El incidente que enfrentó en aguas cercanas a Israel a unidades de las fuerzas armadas israelíes y activistas que tripulaban una flotilla cargada con provisiones y material no bélico para auxiliar a los palestinos de Gaza, pone de manifiesto las conexiones que hay entre guerra y sus disimuladas hermanas las beligerancias.
Toda guerra es una actuación interactiva, continuada, temporal planificada y recíproca de aplicación extrema de la violencia entre grupos sociales o países en situación de enemistad. Toda guerra busca el sometimiento del enemigo por medio de la destrucción, la muerte y el estrago. La ciencia y la tecnología, han dotado a la guerra del carácter total que la teoría le otorgaba desde antiguo. Y los intentos de la Iglesia Católica y del Derecho Internacional para limitar los daños no han conseguido desterrar el viejo principio de que en materia de guerra los errores ocasionados por la bondad son justamente los peores.
Las beligerancias se mueven, como las guerras, en el plano de la hostilidad, pero se diferencian de éstas en que anteponen a la violencia una escenografía dramática capaz de suscitar muy variadas adhesiones. Para ello se emplean agentes identificables como pacíficos y se enarbolan motivaciones correctas que permitan hostigar al adversario desde un flanco propagandístico y espectacular. En las beligerancias lo más importante es la repercusión mediática que están destinada a provocar. El hecho de que no importen ni poco ni mucho las víctimas que eventualmente puedan producirse en tal empeño, descalifica ante el observador avisado la pretensión humanitaria de dichas actuaciones.
La expedición de la llamada “flotilla de la libertad” es un episodio de beligerancia contra Israel, paradójico porque ha sido aparejado en una Turquía carente de libertades. Con esta operación, el malabarista Erdogan ha conseguido -en un momento en que Europa pasa por una situación de grave debilidad- los objetivos siguientes: acercarse a la Liga Arabe, al tiempo que se reconcilia con el islamismo radical cada vez más poderoso en el territorio de la antigua Sublime Puerta; poner en entredicho a Egipto, partidario de la paz con Israel y, finalmente, entorpecer las gestiones del Vaticano para auxiliar a los palestinos cristianos, obligados a emigrar por la presión de los islamistas y la desconfianza israelí. Turquía, aspirante a miembro de la Unión Europea es, con la España de la zapatiesta, una de las impulsoras del diálogo de civilizaciones. ¿No es todo esto una contradicción sarracena? Un tema digno de volver sobre él.
Toda guerra es una actuación interactiva, continuada, temporal planificada y recíproca de aplicación extrema de la violencia entre grupos sociales o países en situación de enemistad. Toda guerra busca el sometimiento del enemigo por medio de la destrucción, la muerte y el estrago. La ciencia y la tecnología, han dotado a la guerra del carácter total que la teoría le otorgaba desde antiguo. Y los intentos de la Iglesia Católica y del Derecho Internacional para limitar los daños no han conseguido desterrar el viejo principio de que en materia de guerra los errores ocasionados por la bondad son justamente los peores.
Las beligerancias se mueven, como las guerras, en el plano de la hostilidad, pero se diferencian de éstas en que anteponen a la violencia una escenografía dramática capaz de suscitar muy variadas adhesiones. Para ello se emplean agentes identificables como pacíficos y se enarbolan motivaciones correctas que permitan hostigar al adversario desde un flanco propagandístico y espectacular. En las beligerancias lo más importante es la repercusión mediática que están destinada a provocar. El hecho de que no importen ni poco ni mucho las víctimas que eventualmente puedan producirse en tal empeño, descalifica ante el observador avisado la pretensión humanitaria de dichas actuaciones.
La expedición de la llamada “flotilla de la libertad” es un episodio de beligerancia contra Israel, paradójico porque ha sido aparejado en una Turquía carente de libertades. Con esta operación, el malabarista Erdogan ha conseguido -en un momento en que Europa pasa por una situación de grave debilidad- los objetivos siguientes: acercarse a la Liga Arabe, al tiempo que se reconcilia con el islamismo radical cada vez más poderoso en el territorio de la antigua Sublime Puerta; poner en entredicho a Egipto, partidario de la paz con Israel y, finalmente, entorpecer las gestiones del Vaticano para auxiliar a los palestinos cristianos, obligados a emigrar por la presión de los islamistas y la desconfianza israelí. Turquía, aspirante a miembro de la Unión Europea es, con la España de la zapatiesta, una de las impulsoras del diálogo de civilizaciones. ¿No es todo esto una contradicción sarracena? Un tema digno de volver sobre él.
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