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lunes, 10 de abril de 2006

Acerca del Nacionalismo Español

El nacionalismo español está hoy fragmentado en pequeños partidos de presencia imperceptible en nuestro sistema electoral. A ese nacionalismo parece atribuirse, con cierta ligereza y con sobrentendidos casi siempre peyorativos, el origen mismo de España como entidad política en el concierto de las naciones. Pero en realidad ¿que tiene que ver históricamente ese nacionalismo testimonial con los grandes nacionalismos de integración que tan importante papel desempeñaron a finales del siglo XIX en la formación y consolidación de Estados como el alemán y el italiano, sin duda dos de los principales Estados de la Europa de hoy?
Llamamos grandes nacionalismos de integración a aquellas posiciones ideológicas, culturales o de activismo político que, basándose en la ufanía de lo que se tiene en común y en la exaltación de los orígenes reales o supuestos de los grupos considerados, sirve o pretende servir, de cauce para una identidad colectiva mayor, satisfaciendo tanto la necesidad de afirmación de los individuos del común como la voluntad de poder de la minorías dirigentes.
Pues bien, conviene llamar grandes nacionalismos de integración a estos nacionalismos porque buscaban la unificación de grandes extensiones territoriales habitadas por colectividades humanas identificables en su relativa semejanza; numerosas, pero disgregados políticamente y diferenciados entre sí culturalmente aunque sin llegar a formas contrapuestas. Estas diferencias eran especialmente hondas en Alemania, no solo por las diversas tradiciones políticas, y por variedades idiomáticas y dialectales nada despreciables, sino por la divisiones religiosas entre protestantes y católicos, o, lo que es lo mismo, entre Iglesias Nacionales sujetas a los Estados particulares y la Iglesia Católica o Universal de disciplina apostólico-romana.
En Italia, menos las divisiones religiosas, se daban parecidas diferenciaciones en lo cultural y en lo idiomático, sin contar las divergencias marcadas por la historia entre el Norte, el Sur y el Centro de la península itálica.
Importa destacar que los grandes nacionalismos de integración buscan los trazos comunes; refuerzan, o trenzan cuando es necesario, los ligamentos; calculan el común denominador; descubren las convergencias posibles y las coincidencias fácticas; exploran los vasos comunicantes y los hilos conductores; minimizan las diferencias interpretándolas como complementariedades; elevan el horizonte común a una perspectiva de poderío, solidaridad social, riqueza, fraternidad, prestigio, que serán realidades cuando la unión se logre. Sobre esta base ideológica se unificaron Italia y Alemania,. en 1961-1870 y 1871, respectivamente.
Los grandes nacionalismos de integración necesitan patrones a los cuales ajustarse. Estos patrones deben cumplir con la doble exigencia de ser a la vez ideales y programáticos. Para los alemanes del siglo XIX, el patrón fue el reinado de Carlomagno. Para los italianos, de ese mismo siglo, era el recuerdo de Roma y la gloria artística y cultural del Quattrocento, aunque la floración de éste se hubiese dado en una Italia fraccionada.
Hay que hacer un último hincapié: los grandes nacionalismos de integración son fundamentalmente constructivos. Tratan de edificar realidades políticas complejas y grandes sobre una realidad cultural poderosa pero disgregada a la cual precisamente los nacionalismos ponen en valor político.
Pero acontece que al lado de estos ejemplos paradigmáticos que son el Estado Alemán y la Italia unificada, surgidos a finales del siglo XIX, otros grandes Estados de Europa han encontrado su unidad en un contexto distinto y no deben su existencia a los grandes nacionalismos de integración. Estos Estados son España, Portugal, Inglaterra y Francia.
De los cuatro, Francia tiene connotaciones específicas porque el concepto de Estado-Nación, que eclosiona con la Revolución Francesa, lo hace actuando en el seno de una realidad previa: la unidad básica cultural y administrativa conseguida ya por la Monarquía del Antiguo Régimen
Pero volvamos al caso de España que es la que de momento nos interesa directamente. Sucede, decíamos, que el Reino de España es un producto del Antiguo Régimen. Nace, de hecho en la época de Carlos I. ¿Nos atrevemos a llamar Reino de España a la España de Fernando e Isabel, unida sólo y todavía por vinculaciones medioevales? En todo caso, conviene recalcar que la España que surge bajo Carolus Caesar, no debe su existencia a ningún partido nacionalista o a ningún movimiento cultural de esa tendencia, sino a decisiones políticas tomadas por quien podía tomarlas en una época en la cual ni el demos ni el sufragio existían en su sentido actual. Los partidos nacionalistas, como los movimientos culturales de esa inspiración, son producto propio de una época, el romanticismo, en la cual el conjunto de la población -y no solo los notables o primates-, comienza a tener importancia política y cuando la instrucción empieza a ser un reto que los Estados asumirán como propio. Recalcando, el empuje a la unidad por demás sui generis que España logra, no procede de ningún partido político ni de ningún movimiento cultural propiamente dicho, aunque la unanimidad de los juristas y demás curiales le sirva ciertamente de sólido soporte teórico. En el nacimiento de España, no hay partidos nacionalistas; y no se trata de decir que estos no acudieron a la cita, sino sencillamente que no pudo haberlos y por eso tampoco pudieron estar presentes.
Reparemos en un hecho: las formaciones que pueden merecer el nombre de nacionalismo español surgen con retraso de siglos respecto a la existencia de España y tardíamente también respecto al calendario europeo de los grandes nacionalismos de integración.
Refresquemos un poco la memoria. Las “Juntas Castellanas de Actuación Hispánica surgen en 1931, las“Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista”,también en 1931.Falange Española, en 1933. De sus fundadores, cuya influencia es vital para cualquier organización, todos morirían en el año 1936: uno en combate, los otros dos, pasados por las armas en las cárceles de la república.
Incluso una iniciativa intelectual, la revista “Acción Española”, a mi juicio la de más calidad intelectual en su sector, surge en 1931, nada menos que a ¡23 años, veintitrés! de la fundación de “L ´Action Française”, su modelo.
Para cuando surgieron estas formaciones nacionalista españolas, los grandes nacionalismos de integración, que tan eficazmente habían funcionado en Europa, logrando formar en las últimas décadas del siglo XIX, grandes y potentes estados nacionales como Alemania o como Italia, ya habían sido sustituidas por formaciones muy distintas en su fondo y en su operatividad. Fue el fenómeno de la aparicion de los nacionalismos agresivos o de expansión –el Fascismo y el Nacional Socialismo-, en los cuales, las ideologías de refuerzo e incluso los espejismos de enganche habían tomado importancia singular desplazando a un segundo o tercer término los sentimientos y las actitudes adunantes propios de los nacionalismos de integración. Parafraseando a Ernesto Eco, podríamos decir que de la rosa inicial de los nacionalismos de integración europeos, en las décadas de los veinte y los treinta del siglo XX, cuando nacen los nacionalismos españoles, solo quedaba ya el nombre.
Pero, junto al nombre -y acaso el perfume desvaído de la rosa-, quedan también en el aire algunas preguntas ¿Qué fue, pues, el nacionalismo español?¿Que diferencia y qué semejanzas tiene con los nacionalismos de expansión que fueron sus contemporáneos en Europa?

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