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lunes, 1 de mayo de 2006

Domingo de Ramos

El Pontífice, ante la multitud llegada de todos los puntos cardinales, bendice las palmas en la Plaza de San Pedro.

La palma es símbolo del pueblo de Israel y de la Iglesia.

La palma es símbolo de la paz. Y es símbolo del martirio. Y el martirio es siempre una Victoria.

El Papa, el Obispo de Roma, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo inaugura así los ritos de la Semana Santa. Se supone que estamos en el cuarto mes del año sexto de la vigésima primera centuria. Y es Domingo de Ramos.

Pero Israel está en guerra, la Iglesia sufre persecución y la Ciudades Santas, Jerusalén y Roma, viven bajo la amenaza de bombas. Los hijos de los hombres sufren y se hacen sufrir. Se creen dueños del dolor y de la muerte. Ante el dolor y la muerte sucumbirán.

Por el mundo se extiende, como si fuese una oleada de aire caliente mezclada de gases irritantes, el sentimiento difuso de estar inmersos en el temor como aguardando una catástrofe sin nombre a la que todos, sin embargo, contribuyen. “¿“Por qué se amotinan los reyes de la Tierra y los pueblos derrochan sus votos eligiendo vanos proyectos?

¿Cuándo, dónde, cómo?¿Será posible escapar de la fascinación del Abismo? ¿Será posible cuando nadie perdona a su hermano? ¿Pero, hay hermanos?¿Cuándo nadie escatima medios para la discordia? ¿Cuándo nadie teme la llamada de lo Oscuro? “En Dios confío y ya no temo.”

En la universal Babilonia los grandes edificios que por la noche brillan como luminarias de fría luz de neón, están cuarteados, pero todos lo ignoran y nadie se ocupa de repararlos. El Gran Zigurat amenaza ruina; pero los arquitectos lo consideran firme sobre sus cimientos. El Mercado Universal ha sustituido al Señor -y muchos estiman que con ventaja-, y las gárgolas del Oso, el Dragón y el Enano rechivuelta, que da y toma en posición de antipodista, son sus deidades menores.

En los Jardines Colgantes las flores se socarran por el viento seco. Pero el aroma de flores mustias resulta embriagador para muchos.

Caen por tierra poderosos, altos, espléndidos, eficaces muros.

Pero se levantan otros mas bajos en su altura y mas ruines en sus motivaciones. Y más baratos. Y tan eficaces como los que han caído.

Hay una indefinida sensación de libertad confinada, como de águila condenada a tristear en el zoo con las plumas del timón cortadas. Pero ahora, cuando todos los rumbos se consideran posibles y todos los nidos seguros, nadie repara en el sufrimiento del águila. Todas las mutilaciones son loables; todas las falsificaciones son legítimas; todos los monstruos son vistos como dechados de belleza. Y todos los cautiverios, envidiables.

Los augures anuncian que pronto se dejarán de construir muros bajos y se comenzará a excavar trincheras, zulos subterráneos, y galerías bajo tierra, lo propio para un tiempo de ratas.

Mas que nunca, la humanidad se conoce a sí misma en sus distintas caras Más que nunca se identifican las diferencias, se miden los descalcos, se evalúan las distancias entre seres humanos. Pero se parlotea de igualdad en todas las lenguas y en todas las ocasiones. La igualdad es lo correcto. Pero esta igualdad es de la clase que impide que la fuerza de la solidaridad una los corazones. “Hermano ayudado por su hermano, es como una base fortificada, como un baluarte inexpugnable, como un escudo antimisiles”

El Domingo de Ramos es un día triunfal que preludia días de pena y humillación antes de la Muerte y la Resurrección. .

Triunfa por un día el Varón de Dolores que viene a Jerusalén a completar frente a su pueblo la donación de sí mismo.”Quien pueda aceptarlo, que lo acepte”

Hay un vuelo de palomas y de campanas por encima de la Gran Plaza de la Llave. De la Gran Plaza del Mundo. De la Plaza de San Pedro. Y allá en la estratosfera, un vuelo de halcones tricolores vigilan con alas de acero los cielos de la ciudad. Pero “si el Señor no vigila la ciudad, en vano se afana el centinela”.

Aquí se concentran hombres de todo el mundo. Pero desde hace años, los cristianos huyen de la Palestina en llamas. De aquí a dos lustros ¿quedarán cristianos en la Tierra de Cristo? Desde Roma se quiere detener esa sangría que afecta sobre todo a los jóvenes. El Apocalipsis habla del Cántico de Moisés y del Cántico del Cordero, los dos que resonarán en aquella hora que nadie conoce sobre la Tierra..

Las gentes se desplazan, cambian de sitio. Es lo propio. Los seres humanos no son árboles. No tienen raíces. Con principios se puede vivir plenamente en todas partes. Y en todas partes se puede morir. El hombre, por naturaleza, es ecuménico, universal. Sólo el miedo lo ancla a un territorio.

La esperanza en Dios eleva al hombre. Por eso Roma y Sión son lugares santos, lugares de elevación al Padre Único, destinados a que los hombres de todas las madres, de todas las naciones, de todos las estirpes, puedan un día, fundirse en un abrazo fraternal que excluya el odio, la venganza, el temor, la desconfianza cumpliendo así la Ley de Oro: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”

¡Qué raro suena todo esto! Exclamarán los mismos que mirando a lo alto gritan: “si hay alguien allí, que conteste”

Pero el pontífice que está en Roma ha bendecido las palmas este Domingo de Ramos, cuando el aire del mundo huele a pólvora, a dinamita, a cordita y a otra decena larga de explosivos. Y cuando hay un vasto rumor de paredes que se derrumban, de cimientos que estallan, de vigas que se desploman. En estas circunstancias ¿quién es el débil? ¿Quién el fuerte? ¿Quién tiene el aguijón definitivo?

El día sigue, seguirá la noche. Hay quien levanta murallas y quien las derriba. Pero todos los muros, los que caen y los que se levantan, están incluidos en el mismo plan director. Nada parece destinado a quedar en pié. Hay tiempo de derruir y tiempo de construir, hay tiempo de sembrar y hay tiempo de cosechar, hay tiempo de herir y tiempo de sanar. Todos son tiempos aptos para tomarse cada uno las propias medidas, para adorar y para presentar la ofrenda.

El Pontífice, a la cabeza del pueblo, alaba a Dios en los atrios de la Gran Basílica, bajo el firmamento que es indicio de Su fuerza. Bendice las palmas, signo de sacrificio victorioso, signo de alegría, signo de la Iglesia, signo de Israel. Se supone que es el día Domingo de Ramos, noveno día del mes de abril, del año del Señor dos mil seis y se conmemora la entrada del Príncipe de la Paz en Jerusalén.

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