Desde el punto de vista del estudio de los fenómenos humanos, hay un substrato individual del cual emana todo poder sobre la tierra. Dicho substrato está compuesto por las decisiones que afectan a sectores primigenios de la actividad humana tales como la defensa propia y la propia conservación, y que, siendo inherentes al individuo, contienen en sí las potencialidades que han permitido construir y mantener todo tipo de sociedades ideológicas, desde la más grande a la más insignificante, desde la más despótica a la más libertaria, desde la más laxa a la más rígida, desde las basadas en la libre coordinación atemperada por controles legales –como en la mayoría de sociedades occidentales- hasta la que busca equilibrarse en la vertebración conflictiva de las desigualdades jurídicas, como es el caso de la España de las autonomías.
Esta panoplia de decisiones originarias constituye una verdadera soberanía individual que se manifiesta a través de decisiones de reducido radio de acción, porque su alcance solo afecta a conjuntos sociales limitados y específicamente a la familia; pero cuya trascendencia es básica y radical si nos atenemos a lo elemental de su contenido. ..
A semejanza de la macrosoberanía correspondiente a los Estados y a las constelaciones de Estados, esta verdadera microsoberanía a nivel del individuo, no reconoce otras limitaciones que las nacidas de su factibilidad o de la voluntad del sujeto agente al cual suponemos asistido también de moralidad. En su dibujo genérico esta microsoberanía se corresponde con la responsabilidad individual, o sea, con la capacidad del individuo de responder de sus propios actos y de sus propias decisiones, en este caso, las atinentes a la percepción y a la satisfacción de las necesidades relacionadas con su personal defensa y conservación. Por eso precisamente hemos hablado de elementalidad.
Pero como resulta que el género humano no se compone de especimenes sueltos sino de individuos que viven unos con otros. Y como quiera que este convivir no se resuelve de una manera simple como sería la aglomeración del rebaño o el gregarismo funcional propio del enjambre, sino en combinaciones vitales –su paradigma es la familia- y que implican la imbricación mutua de las existencias individuales, será necesario contemplar al sujeto humano no sólo bajo el prisma estricto del individuo aislado, sino dentro de un sistema que lo comprenda y entienda inserto en la sociedad a la que pertenece, tomada la palabra sociedad en el sentido de grupo al cual está vitalmente ligado, por pequeña que sea la dimensión de ese grupo.
Porque vivir en sociedad no es solo estar insertos en macrogrupos que forman una floresta inorgánica y convencional como son los partidos de masas o las juntas de accionistas de las grandes sociedades mercantiles; ni estar adheridos a entes sociales puramente operativos, como los sindicatos de hoy y las asociaciones patronales de siempre; ni mucho menos ser incluidos en pseudos grupos que son meros cómputos coyunturales a los que las estadísticas prestan máscara de unidad, como son las audiencias “millonarias” de algunos programas televisivos. Como tampoco lo es el sumarse a la grey convocada cada cuatro años a la ceremonia participativa del sufragio en listas cerradas en las cuales todo está atado y bien atado, y donde siempre se proclama que “todos hemos salido ganando” y encima sabiendo que un porcentaje importante de quienes concurren a las urnas conforma su voto al gusto o al disgusto que les provoca la sonrisa de conejo de aquel candidato, la expresión de Bambi del otro o la reluciente calva del de más acá; estas florestas, digo, ocultan la condición de fontana del poder que corresponde al individuo y caricaturizan el carácter social y soberano de muchas de sus decisiones.
Vivir en sociedad es, también y sobre todo, vivir conjuntados por un cierto grado eficaz de coordinación que rula sobre esos que pudiéramos llamar “rodamientos sociales orgánicos” como son los vínculos de la consanguinidad, la proximidad, la vecindad, la semejanza, la afectividad, la coincidencia de intereses y la búsqueda de objetivos no necesariamente comunes pero sí mancomunados; lo cual, de una manera u otra, implica la presencia de “escalones” de responsabilidad dentro del propio grupo por muy exiguo que éste sea. En definitiva y para resumir, nos estamos refiriendo como habrá sospechado el lector, a los elementos psicológicos, topológicos y volitivos que contribuyen a aminorar los efectos nocivos del factor Babel al que estamos, hoy más que nunca, expuestos por razón de la globalización. Sin que, por otra parte, quepa interpretar lo aquí expuesto como invitación a quedarse atrincherados en los particularismos.
Hasta aquí creo que muchos estarían de acuerdo con lo que se expone. Pero voy a entrar en materia considerada, entre nosotros, muy resbaladiza, no por los tropezones posibles sino por los caídos, las bajas o víctimas que ha ocasionado, que no son cuestión de guasa. Vamos al grano.
En el sentido en que venimos hablando, lo primero que resalta es que el hombre es primero y ante todo responsable de su propia vida, tanto en su mantenimiento o conservación mediante el alimento y el cuidado propios, como en materia de defensa frente a las agresiones. Y con esto estamos hablando resumidamente de la defensa propia que también comprende, respecto a cada sujeto, la defensa de los suyos.
Ninguna legislación positiva ha sido capaz de negar ese derecho primigenio que pertenece a la soberanía individual, por la sencilla razón de que ningún régimen ha conseguido anular las posibilidades reales de que se produzcan situaciones en que la defensa propia directa sea necesaria. No obstante, son multitud los Estados que lo han relegado a las galeras de lo imposible mediante la interposición de requisitos supuestamente garantistas con que han sabido rodear su ejercicio.¿O no?
Interprete el lector lo anterior como una conclusión que va más allá de mi intención primera. Lo que he querido es remover el tema para recalcar la importancia que el individuo tiene y, con él, las sociedades menores en dimensión pero más básicas en su elementalidad, como es la tan combatida familia natural.
Ciertamente no podemos, ni de lejos, imaginar a la sociedad como una muñeca hueca de esas llamadas “matriuskas” No se pretende que el individuo deba estar inmóvil dentro de la familia, la familia dentro del clan, el clan dentro de la tribu, la tribu dentro de la nación, la nación dentro del Estado y si se tratara de naciones, en plural, todas juntitas y apelmazadas dentro de un ente mayor, como “Patufet” dentro de la panza del “bou” del imaginario infantil de mis sobrinitos catalanes. Solo se trata de recordar que la soberanía primordial es la del individuo y en cuanto el individuo es social, esa soberanía primigenia es al mismo tiempo social y pro-política, es decir que termina o lleva necesariamente a la política, pero empujando desde abajo, no pescando en río revuelto desde arriba.
Ahora bien, en cuanto que la responsabilidad individual delimita un campo de acción propio, debería este campo estar a salvo de inmisiones externas, ya provengan del Estado y de sus organismos propios, como de formaciones de origen social, o de pretexto social, que también las hay. En otras palabras, el ámbito individual debía verse libre de amenazas oficiales, extraoficiales o simplemente toleradas por la vía de la vista gorda; de propagandas saturadotas llevadas a cabo por inmersión mediática o por martilleo repetitivo aunque sea en un solo medio, y éste oficial; como también debía estar a salvo de la seducción adormecedora de las estadísticas y de las encuestas inductivas. Sólo así conservará, el individuo que se yerga en insurrección solitaria; su condición de soberano, siquiera sea en el sentido primigenio al que hemos aquí aludido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario