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miércoles, 12 de enero de 2011

Las Banderas

Puesto a exhibir la realidad y hacer de ella un espectáculo al uso -cutre, por supuesto- voy a contarles que he tomado la costumbre de echar la siesta cubriéndome con una manta india de algodón mas áspera que mullida, que imita, aunque con flecos o barbas en el orillo, la bandera del Estado de Texas: la de la estrella solitaria o “Alone Star””

La única razón para abrigarme con ella, es que me la han regalado. Pero, como soy libre para liarme la manta a la cabeza, la dichosa prenda me induce a pensar en las banderas de otras repúblicas que han sido realidades políticas o han estado a punto de convertirse en tales y que solamente la sensatez de los norteamericanos evitó que perduraran como puntos de discordia, desunión y guerra.

Por ejemplo, la bandera roja con dos cruces, azul y blanca sobrepuestas, que simbolizaba en 1803 la unión de los indios creek y los semínolas en la República de Muscogee. O esa otra bandera en que lucía sobre campo blanco la silueta de un soldado armado de fusil con bayoneta calada, emblema de una proyectada república de los Patriotas de la Florida Occidental, que fracasó porque el presidente Madison le negó su apoyo. O la de cruz verde sobre fondo blanco, propia de los levantiscos que seguían a un aventurero apellidado MacGregor que se hizo fuerte en la diminuta isla Amelia, donde proclamó una República que paradójicamente quería abarcar a la Florida entera.

Otras banderas tuvo Texas antes de la que figura en la manta que cobija mis siestas invernales. Enteramente verde fue la izada en 1812 por la expedición de Bernardo Gutiérrez de Lara. Y aún hubo otra, del año de 1818 que ostentaba siete barras rojas sobre fondo blanco con el cuadrante superior izquierdo en rojo donde campeaba la estrella de cinco puntos. Y, por fin, está la poco conocida “Bonnie Blue Flag” donde lucía también la “Alone Star” y sirvió en la guerra civil de 1861 de emblema de la Confederación hasta que los sublevados enarbolaron la bandera del aspa y las estrellas que finalmente representaría a “Dixie Land” en la guerra contra la Unión Americana.

He soltado todo este rollo porque la experiencia dictamina que la desunión, la discordia y las mismas guerras no se retrasan por banderas. El problema no reside en enarbolar un emblema, sino en evitar que se convierta en objeto de idolatría y en vector del odio. Ojo al trapo, pues. Las banderas, son lo más apto que hay para liárselas a la cabeza.

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