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sábado, 1 de abril de 2006

Perdón y Venganza

El perdón está presente de una forma señera en el horizonte cristiano. Y no solo porque el perdón sea mandato del mismo Jesucristo, sino porque éste no impuso límites ni barreras a su práctica. La respuesta a la pregunta ¿Cuántas veces se ha de perdonar? es muy clara:”hasta setenta veces siete”. Con el símbolo del número queda establecido el carácter ilimitado de las posibilidades de perdón.

Y hay que subrayar que perdonar, con ser tan difícil, no se plantea como un buen consejo, como una hermosa posibilidad, como una conducta recomendable y piadosa que sólo algunos selectos pueden llevar a la práctica.

No. El perdón para el cristiano tiene todos los rasgos de lo obligatorio, de lo que corresponde a todos, del más grande al más pequeño. Hay un perdón sacramental y un perdón convivencial y cotidiano. Para éste último, la propia Oración Dominical, texto sencillísimo y claro con el cual Jesús quiso enseñar a orar a sus discípulos, señala el perdonar a los enemigos como paso previo para obtener del Padre el perdón de los pecados personales. A su vez, pedir perdón a los demás por las ofensas inferidas o por el daño infligido, es lo que se debe hacer para que las ofrendas de los discípulos sean aceptadas por el Todopoderoso: “ve a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a presentar tu ofrenda”. Y que conste que aunque sean los cristianos quienes poseen la doctrina y la praxis del perdón, eso de perdonar no es asunto que corresponda exclusivamente a aquellas personas que han asentido en la fe. Hay un perdonar del cual no se libran ni los ateos más redomados: el que consiste en echar un velo piadoso sobre los propios defectos para no terminar odiándose a sí mismo.

A la hora de otorgar el perdón convivencial y cotidiano, el perdón nuestro de cada día, en el horizonte cristiano no entra en consideración si el perdón ha sido previamente solicitado o si el ofensor merece el perdón que se le otorga. Para perdonar no se contempla contrapartida alguna. No se exige ningún requisito. No se fija ningún precio. No se implanta ninguna condición. El perdón ha de darse gratuitamente.

Esto eleva el perdón a la altura de señal distintiva del Cristiano. Como lo es el Amor, como es la Cruz Porque, el perdón corresponde a ese mandato superhumano de amar a los enemigos. Y porque, en cuanto perdonar es un acto difícil -para el que se necesita fortaleza, que es don del Espíritu Santo- el perdón forma parte de la cruz que los seguidores tienen que llevar sobre sus hombros si quieren ir tras las huellas del Maestro. El cristiano puede darse por advertido: “Si vuestra Justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrareis en el Reino de los Cielos.”

El perdón cristiano no puede confundirse con una medida tardoeducativa. No va encaminado a enderezar la conducta del otro, ni asegura su reinserción social, caso de que la ofensa fuese de naturaleza delictiva. El perdón no pretende conmover el corazón del ofensor, ni mira a lograr su rehabilitación moral, aunque ésta eventualmente se logre como sucedió con el escritor Dostoyiewski, perdonado por su mujer cuyo capital dilapidó en la mesa de juego, y ese perdón le hizo reflexionar sobre la vileza de su propia conducta hasta el punto de no volver a jugar el resto de su vida.

El perdón tampoco espera influir sobre el clima de opinión. No se trata de una actuación en el campo de las relaciones públicas, ni de una medida de agitación y propaganda. Para perdonar, basta con una decisión sincera que no precisa exteriorizarse. El perdón no se otorga mirando a la galería. Aquí también muestran su virtud las palabras que recomiendan “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”; como también aquello de que “el Señor, que mira en lo secreto, te recompensará”

El perdón no es el fruto de una componenda, ni es el resultado de un toma y daca. El perdón es un don gratuito que una persona decide otorgar a otro en el plano de la propia conciencia. Es, valga la redundancia, un per-don. Sabiendo que la partícula per tiene en latín el sentido de completud, de algo hecho a fondo, de lo que es asumido por entero, de lo que se quiere con todas sus consecuencias..El perdón es ante todo un don, un regalo desinteresado, una donación sin contraprestación alguna.

Perdonar contradice la tendencia natural a la venganza que anida en el corazón del hombre. Reparemos en un hecho: las películas y series de vengadores o “justicieros” tienen el éxito asegurado en todas las latitudes del globo. En muchos de los países de nuestra estirpe, el espíritu de venganza contra las guerrillas de los frentes de liberación, fomentó la creación de bandos particulares que terminaron siendo llamados “formaciones paramilitares”, aunque tenían mucho más que ver con la gran propiedad que con los militares. Aquellas mesnadas irregulares ejercían la venganza inmisericorde. Sus hazañas eran el trabajo sucio e inevitable, aplaudido por muchos demócratas de toda la vida. Ese es el lenguaje natural del hombre para la resolución de los conflictos sangrientos: la fuerza es vencida por otra fuerza. En países con Estados nacionales tan solo aparenciales, al no haber fuerza legal suficiente para reprimir el mal, o carecer de políticos capaces de asumir papeles impopulares, la gente se conforma fácilmente con la fuerza bruta. No nos engañemos, la sangre no asusta a nadie mientras no se llega a dar un resbalón en sus rojas viscosidades.

El ansia de desquite está marcado a fuego en la caída naturaleza humana. Las crónicas de sucesos están llenas de historias de venganza. La Historia grande también. Y las redacciones. Y los despachos de Gobierno.Y los estudios de televisión. La venganza es lo que primero apetece ante cualquier agravio, por mínimo que sea. En la vida privada, el espíritu de venganza, en su versión más mezquina, es el contrapunto de la vida de muchos hogares que sólo lo son de nombre, y de situaciones que ni siquiera han pretendido pasar por hogareñas. La venganza es una pasión primaria ante la cual el hombre, en lo que tiene de animal racional, no se encuentra con muchas ganas de defenderse Y digo lo de animal racional porque la venganza se presenta fácilmente como el medio para restituir el orden que la razón anhela.

Por eso, el perdón aparece ante nuestros ojos como una perla rara. Como un tesoro tan rico que se antoja increíble. Por eso hablar de perdón suena, de primas a primeras, como una cosa de otro mundo. O acaso como un truco adormecedor. O como una mentira interesada. Si todo lo que aquí se ha dicho acerca del perdón le parece a alguien ridículo o utópico, lo más probable es que ponga en duda el valor moral del perdón y, llegado el caso, es más que probable que no estaría dispuesto a otorgarlo.. Que nadie se asuste ni se ofenda; estamos hablando de moral, pero también de algo que supera a lo simplemente humano. Y la venganza es lo humano.

Por eso dice mucho a favor de un estamento, de un pueblo o de un grupo atacado reiteradamente a lo largo de años, el hecho de que ante ofensas palpables, ante muertes y extorsiones contínuas, haya confiado, para zanjar las cuentas, en la acción legal de las fuerzas públicas y de la justicia. Confiar en la justicia legal no es el perdón, pero ha sido el medio de que una beligerancia sangrienta no se haya convertido en guerra de verdad, que la generación actual sólo ha visto en películas. El perdón es actitud congruente con el sentido radical de las vidas humanas. El fiarse de las instituciones es congruente con los principios de la civilización tan difícilmente elaborados y tan precariamente asimilados. Vale la pena pensar un poco en esto para no avanzar a ciegas.

No hubiera mencionado la venganza si no favoreciera, por contraste, lo que he dicho del perdón. Porque, en definitiva, el perdón no anula la venganza sólo la deja en manos de Dios, que al contrario que el hombre, es Justicia y es Misericordia. Lo dice la escritura:”La venganza es de Dios” Y perdonad lectores, porque estoy escribiendo de cosas que es difícil entender y ver.

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