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miércoles, 13 de mayo de 2009

Los Bollos de Obama


Logre o no el presidente Obama el éxito en la gestión de la crisis internacional a la que su país se enfrenta como potencia rectora en lo político y en lo económico, al final, la importancia de su mandato sólo se medirá por el feliz remate de una tarea de régimen interno: completar la integración social y humana de leucodermos y melanodermos en la sociedad norteamericana.

No será tarea fácil ni breve. Quienes no hayan vivido en países plurirraciales no tendrán nunca noción cabal de los recelos que se plantean entre iguales jurídicos a los cuales el color, la morfología corporal y en parte las costumbres proclaman diferentes. La raza constituye un uniforme del cual no se puede prescindir.

La sociedad “negra” americana es hoy un conglomerado donde se manifiestan todas las clases sociales. Pero hasta ahora, la separación, inexistente en las leyes, ha dominado sin decretos en los hábitos generales de convivencia. Cada uno, negro o blanco, ha estado acostumbrado a buscar su propio ambiente, a acomodarse con los suyos, sobre todo en materia de ocio y diversiones. Pero la subida de Obama al sillón presidencial –que allí es símbolo de meta final y perfecta– ha provocado una reacción que para muchos resulta extraña: los negros burgueses buscan ahora la compañía de sus iguales sociales. Negros ricos y educados, con blancos ricos y educados. La transversalidad social muestra amagos de querer funcionar a plenitud. Los restaurantes caros y los “malls” lujosos, hasta hace nada cotos no definidos de los blancos, son hoy frecuentados también por la población negra de equivalente categoría o posición social.

Este hecho, que incluso la prensa sensacionalista vive con pudor que hay que suponer hijo de la prudencia, es asequible a la observación inteligente que no dejará, por cierto, de consignar también un fenómeno paralelo: desde el triunfo de Obama, la venta de armas entre los blancos ha crecido en una medida comparable al “subidón” armamentístico que se produjo  como consecuencia del ataque a las Torres Gemelas. Entonces compraban armas por si acaso había que defender el patio frente a “muslims” agresivos, ahora lo hacen por si acaso el bullir de los “negros” en los nuevos ambientes donde quieren empezar a sentirse cómodos, obedece a una conspiración de los agitadores “niggers”. Nadie lo declara así, pero muchos lo piensan. A la igualdad lograda le falta todavía naturalidad cotidiana. Conseguir ésta es cuestión de tiempo, si, pero también de corazones. ¿Está el horno listo para  cocer esos bollos?



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