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miércoles, 16 de junio de 2010

Urbanidad

¿Empujones, malos modos, insultos? ¿Desprecio de reglamentos, anarquía peatonal, bípedos embicicletados con cierta propensión a circular cómo y dónde les da la gana? Igual que necesita urbanizaciones, urbanismo y mobiliario urbano, la ciudad, la urbe, necesita que quienes la visitan y quienes habitan en ella, tengan  un comportamiento adecuado. Aún siendo de grandísima utilidad, no todo debe quedar reducido a la“educación viaria”, aunque ya sería mucho si ésta se consiguiera.

Porque la ciudad no sólo está constituida por  el entramado de sus calles, plazas, avenidas y estacionamientos. Más allá de esos espacios supeditados a las exigencias del tránsito y acomodación de los vehículos, están los parques, jardines, paseos y calles peatonales donde la convivencia está reclamando más vivamente sus fueros, igual que en las tiendas, mercados y centros comerciales.

La ciudad acoge a un enjambre humano. Enjambre es una colonia de abejas organizadas para volar juntas a un nuevo asentamiento. Aplicado el término a los seres humanos, rebasa los límites de los insectos de un único propósito para pasar a designar al conjunto de individuos de todas las edades, de todas las condiciones y de todas las profesiones, que están en la calle con propósitos muy diversos; pero que, en conjunto y sin distinción, gustan de ver y dejarse ver, de hablar y -a veces- de escuchar; operaciones éstas que necesitan orden para no transformarse en guirigay. Y como las ordenanzas y reglamentos tan sólo resuelven una parte de la cuestión del orden, el resto, que es mucho más de lo que parece a simple vista, lo debían de solucionar las normas de urbanidad; reglas no promulgadas, pero con vigencia social, capaces de dar fluidez al  comportamiento relacional entre los seres humanos. Es decir, entre seres que, aún siendo más o menos devotos creyentes de la evolución, hubieran decidido no portarse como los simios, no echarse a los dictados de los instintos, no supeditarse ciegamente a las reacciones inducidas por las hormonas propias o ajenas; y que, en definitiva, hubieran optado por mostrar en sí mismas y por esperar de sus semejantes la conducta enaltecida que es más propia de la especie humana. Aquí es donde debía entrar en acción la urbanidad, por otro nombre comedimiento, mesura, atención y buenos modales, que tanta falta hacen en nuestra convivencia de aquí y de ahora. La urbanidad es trasunto del respeto a los demás y de la capacidad de percibir las situaciones. Sin urbanidad, la urbe se hace inhóspita. Sin despreciar el equipamiento, la  medida de la ciudad debía volver a ser el hombre.    

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