
Silencio en el mundo. Sueño. Estoy en la casa de la niña de las setenta Barbies y del niño de los cuarenta juegos electrónicos y los treinta vehículos teleguiados. Me invitan a subir a un satélite de juguete. “Pide un deseo, sólo uno”, me dicen. Pero yo formulo un rosario de ellos:
”...Quisiera remontarme a la región cristalina y secreta del espacio, donde los pensamientos y las realidades profundas se hacen visibles. Atrás quedarían el vapor espeso de las ambiciones desmedidas, las montañas donde se apilan los escombros de los proyectos fracasados, el tufo denso del odio, las nubes de mosquitos de la envidia, los aires malsanos de las autoexigencias excesivas, el aroma enervante del narcisismo, para venir a quedar yo solo ante el paisaje de la verdad que resplandece. Lejos, en fin, de los espejismos cambiantes, de las apariencias y los pareceres que mudan.
Y quisiera, sin injusticia, poder juzgar a los demás por lo que acontece dentro de mí mismo. Y anhelaría lo confieso, hallar que todos -sin excepción, como son los “todos” que llegan a serlo por completo- compartiéramos un mismo anhelo de paz.
Y no entendida ésta como simple ausencia de hostilidades, ni como ese lugar común al que recurren los oradores para vituperar los males de la guerra, que se supone su contraria, sino como medio para coincidir en la plenitud de esa superior inocencia que consiste en reconocer los errores con la misma tranquilidad de vida que los aciertos, contemplados los unos y los otros en la unidad que les presta el conocimiento de nuestra propia común indigencia, unificada la totalidad de nuestros actos en la convicción de sabernos seres propensos al fallo, inclinados al extravío, proclives a desviar el timón hacia la rompiente de los escollos, negligentes a la hora de consultar la carta de marear que nos facilitaría el seguimiento de derroteros claros.
Y dentro de ese sentimiento que no tiene otra salida que el abajarnos de los pedestales que nos hemos construido cada uno, brotaría un anchuroso sentimiento de amistad conmiserativa, que es amistad que surge -como el adjetivo indica- de sentirse compañeros de miserias, partícipes de inclinaciones, de debilidades que reconocemos como tales, con entera franqueza, sin paliativos ni máscaras.
Y quizá, dentro de esta macedonia de errores comunes a nuestras vidas, llegaríamos a descubrir, allá en lo hondo de nuestro ser -en lo que llamamos el alma- como una joya antigua encerrada en el baúl guardado en el desván, un sentimiento de nostalgia del Paraíso olvidado o al que nunca nos hemos propuesto regresar.
Puede que nuestro existir llegara a convertirse por esta vía en un inmenso reglaje de presentimientos altos que nos llevarían a la búsqueda esperanzada de una regularidad prudente, sobria, viva y entregada que acaso echamos de menos en nuestras vidas.
Y comprenderíamos también que ese alguien a quien llamamos Dios, porque de alguna manera tenemos que llamarlo y siempre nos quedaremos cortos, no es el Ser exigente que nos rebaja a servidumbre vil y nos quiere sometidos a ciega sumisión, sino Padre Nuestro, común, que mantiene su mesa puesta y nos guarda, para cuando queramos volver a casa, un sitio que sólo puede ser el nuestro; no un dios recurso-de-autoayuda, sino el magnífico administrador de acicates que estimulan, impulsan, sacuden la modorra y lanzan un reto al que hay que responder; no el dios-disminuido que tiene a la razón por enemiga, sino el inteligente moderador que convida a ejercitarla en ese interminable simposio que es la vigilancia y el cultivo de la propia conciencia y en la búsqueda del conocimiento y la sabiduría, que son dones del Espíritu Santo.
Y ojalá también, que el barrunto que nos hizo vislumbrar en un momento dado de nuestras vidas que Dios es bueno, pudiera convertirse en una convicción torrencial capaz de hacernos comprender que es posible hacer el bien mucho más allá de las virtudes simplemente prácticas y convenientes, y que cuando la Escritura se refiere a “servir a Dios en su presencia”, lo que hace es invitarnos a hacer de nuestra actividad una sucesión de actos conscientes, lúcidos, en los cuales vibre pleno el intelecto, plena la decisión de la voluntad, plenos los sentidos, pleno y abierto el corazón, plena la atención a las personas, cosas y acontecimientos que nos rodean, trenzados los elementos de nuestro ser en un haz de determinación que actúe en nosotros con la fuerza creadora de un “fiat, de un “serviam”, de un “hágase” y de un “estoy dispuesto” continuamente renovados.”

Y, desde la altura en la que sueño y donde acaso hayan comenzado a brillar constelaciones nuevas, percibo en esta Navidad que se aproxima, la sacra, vibrante emoción cristiana, crecer -igual que desde hace dos milenios, silente, brillante, misteriosa- en las ciudadelas de corazones encendidos, como un rubí que se forma en las entrañas de la tierra y que eclosiona en impulso de compartir, de perdonar, de confiar, de amar, de crear…y de creer que el Bien existe y es posible darle cumplimiento pese a las violentas tempestades y por encima de los montones de estiércol que se ponen a nuestro alcance al parecer con fines de degustación.
Y veo de repente -desde allá arriba- como si el paisaje perdiera de improviso su lejanía y su profundidad, y ocuparan todo el ámbito de visión los alborotados personajes de una mascarada: la Inquietud, la Agitación y el Apresuramiento inútil; la Ambición compulsiva; el Impulso irresisitible de bailar al son que toquen en cada momento; la Satisfacción que se solaza en el dispendio; el Orgullo que se pavonea en las ventajas de posición y clase; la Ufanía de lo propio y vernáculo que se erige en jactanciosa forma de exclusión.
Y me parece que veo las razones por las cuales, para una parte creciente de los que descreen y para multitud de cristianos en animación suspendida, esta noche sea tan vulgar como la de todos los días; sólo que más ornamentada de oropeles, más cubierta de bisutería, más pretenciosa y más metida en la bulla de siempre. Y termino por comprender, aunque no vaya conmigo, la desgana que les lleva a no celebrar nada, a no alegrarse más, a no seguir mintiendo con el gesto lo que ya no alcanzan a percibir en su interior.
Aterrizo al fin. Bajo del satélite de juguete. La niña de las setenta Barbies, y el niño de los cuarenta juegos electrónicos y los treinta vehículos teledirigidos, nadan en la piscina del enorme pabellón en que se ha convertido ahora la sala. Sobre el agua flotan cuarenta y cuatro mil huecas bolas de Navidad.
Veo descender un ángel. Otros tres aguardan su turno.
El Primer Ángel trae un aviso, y su mensaje es el de la paloma del Arca: “Las aguas no cubren ya la Tierra”.
El Segundo Ángel clama, y su arenga es la del Libro de Josué: “No tengas miedo ni te acobardes, porque el Señor estará contigo donde quiera que vayas”.
El Tercer Ángel advierte, y sus palabras son las de Ezequiel, profeta: “Extraeré vuestro corazón de piedra y os implantaré en su lugar un corazón de carne”
El Cuarto Ángel pide, y su demanda es la mismo del Libro de los Proverbios: “Dame, hijo, tu corazón”.
Y todo volvió al silencio. Al despertar.
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