El décimo aniversario del fallecimiento de Diana de Gales y las incidencias a que han dado lugar las ceremonias fúnebres de las cuales, por prudente y propia voluntad, ha estado ausente Camilla, su rival en amores, nos dan ocasión de especular libremente acerca de las diferencias que admite la -al parecer enteriza- noción de Estado laico dentro de las sociedades secularizadas. Para esta labor nos vamos a fijar en el Reino Unido porque, en esta primera década del siglo XXI, la vida inglesa sigue siendo comparable a una antigua galeaza movida por tres bancadas de remos: la Corona, la Iglesia Nacional y el Parlamento.
Las disposiciones jurídicas que permiten que en materia religiosa y moral o amoral el barco de Britannia se mueva hacia donde apunta la Corona, son las cuatro que seguidamente se enumeran, y perdone el lector la prolijidad que ahora juzgo necesaria: The Statute in Restrain of Appels, que impide a la Iglesia de Inglaterra tomar disposiciones que no hayan sido previamente aprobadas por la Corona y le prohibe cualquier apelación a la Iglesia Romana; The Ecclesiastic Appoinment Act, que impone a los anglicanos el nombramiento de Obispos propuestos por el Rey; The Act of Supremacy, que declara que el Monarca es la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra por encima de cualquier otro poder. Por fin, The Treason Act, que define como alta traición –castigable con la pena de muerte- el no reconocer al Monarca inglés como la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Todas estas disposiciones provienen de tiempos de Harry The Eight.
Si este conjunto de leyes no conforma a su manera una Teocracia no me quedará otra salida que entonar, por vía de excusa, aquella coplita amoladora que dice así: “Mujer que andando culea/y hablando los pechos mece/yo no digo que lo sea/pero sí que lo parece.”
Pero volvamos al tema que nos ocupaba al principio y que consistía en averiguar si la Teocracia a la inglesa funciona o no funciona ahora y, si en consecuencia, la noción de Estado laico dentro de una sociedad secularizada es un dato enterizo que hay que tomar en serio o, por el contrario, si en él todo va en depende y la cosa funciona según convenga al poder establecido. Para este fin, lo mejor es que hagamos un breve repaso de lo sucedido en torno a Lady Diana Spencer, hija menor del octavo conde de Althorp y esposa que fue de Carlos, heredero del trono y de muchas cosas más.
Lo primero que el público percibió de las tormentosas relaciones conyugales de la principesca pareja, fue el flagrante adulterio de Carlos con la aristocrática y ajada Camilla Parker-Bowles que convirtió a la joven y bella Diana en una víctima humillada y, en consecuencia, objeto de la compasiva simpatía de las masas.
La situación se acentuó tras la publicación del libro “Diana. Her True History” y la divulgación de una conversación telefónica entre el principe Carlos y Camilla, a las que se sumó la campaña de desprestigio de la Corona que, con singular astucia, encabezó la vengativa y bella Diana. Para que no quedara ninguna duda ante la situación, el año de 1995, en una entrevista con Jonathan Dimbleby ante la televisión británica, Carlos de Inglaterra, tomando como quien dice, el propio toro por los cuernos, que eran lo más visible en todo aquél enredo, reconoció públicamente su adulterio.
Encendida la hoguera, se encargaron de alimentarla ciertos sectores de la aristocracia británica, gobiernos extranjeros a los cuales la confusión suponía ventaja, y la prensa amarillista que ahora pretendía esgrimir la lupa de Sherlock Holmes, el investigador. Se divulgó así, interesadamente, que Alice Keppel bisabuela de Camilla había sido amante de Eduardo VII, tatarabuelo de Carlos y que, además, Camilla era sobrina nieta de Violet Trefusis una aristócrata que, en la década de los años veinte, presa de un loco amor lésbico se había fugado con la escritora Vita Sakville-West, siendo ambas casadas; y que otra antepasada, Louise Renée de Penancoet de Kerouaille, duquesa de Porsthmouth, había sido amante de Carlos II de Inglaterra. La divulgación masiva de estos datos estaba encaminada a impedir un nuevo matrimonio del divorciado Carlos. La tesis era: Camilla no debe pasar de ser la amante del principe Carlos.
Para colmo de males, el asedio de los “paparazzi” -su sed de noticias había sido alimentada para afinar la venganza contra Carlos y la familia real- provocó, junto a la embriaguez del conductor y el ansia de diversión nocturna de la pareja de amantes, el accidente que en Paris costaría la vida a Diana de Gales. El suceso serviría de pretexto para crear la sospecha de un asesinato detrás del cual estuviese la corona británica. Tal sombra fue reforzada con el bulo intencionado de que Diana esperaba un hijo del magnate egipcio Al Fayed. Quedaba así unido, al morbo propio del asunto, un posible conflicto interracial e interreligioso. Porque, amigo lector, aunque en ellas se digan muchas banalidades, los chismes en las revistas “del corazón” y similares no son tan casuales como se da a entender y mucho menos resultan tan gratuitos como parece. En sus páginas chismosas o chistosas circulan siempre, y digo siempre, grandes corrientes de intereses y de intenciones. Y, por supuesto, de dinero, que es el que marca las intenciones. En el mundo de la información como falso valor, no hay nada gratuito ni nada fortuito. Ni todo lo que aparece publicado lo elaboran los periodistas.
¿Podría alguien imaginar más obstáculos para una posible boda de Carlos y de Camilla?
Con proceder imparable, la Corona fue avanzando como una apisonadora hasta imponer el nuevo matrimonio del príncipe Carlos. El propósito se hizo realidad el día 9 de abril de 2005. Al acto civil, celebrado en el Guidhall de Windsor, no asistieron la Reina ni el Príncipe Felipe de Edimburgo, que sí estuvieron presentes, como no podía ser menos, en el acto religioso oficiado por el Arzobispo anglicano, de Canterbury, el Dr. Roman Williams. Quedó así claro ante todo el mundo que la unión contaba con la sanción de la Iglesia de Inglaterra, representada no solo por el Arzobispo Williams, al fin y al cabo un mero subordinado, sino por The Supreme Gobernor of the Church of England, o sea, la propia reina Isabel II. El principio de la Supremacía de la Corona había salido victorioso frente a quienes intentaban tomarle el pulso a la institución.
The Act of Supremacy y su cortejo de textos legales había funcionado de nuevo. En tiempos de Enrique VIII el poder espiritual ante el cual la Corona inglesa quería establecer su Supremacía era el Romano Pontífice. En el siglo XX, el poder aplastado, esta vez factual, fue la simpatía del público por Lady Diana, clamoreada por los medios y sectores que querían que la Corona ajustara sus decisiones a los dictados de la opinión publicada. La posibilidad de crear una nueva situación dialéctica en la política interior del Reino Unido tendría que aguardar alguna oportunidad más propicia.
En conjunto, lo de Lady Diana fue un drama de celos, despecho, venganza y poder digno de inspirar a un nuevo Shakespeare. Todo se ha reducido, a la manera de hoy, a la divulgación de unas grabaciones telefónicas obscenas que divirtieron al público, un espectacular accidente de tráfico, las habladurías bien pagadas de empleados infidentes y un bello perfil de mujer que se añade, paradójicamente como icono favorable, al imaginario de la casa de Windsor a la cual combatió con todas las armas que tuvo a su alcance. Queda, sin embargo, un resquicio que quiero hacer valer para considerarlo como un episodio triunfal de un poder teocrático serenamente arbitrario y que se sostiene con la máscara laicista de la Europa de hoy. Todo comenzó con Harry The Eight, cuyos matrimonios, hasta seis, hubo que justificar y de los cuales, dos terminaron en divorcio y otros dos en decapitaciones.
Las disposiciones jurídicas que permiten que en materia religiosa y moral o amoral el barco de Britannia se mueva hacia donde apunta la Corona, son las cuatro que seguidamente se enumeran, y perdone el lector la prolijidad que ahora juzgo necesaria: The Statute in Restrain of Appels, que impide a la Iglesia de Inglaterra tomar disposiciones que no hayan sido previamente aprobadas por la Corona y le prohibe cualquier apelación a la Iglesia Romana; The Ecclesiastic Appoinment Act, que impone a los anglicanos el nombramiento de Obispos propuestos por el Rey; The Act of Supremacy, que declara que el Monarca es la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra por encima de cualquier otro poder. Por fin, The Treason Act, que define como alta traición –castigable con la pena de muerte- el no reconocer al Monarca inglés como la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Todas estas disposiciones provienen de tiempos de Harry The Eight.
Si este conjunto de leyes no conforma a su manera una Teocracia no me quedará otra salida que entonar, por vía de excusa, aquella coplita amoladora que dice así: “Mujer que andando culea/y hablando los pechos mece/yo no digo que lo sea/pero sí que lo parece.”
Pero volvamos al tema que nos ocupaba al principio y que consistía en averiguar si la Teocracia a la inglesa funciona o no funciona ahora y, si en consecuencia, la noción de Estado laico dentro de una sociedad secularizada es un dato enterizo que hay que tomar en serio o, por el contrario, si en él todo va en depende y la cosa funciona según convenga al poder establecido. Para este fin, lo mejor es que hagamos un breve repaso de lo sucedido en torno a Lady Diana Spencer, hija menor del octavo conde de Althorp y esposa que fue de Carlos, heredero del trono y de muchas cosas más.
Lo primero que el público percibió de las tormentosas relaciones conyugales de la principesca pareja, fue el flagrante adulterio de Carlos con la aristocrática y ajada Camilla Parker-Bowles que convirtió a la joven y bella Diana en una víctima humillada y, en consecuencia, objeto de la compasiva simpatía de las masas.
La situación se acentuó tras la publicación del libro “Diana. Her True History” y la divulgación de una conversación telefónica entre el principe Carlos y Camilla, a las que se sumó la campaña de desprestigio de la Corona que, con singular astucia, encabezó la vengativa y bella Diana. Para que no quedara ninguna duda ante la situación, el año de 1995, en una entrevista con Jonathan Dimbleby ante la televisión británica, Carlos de Inglaterra, tomando como quien dice, el propio toro por los cuernos, que eran lo más visible en todo aquél enredo, reconoció públicamente su adulterio.
Encendida la hoguera, se encargaron de alimentarla ciertos sectores de la aristocracia británica, gobiernos extranjeros a los cuales la confusión suponía ventaja, y la prensa amarillista que ahora pretendía esgrimir la lupa de Sherlock Holmes, el investigador. Se divulgó así, interesadamente, que Alice Keppel bisabuela de Camilla había sido amante de Eduardo VII, tatarabuelo de Carlos y que, además, Camilla era sobrina nieta de Violet Trefusis una aristócrata que, en la década de los años veinte, presa de un loco amor lésbico se había fugado con la escritora Vita Sakville-West, siendo ambas casadas; y que otra antepasada, Louise Renée de Penancoet de Kerouaille, duquesa de Porsthmouth, había sido amante de Carlos II de Inglaterra. La divulgación masiva de estos datos estaba encaminada a impedir un nuevo matrimonio del divorciado Carlos. La tesis era: Camilla no debe pasar de ser la amante del principe Carlos.
Para colmo de males, el asedio de los “paparazzi” -su sed de noticias había sido alimentada para afinar la venganza contra Carlos y la familia real- provocó, junto a la embriaguez del conductor y el ansia de diversión nocturna de la pareja de amantes, el accidente que en Paris costaría la vida a Diana de Gales. El suceso serviría de pretexto para crear la sospecha de un asesinato detrás del cual estuviese la corona británica. Tal sombra fue reforzada con el bulo intencionado de que Diana esperaba un hijo del magnate egipcio Al Fayed. Quedaba así unido, al morbo propio del asunto, un posible conflicto interracial e interreligioso. Porque, amigo lector, aunque en ellas se digan muchas banalidades, los chismes en las revistas “del corazón” y similares no son tan casuales como se da a entender y mucho menos resultan tan gratuitos como parece. En sus páginas chismosas o chistosas circulan siempre, y digo siempre, grandes corrientes de intereses y de intenciones. Y, por supuesto, de dinero, que es el que marca las intenciones. En el mundo de la información como falso valor, no hay nada gratuito ni nada fortuito. Ni todo lo que aparece publicado lo elaboran los periodistas.
¿Podría alguien imaginar más obstáculos para una posible boda de Carlos y de Camilla?
Con proceder imparable, la Corona fue avanzando como una apisonadora hasta imponer el nuevo matrimonio del príncipe Carlos. El propósito se hizo realidad el día 9 de abril de 2005. Al acto civil, celebrado en el Guidhall de Windsor, no asistieron la Reina ni el Príncipe Felipe de Edimburgo, que sí estuvieron presentes, como no podía ser menos, en el acto religioso oficiado por el Arzobispo anglicano, de Canterbury, el Dr. Roman Williams. Quedó así claro ante todo el mundo que la unión contaba con la sanción de la Iglesia de Inglaterra, representada no solo por el Arzobispo Williams, al fin y al cabo un mero subordinado, sino por The Supreme Gobernor of the Church of England, o sea, la propia reina Isabel II. El principio de la Supremacía de la Corona había salido victorioso frente a quienes intentaban tomarle el pulso a la institución.
The Act of Supremacy y su cortejo de textos legales había funcionado de nuevo. En tiempos de Enrique VIII el poder espiritual ante el cual la Corona inglesa quería establecer su Supremacía era el Romano Pontífice. En el siglo XX, el poder aplastado, esta vez factual, fue la simpatía del público por Lady Diana, clamoreada por los medios y sectores que querían que la Corona ajustara sus decisiones a los dictados de la opinión publicada. La posibilidad de crear una nueva situación dialéctica en la política interior del Reino Unido tendría que aguardar alguna oportunidad más propicia.
En conjunto, lo de Lady Diana fue un drama de celos, despecho, venganza y poder digno de inspirar a un nuevo Shakespeare. Todo se ha reducido, a la manera de hoy, a la divulgación de unas grabaciones telefónicas obscenas que divirtieron al público, un espectacular accidente de tráfico, las habladurías bien pagadas de empleados infidentes y un bello perfil de mujer que se añade, paradójicamente como icono favorable, al imaginario de la casa de Windsor a la cual combatió con todas las armas que tuvo a su alcance. Queda, sin embargo, un resquicio que quiero hacer valer para considerarlo como un episodio triunfal de un poder teocrático serenamente arbitrario y que se sostiene con la máscara laicista de la Europa de hoy. Todo comenzó con Harry The Eight, cuyos matrimonios, hasta seis, hubo que justificar y de los cuales, dos terminaron en divorcio y otros dos en decapitaciones.
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