¿Bota o botas? ¡Esa es la cuestión! Hay que entender la palabra según el objeto que designa. Bota, en singular, para beber el vino. Botas, en plural, en materia de calzadura. Porque, salvo los mancados por designio de la Naturaleza o los mutilados por efecto de algún percance, todos los demás andamos, como corresponde a seres bípedos más o menos implumes, sosteniéndonos sobre dos piernas y sobre dos pies. Y con una sola bota las cuentas no salen.
Esta doble valencia semántica de la palabra permite decir sin faltar a la verdad que “la bota lo mismo sirve para llevarla a la boca que para proteger los pies.” Y aún se queda corto el dicharacho porque la bota que se calza, además de proteger el pie, como cualquier zapato, cubre también la pantorrilla y aún la pierna entera. La bota, en este particular sentido, es la prenda que mejor protege las extremidades inferiores frente a las inclemencias del invierno y la rudeza de las marchas a pié. Pero, además, las botas protegen también de la agresión de los matorrales, de los espinos y, en suma de ese conjunto de matas y matojos que se conoce con el nombre de maleza.
Y que nadie tome a guasa esto de la agresión de los yerbajos porque, si es verdad que es menos artera que la agresión de los animales, y mucho menos letal de lo que suele ser la agresión de los humanos es, con todo, más insidiosa y persistente que ambas. Se puede poner en fuga a los bandidos, ahuyentar a los bichos y alejar a las alimañas; pero a la vegetación no hay quien la mueva o la obligue a desplazarse. Por eso, los defensores del piñón fijo suelen hablan persistentemente de sus raíces.
Donde de veras se mide la importancia de las botas es en condiciones extremas como las que se producen en el combate, donde lo normal es luchar y, si toca, morir con las botas puestas. Son también ocasiones probatorias las grandes marchas de los activistas políticos, de los agitadores lingüístico-culturales, o de los devotos con tendencias itinerantes como ocurre en la javierada y no digamos en las jornadas rocieras. Con marchas cortas bastaría si se hiciesen en las nieves del crudo invierno, en la arena quemante del desierto, o sobre las coladas volcánicas que forman el suelo de “malpais” capaz de romper las suelas más resistentes.
Para encarar bien el frío, las botas tienen que ser más holgadas de lo que corresponde a la talla de quien las calza. Así puede el usuario rellenarlas con materiales al alcance de la mano como el papel o la paja cuando se le rompan los calcetines. El camarada General Yukov, que aún siendo comunista pensaba por su cuenta, perdió el respeto a la Wehrmacht cuando comprobó que cada soldado alemán llevaba, en pleno invierno ruso, botas de su propia talla.
Pese a su reconocida capacidad de proteger los pies, la fama de las botas no es precisamente peatonal, sino que está asociada al elegante y caballeresco arte de la equitación. Y como es leyenda popular que las nalgas sufren mucho al montar a caballo, este es el momento de recordar que las botas y las posaderas solo coinciden en caso de puntapié en el trasero. Más que las nalgas sufre la horcajadura que, cómo bien se sabe, es el hueco entre las dos piernas donde el cuerpo se bifurca como en dos gajos, y que también recibe los nombres de entrepierna y gancho. Para proteger la horcajadura están los zahones, aunque en general basta el refuerzo de tela que en los fondillos suelen llevar los pantalones de montar.
Como a veces con ese refuerzo no basta, los jinetes de antaño empleaban sebo animal para aliviar las escoceduras, mientras que las chicas –siempre las ha habido diestras en montar a horcajadas- usaban la manteca de cacao. Y es curioso que ellas, en caso de haber recibido daño por el roce, decían que estaban “sofornadas,” palabra hoy casi en desuso y que está construida con la partícula “so”, que significa debajo, y con el arcaísmo “fornada” por horneada; mientras que de los varones se decía que estaban escocidos. No sé con certeza la razón de esta distinción que parecía meter a la mujer en el horno y a los hombres en la olla. ¿Será que el horno se consideraba más fino que la olla? ¿O era quizás que en aquél entonces, todavía sin decretos de igualdad, el roce violento de la albarda o de la silla en la sufrida horcajadura hacía efecto de distinta manera según se fuese mujer o varón?
Las botas, sobre todo las militares, han tenido desde antiguo valor simbólico. El simpático apodo de Calígula, que en español dice tanto como “el Botitas”, le viene a dicho emperador de las pequeñas “Caligas” o botas de cintas de cuero que usaban los soldados romanos, y que de niño portaba cuando acompañaba a su padre en la campaña contra los germanos.
Con el desarrollo de la cinematografía, el valor simbólico de las botas tomó un rumbo propagandístico que persiste todavía. Los causantes de esa transformación fueron la alemana Leni Riefenstahl y el americano John Ford.
En las películas de la Riefenstahl, las botas de los soldados alemanes y de los obreros del Frente del Trabajo, que también las llevaban, adquirieron el carácter de elementos representativos del esfuerzo conjunto de la colectividad nacional-socialista y de la raza aria que avanzaban con empuje arrollador. John Ford, teniendo que vérselas con tropas americanas que no calzaban botas largas, sino recios borceguíes de cuero a media caña cubiertos con polainas de lona, empleó un encuadre mas alejado para destacar la armonía de los movimientos simétricos que, en ordenada cadencia de imágenes, sugerían la acción de voluntades unánimes en la defensa de la libertad y la democracia del sistema americano.¡Oh captain, my captain!
Los operadores de las cadenas de televisión española, ya sea por ideología nihilista, porque no tienen ninguna o porque prefieren otras militancias activas más pintureras, encuadran las botas de los soldados de forma que sugiere que, quienes las llevan puestas, tienen fatalmente el carácter amenazante, aplastante y espeluznante que se atribuye a los opresores de las masas populares. Es seguro que alguien les dice aquello de “muy güeno lo suyo”.
Las botas son prendas elegantes que dan prestancia a la silueta, salvo que el sujeto o la sujeta que las lleva sean marcadamente patizambos, excesivamente paticortos o dé la casualidad que se trate de verdaderos macacos o chimpancés excarcelados de su jaula del zoo y que andan por allí en ejercicio de sus derechos de primate.
Los modistos, a veces sensibles al llamado de la belleza, se han dado prisa esta temporada a poner de moda las botas entre las féminas y, como los asesinatos de mujeres no llevan traza de disminuir pese a las ilusionadas campañas de recogida de firmas, se puede dar por seguro que este año, en contraste con los inmediatamente anteriores, un cierto porcentaje de las mujeres que mueran lo harán con las botas puestas.
Entre los hombres, es el andante gremio de los moteros y el recio estamento armado de los cazadores los que han reivindicado el uso más gallardo de las botas. Me consta que las prefieren confeccionadas en piel, en nobuk o en napa hidrofugada, con forro de gore-tex, con tratamiento anti-bacteriano y anti-oloroso, suela de goma o de poliuretano, contorno reforzado, palmilla de poliamida y ganchos, si los tienen, antioxidantes. En cuanto al estilo, parece necesario que sea deportivo y militar, por supuesto. En materia de botas no hay que andarse con chiquitas.
Esta doble valencia semántica de la palabra permite decir sin faltar a la verdad que “la bota lo mismo sirve para llevarla a la boca que para proteger los pies.” Y aún se queda corto el dicharacho porque la bota que se calza, además de proteger el pie, como cualquier zapato, cubre también la pantorrilla y aún la pierna entera. La bota, en este particular sentido, es la prenda que mejor protege las extremidades inferiores frente a las inclemencias del invierno y la rudeza de las marchas a pié. Pero, además, las botas protegen también de la agresión de los matorrales, de los espinos y, en suma de ese conjunto de matas y matojos que se conoce con el nombre de maleza.
Y que nadie tome a guasa esto de la agresión de los yerbajos porque, si es verdad que es menos artera que la agresión de los animales, y mucho menos letal de lo que suele ser la agresión de los humanos es, con todo, más insidiosa y persistente que ambas. Se puede poner en fuga a los bandidos, ahuyentar a los bichos y alejar a las alimañas; pero a la vegetación no hay quien la mueva o la obligue a desplazarse. Por eso, los defensores del piñón fijo suelen hablan persistentemente de sus raíces.
Donde de veras se mide la importancia de las botas es en condiciones extremas como las que se producen en el combate, donde lo normal es luchar y, si toca, morir con las botas puestas. Son también ocasiones probatorias las grandes marchas de los activistas políticos, de los agitadores lingüístico-culturales, o de los devotos con tendencias itinerantes como ocurre en la javierada y no digamos en las jornadas rocieras. Con marchas cortas bastaría si se hiciesen en las nieves del crudo invierno, en la arena quemante del desierto, o sobre las coladas volcánicas que forman el suelo de “malpais” capaz de romper las suelas más resistentes.
Para encarar bien el frío, las botas tienen que ser más holgadas de lo que corresponde a la talla de quien las calza. Así puede el usuario rellenarlas con materiales al alcance de la mano como el papel o la paja cuando se le rompan los calcetines. El camarada General Yukov, que aún siendo comunista pensaba por su cuenta, perdió el respeto a la Wehrmacht cuando comprobó que cada soldado alemán llevaba, en pleno invierno ruso, botas de su propia talla.
Pese a su reconocida capacidad de proteger los pies, la fama de las botas no es precisamente peatonal, sino que está asociada al elegante y caballeresco arte de la equitación. Y como es leyenda popular que las nalgas sufren mucho al montar a caballo, este es el momento de recordar que las botas y las posaderas solo coinciden en caso de puntapié en el trasero. Más que las nalgas sufre la horcajadura que, cómo bien se sabe, es el hueco entre las dos piernas donde el cuerpo se bifurca como en dos gajos, y que también recibe los nombres de entrepierna y gancho. Para proteger la horcajadura están los zahones, aunque en general basta el refuerzo de tela que en los fondillos suelen llevar los pantalones de montar.
Como a veces con ese refuerzo no basta, los jinetes de antaño empleaban sebo animal para aliviar las escoceduras, mientras que las chicas –siempre las ha habido diestras en montar a horcajadas- usaban la manteca de cacao. Y es curioso que ellas, en caso de haber recibido daño por el roce, decían que estaban “sofornadas,” palabra hoy casi en desuso y que está construida con la partícula “so”, que significa debajo, y con el arcaísmo “fornada” por horneada; mientras que de los varones se decía que estaban escocidos. No sé con certeza la razón de esta distinción que parecía meter a la mujer en el horno y a los hombres en la olla. ¿Será que el horno se consideraba más fino que la olla? ¿O era quizás que en aquél entonces, todavía sin decretos de igualdad, el roce violento de la albarda o de la silla en la sufrida horcajadura hacía efecto de distinta manera según se fuese mujer o varón?
Las botas, sobre todo las militares, han tenido desde antiguo valor simbólico. El simpático apodo de Calígula, que en español dice tanto como “el Botitas”, le viene a dicho emperador de las pequeñas “Caligas” o botas de cintas de cuero que usaban los soldados romanos, y que de niño portaba cuando acompañaba a su padre en la campaña contra los germanos.
Con el desarrollo de la cinematografía, el valor simbólico de las botas tomó un rumbo propagandístico que persiste todavía. Los causantes de esa transformación fueron la alemana Leni Riefenstahl y el americano John Ford.
En las películas de la Riefenstahl, las botas de los soldados alemanes y de los obreros del Frente del Trabajo, que también las llevaban, adquirieron el carácter de elementos representativos del esfuerzo conjunto de la colectividad nacional-socialista y de la raza aria que avanzaban con empuje arrollador. John Ford, teniendo que vérselas con tropas americanas que no calzaban botas largas, sino recios borceguíes de cuero a media caña cubiertos con polainas de lona, empleó un encuadre mas alejado para destacar la armonía de los movimientos simétricos que, en ordenada cadencia de imágenes, sugerían la acción de voluntades unánimes en la defensa de la libertad y la democracia del sistema americano.¡Oh captain, my captain!
Los operadores de las cadenas de televisión española, ya sea por ideología nihilista, porque no tienen ninguna o porque prefieren otras militancias activas más pintureras, encuadran las botas de los soldados de forma que sugiere que, quienes las llevan puestas, tienen fatalmente el carácter amenazante, aplastante y espeluznante que se atribuye a los opresores de las masas populares. Es seguro que alguien les dice aquello de “muy güeno lo suyo”.
Las botas son prendas elegantes que dan prestancia a la silueta, salvo que el sujeto o la sujeta que las lleva sean marcadamente patizambos, excesivamente paticortos o dé la casualidad que se trate de verdaderos macacos o chimpancés excarcelados de su jaula del zoo y que andan por allí en ejercicio de sus derechos de primate.
Los modistos, a veces sensibles al llamado de la belleza, se han dado prisa esta temporada a poner de moda las botas entre las féminas y, como los asesinatos de mujeres no llevan traza de disminuir pese a las ilusionadas campañas de recogida de firmas, se puede dar por seguro que este año, en contraste con los inmediatamente anteriores, un cierto porcentaje de las mujeres que mueran lo harán con las botas puestas.
Entre los hombres, es el andante gremio de los moteros y el recio estamento armado de los cazadores los que han reivindicado el uso más gallardo de las botas. Me consta que las prefieren confeccionadas en piel, en nobuk o en napa hidrofugada, con forro de gore-tex, con tratamiento anti-bacteriano y anti-oloroso, suela de goma o de poliuretano, contorno reforzado, palmilla de poliamida y ganchos, si los tienen, antioxidantes. En cuanto al estilo, parece necesario que sea deportivo y militar, por supuesto. En materia de botas no hay que andarse con chiquitas.
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