Himmler era de profesión zootécnico, y estaba especializado en la crianza de aves de corral. Si me salen bien las cuentas, aves de corral son las gallinas, los gallos, sus hijos los pollitos; los pavos, las pavas, los pavitos; los patos, las patas, los patitos; las ocas, y las llamadas gallinas de guinea.. Como entonces lo de AVES no se podía confundir por ningún concepto con los trenes de alta velocidad, en mi pueblo hubiesen dicho de Himmler, sin pensárselo dos veces, que era “criador de pollos” y se hubieran quedado tan anchos.
En el cumplimiento de su cometido, el lugarteniente de Hitler no se dejó llevar por sus preferencias personales. Pudo recomendar, por ejemplo, que se hiciesen experimentos de laboratorio para conseguir que algún virus de pollo - o de polla, pues él tampoco hacía discriminación de sexos- atacase también a los seres humanos.
Lejos de eso, desechó por engorroso el amplísimo repertorio de las enfermedades aviares corrientes tales como el “moquillo” de los pollitos, el “culillo” de las gallinas, el “sobaquillo” de pavos y gansos, e incluso la psitacosis de los loros, que son aves de jaula, no de corral.. Como zootécnico, Himmler, conocía los riesgos de fracaso a que se exponía si intentaba llevar a cabo el exterminio humano valiéndose de enfermedades propias de las aves, por muy bípedos que sean los hombres y las aves. Por eso, con toda honradez recomendó el gas zyclon como medio de eliminar a aquellos seres humanos que no eran considerados tolerables ni siquiera en su condición de detenidos.
La decisión de Himmler constituyó un paso de gigante en el arte del exterminio. Si en la época de la Ilustración la guillotina consiguió rebajar por la mecánica y la racionalización los costos del degüello, Himmler, valiéndose de medios químicos elevó la matanza humana en frío a cotas de rendimiento industrial verdaderamente dignos del siglo XX.
TEMORES.- Si con Hitler y con Himmler, nadie tuvo que temer a la peste aviar. En nuestros días, por el contrario, el temor a dicha peste se propaga en un inmenso coro en el cual intervienen todas las voces.
¡Estamos amenazados! Una cepa de virus mutante de rapidísimo efecto puede inundar las vías respiratorias de poblaciones enteras y terminar con la vida de millones de personas, hasta dejar reducido el total de los habitantes del planeta Tierra a “una tercera parte”, por decir un número bonito y que impresiona a la población. El pálido jinete de la peste cabalga de nuevo.
La tal peste, como mero anuncio que es, posee la ventaja publicística de poder estar en todas partes. Es como una pesadilla de agoreros que escudriñan en las sombras. Es la visión tremebunda de pitonisas especializadas en zodiacos funestos. Y por encima de todo esto, parecería una apuesta de especialistas en mercadotecnia que juegan con los signos $ y € que el dios Mercado entiende en lo que valen..
La secuencia seguida en este juego de temores, tiene su interna lógica. Primero se enciende la alarma roja de la muerte de pollo que nos amenaza, que, por decir algo congruente con el mundo aviar, habrá que admitir que no es moco de pavo.
Una vez convencido el ciudadano de a pie de que mañana mismo podrá morir víctima de un mal terrible que ni siquiera existe todavía, se fomentan las reclamaciones populares ante las Administraciones sanitarias y se divulgan por todos los medios encuestas de esas que configuran la respuesta e inducen a contestar en un sentido determinado.
¿Debemos estar precavidos o no ante el inminente peligro de la nueva peste? Rellenar las casillas Si o No. Y, por supuesto, cada uno desde su miedo inducido y su ignorancia explotada, se siente obligado a unirse al coro previsto y contesta:¡Siii!
¿Qué prefiere ud., peste o buena salud? Y cada uno, uniéndose dócilmente a la multitud, contesta en una sola voz:¡Salud!
No importa que la peste sea precisamente aviar y en principio no ataque al hombre. Poco importa que la peste no exista como tal entre seres humanos. Sin esperar a que se encienda la luz roja, se habla de pandemia. Oiga, digo P-a-n-d-e-m-i-a. Y la mente de todos queda convertida en un verdadero pandemonium.
Y de repente ¡Oh prodigios de la ciencia! Como quien no quiere la cosa, se comienza a correr la bola de que un mediocre antiviral comercializado con el nombre de “Tamiflu”, tiene la virtud, digna de Harry Potter y de la Bruja Piruja, de prevenir la peste que no existe todavía; de conjurar los peligros que no se han declarado, de eliminar las amenazas perfectamente imaginarias, de curar el mal que no se ha manifestado aún, de acabar por anticipado con la peste que no termina de llegar.
Tamiflu, es un nombre sugerente compuesto del adjetivo anglo TAME que significa domesticado, amansado, dócil; y del sustantivo FLU, que en inglés americano significa gripe
Igual que el Viagra ha recibido ese nombre para sugerir que puede hacer de cada uno de los millones de prematuros hiposexuales que produce nuestra estresante sociedad, un verdadero Niágara seminal –y para qué tanto, digo yo-; el nombre de Tamiflu, parece dar a entender que la nueva acabadura de laboratorio que lleva este nombre, es una invencible domadora de gripes, de resfriados, de moqueras, y, en fin, mis queridos pacientes, de todos los fantasmas pestilentes que se pueden montar en la indeterminada pero terrorífica nube del virus mutante H5NI en cuyo temor han sido previamente formateadas nuestras mentes a lo largo de meses y meses de martilleo publicitario.
Y va y comienzan a divulgarse cosas, digamos, extrañas. Como que los laboratorios Roche, dueños del Tamiflú, adquirieron la patente de la entidad Gilead Sciencies Inc. uno de cuyos accionistas principales es Donald Rumsfeld, de labores conocidas en la política de los Estados Unidos. Y hasta el último de la cola comienza a comprender entonces que la investigación sobre antivirales es sumamente onerosa; y que quizás no hay otra que sacarle réditos a lo que se tenga y a como dé lugar. Y ¿Hay forma más propicia de resarcir los gastos y ganar todo lo que se pueda, que el difundido temor a una peste futura?¿Qué más democrático que ponerse los gentes en la calle para reclamar a los gobiernos que mantengan existencias de éste o de aquel antiviral que se supone salvará millones de vidas humanas de la peste que no existe? ¡Prevenir antes que curar!
Y así, se tiene a medio mundo asustado, alarmado, amedrentado, sobrecogido, acollonado, acoquinado, arredrado, atemorizado, aculillado, apocado, intimidado pensando en la amenaza de la peste aviar. Esto no será terrorismo pero merecería ser llamado “temorismo” o mercadeo del temor. Un temor que habrá que decir que es sistémico y espontáneo, porque ¿quién puede saber quién lo desencadenó? ¿O sí?
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