Vaya la verdad por delante para que nadie se espante: no tengo otra razón para haber oído lo que a continuación diré, que tener lo que se dice oído de tísico. ¡Pobres tísicos, con las barbaridades que se expone uno a oír si anda con los tímpanos descuidados!
A mi lado pasan una mujer y una niña. Por el aspecto y el acento parecen de aquí y por la forma de conllevarse, madre e hija. Hay que aclarar ambas condiciones pues la gente de aquí, como las madres, son ya mayoría interrumpida. La madre va en silencio; parece triste o aburrida. Pronto entenderé que va abrumada. La niña – de unos seis años- le pregunta si le pasa algo.
La madre, supongo, no quiere cargar sobre su hija la tristeza que lleva encima y lucha por ser sincera. La oigo contestar que la vida, a veces se hace difícil. Lo ha dejado caer con más melancolía que abatimiento. Al oyente le da tiempo a interrogarse acerca de lo que la mujer pueda añorar o acaso no haya tenido nunca ¿Un hogar propio? ¿Un marido? ¿Acaso una mano adulta que comparta a su lado como padre el cargo y la carga de ser madre? ¿Un trabajo estable?
Y la niña, que ahora se ha dado la vuelta hacia la mujer y la ha tomado de la mano, comienza a recitar una lección que parece bien aprendida: “¿Quieres decir que yo soy difícil?” Y ella misma se contesta: “Noo, yo soy vida y no soy difícil” “¿Y ese pajarito?” - dice señalando a un pardillo que salta como una bola de pluma buscando migas- y se contesta también: “Noo, porque es vida y no es difícil” “¿Y Dios, que es la Viida, es difícil? Y se responde retadora: “no lo creo.” Y del Creador retorna la niña a la Naturaleza: y prosigue el interrogatorio: “¿Y esas flores?”…
La niña se ha soltado de nuevo de la mano de su madre. Ambas se alejan de mi ámbito de audición. La niña va ahora dando saltos de esa alegría de descubrir el mundo. Su pequeño mundo. Pronto ambas se perderán de vista entre los viandantes.
Y el oyente se pregunta: ¿habrá quedado consolada la madre, o fortalecida, con las palabras de la niña? Y se sorprende a sí mismo un si-es-no-es conmovido y deseando que sea cual fuere la causa de esa tristeza, de esa bruma de desesperanza que parece envolver a la mujer, alcancen las palabras de la niña a disiparla. Y glosando las palabras de un curilla que fue de aquí, pienso que Dios no obliga, sino que invita, y suavemente nos encamina por medio de otros. Lo dijo en su momento Arismendiarrieta, presbítero. Y lo han dicho muchos que se esforzaron también por ser santos. Y vale, porque si la Semana es Santa, los tiempos van tatuados de impíos.
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