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viernes, 18 de abril de 2008

¿Qué Defensa?

El nombramiento de una joven dama para ocupar el cargo de Ministro de Defensa pone a las Fuerzas Armadas en el punto de mira de la curiosidad pública en momentos de especial significación. Pues, si por una parte, la intervención militar en misiones internacionales de riesgo y compromiso constituye hoy por hoy la constancia más clara de que España existe en el concierto de las naciones y de que aún se alinea en las filas de Occidente, por otra parte, los ejércitos tienen que cumplir dicha tarea con personal escaso, ajustándose a un presupuesto raquítico, empleando un material insuficiente y, encima, ubicándose en un lugar de menor prestigio y significación dentro de la Administración Pública. Las causas de esta situación son complejas de examinar y comprometidas de enjuiciar Pero conviene intentarlo aún sabiendo que, por la materia misma, habrá aspectos que caen fuera de las posibilidades de información al público, entre el cual me cuento de buen grado.

La primera dificultad para enjuiciar con serenidad el papel de las fuerzas armadas deriva paradójicamente del hecho de que ya no existe el servicio militar obligatorio. Esta circunstancia es interpretada como un logro de la izquierda, que se habría empeñado en la extinción de dicho servicio exonerando al pueblo de esa especie de impuesto personal, mientras que la derecha habría empleado sus energías en favorecer a las grandes fortunas aliviándolas, en parte, del peso de los impuestos. De hecho, esta fue la posición sostenida por los partidos que hoy se acogen a la Izquierda mas que todo como denominación de origen, si bien, la decisión de abolir el servicio militar obligatorio la tomó precisamente un gobierno conservador, lo cual, como se verá a continuación, es perfectamente coherente con esa ideología.

Porque, mirando el tema con más profundidad, nos encontramos con que el servicio militar obligatorio nació de la praxis revolucionaria y no de las rutinas conservadoras. El grito de “Aux armes citoyens” no es sólo una estrofa retórica de La Marsellesa, sino una imposición de la Revolución Francesa. Tampoco fue mero recurso retórico la formación de los “soviets” de soldados y obreros de la revolución bolchevique. Ni en la revolución china fue mera casualidad que la completa identificación entre el pueblo y el Ejército, preconizada por Mao Zedong y sus seguidores de todo el mundo, se basara en un servicio militar obligatorio que ponía especial cuidado en el encuadramiento ideológico de los reclutas. Durante todo el siglo XX, no hubo revolución sin servicio militar obligatorio, ni en Kampuchea o Vietnam, ni en Cuba o Nicaragua.

Vayamos ahora a las distancias cortas. Consideremos el golpe antimonárquico de diciembre de 1930, organizado por los republicanos que participaron en el Pacto de San Sebastián. No hay porqué olvidar en este momento de reanimación de memorias históricas, que los republicanos encontraron en esa ocasión apoyo en el Ejército. La razón es muy sencilla: con un ejército basado en el servicio militar obligatorio, es fácil dar verosimilitud a la interesada especie de que detrás de los jefes y mandos insurrectos se agazapa siempre la figura rugiente y reivindicativa del pueblo en armas. Es bajo esta lente que se debe leer el bando publicado en Jaca en apoyo de la revolución republicana que los capitanes Galán y García Hernández habían hecho triunfar encabezando la guarnición de Jaca : “Como delegado del Comité Revolucionario Nacional, a todos los habitantes de esta ciudad y demarcación, hago saber. Artículo Único: Aquél que se oponga de palabra o por escrito, que conspire o haga armas contra la República naciente será fusilado sin formación de causa. Dado en Jaca a 12 de diciembre de 1930. Firmado: Fermín Galán.

Mirando el tapiz por el envés: ¿acaso quiere esto decir que el profesionalizar la milicia ha traído consigo la vuelta a posturas propias del antiguo régimen? Simplificando el análisis, cabría decir que sí, bien que en un punto concreto. Pero los siglos no pasan en vano y no en vanos mudan las vigencias, las necesidades y la manera de enfocar la paz y la guerra. Habrá, pues, que añadir matices a la paleta histórica que quiere pintar el lienzo de la Historia siguiendo el diseño de dos esbozos simplistas: 1) El ejército nutrido por reclutas es ya en esbozo del ejército de las repúblicas populares. 2) Los ejércitos profesionales preludian el dominio de los pretorianos.

El temor a esos hipotéticos pretorianos es lo que podría impulsar hoy a fomentar indirectamente cierto grado de indisciplina y desilusión en la tropa, cierto grado de burocratización en los mandos, cierto grado de rivalidad entre los oficiales de academia militar y los oficiales de complemento, cierto grado de desabastecimiento en lo que se refiere al material, cierto grado de aislamiento en lo que se refiere al contacto con el pueblo, cierto grado de infidencia en los servicios de inteligencia, esperando que estas deficiencias –buscadas, pero contenidas en sus límites- no sobrepasen el nivel a partir del cual los ejércitos modernos comienzan a ser perfectamente ineficaces. Un “ten, contén” parecido a lo que pasa con las rabias, también “contenidas”, que cubren la apariencia de clamar por la paz y la justicia, pero sin ofender a los que están en condiciones de tomar venganza.

Pero hay que ir a la realidad, no a las ensoñaciones. Y la realidad nos habla de la necesidad de la presencia militar en misiones internacionales, desde Afganistán hasta Cabo Verde, desde Haití al Kosovo. Nos habla también de la necesidad de que los ejércitos puedan responder a ataques terroristas de inspiración internacional. Nos habla de la urgencia de que las fuerzas armadas puedan hacer frente a la eventualidad de un conflicto irregular con bajas masivas y nos habla también de la posibilidad de magnicidios múltiples que pongan al Estado patas arriba y a los ciudadanos patas abajo.

Mas por encima de todo, una sola cosa permanece igual: la necesidad de plantear la defensa de acuerdo a supuestos geoestratégicos invariantes.Y en este sentido la península Ibérica es ahora lo que siempre ha sido por sus coordenadas geográficas: baluarte sur-occidental del continente europeo y, en consecuencia, posible teatro para una guerra nunca imposible; y, quieras que no, covigilante junto con Inglaterra, con Marruecos y con la OTAN-Estados Unidos, de la derrota Norte-Sur a través del Atlántico y de la derrota Este-Oeste a través del estrecho de Gibraltar y del Mediterráneo, en un momento en que las grandes potencias marítimas preparan sus armadas para guerras de litoral.

Miro la foto de la señora ministra pasando revista a las tropas en formación. La comparo con otra foto de mi archivo datada en 1922: una dama, título con grandeza, donostiarra por cierto, visita en Marruecos el cuartel general de la Legión. Luce tacones altos, sombrero al estilo de la época y traje de alta costura. Detrás de ella, a caballo, la figura inconfundible, tétrica, grandiosa, del General Millán Astray. Las tropas, formadas, presentan armas ante la dama visitante, a la cual rinden homenaje por su condición de Grande de España. Era el protocolo. El rey era entonces también el jefe supremo de las fuerzas armadas, pero las cosas han cambiado. La foto de hoy se me antoja una greguería de enorme e inesperado sentido: una mujer encinta revisando las tropas en un país abortista donde, a cuento de hacer diecisiete países o los que salgan del retranqueo, se favorece la disminución de su población nativa, sean vascos o maquetos, catalanes o charnegos. Ojalá viéramos algún día que la mano que se atreva a llegar a mover la cuna llegue también a mover el mundo. De momento, cabe esperar que se dote a los ejércitos del material moderno que necesitan para dejar de ser “un punto de referencia” a la hora de hablar de accidentes y de precariedad de medios.

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