responde retadora: “no lo creo.” Y del Creador retorna la niña a la Naturaleza: y prosigue el interrogatorio: “¿Y esas flores?”…

La niña se ha soltado de nuevo de la mano de su madre. Ambas se alejan de mi ámbito de audición. La niña va ahora dando saltos de esa alegría de descubrir el mundo. Su pequeño mundo. Pronto ambas se perderán de vista entre los viandantes.

Y el oyente se pregunta: ¿habrá quedado consolada la madre, o fortalecida, con las palabras de la niña? Y se sorprende a sí mismo un si-es-no-es conmovido y deseando que sea cual fuere la causa de esa tristeza, de esa bruma de desesperanza que parece envolver a la mujer, alcancen las palabras de la niña a disiparla. Y glosando las palabras de un curilla que fue de aquí, pienso que Dios no obliga, sino que invita, y suavemente nos encamina por medio de otros. Lo dijo en su momento Arismendiarrieta, presbítero. Y lo han dicho muchos que se esforzaron también por ser santos. Y vale, porque si la Semana es Santa, los tiempos van tatuados de impíos.