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miércoles, 12 de septiembre de 2007

En la Calle

Por allá, donde la estrecha calzada sin aceras casi va a topar con la basílica de Santa María, un moro quiere evadirse de algo. Supongamos que de su desgracia de su soledad, de su miseria. Lo hace a lomos de la cerveza que si se sube a la cabeza puede dar en tierra con el más pintado. ¿Quién lo diría? ¡Un moro borracho! Jamás había visto algo semejante.

Sabía, desde los tiempos de “nuestro protectorado”, que “moro fino bebe vino y come cochino”, pero éste moro de aquí no es fino ni come cochino, ni bebe vino. Solo bebe cerveza y tampoco lo hace en el bar de ningún hotel de lujo de Tánger, de Casablanca o de Nador, donde los camareros servían bebidas espirituosas en teteras de plata con sus tacitas alrededor para que los jeques pudieran disimular el bebercio ante el pueblo.

Este moro de aquí chupa la cerveza directamente del bote y en la puta calle, como dicen los castizos, que en este caso es la Calle Mayor.

La borrachera del moro, muy ostensible, me da toda la impresión de ser la borrachera del novato, del que no está acostumbrado, del que coge la borrachera con poca cosa. De antiguo se llama “turca”, e incluso “curda”, a un tipo de borrachera que surge antes de tiempo como desagradable y exagerada reacción del cuerpo.

El moro y yo vamos en dirección contraria. En realidad, él no parece llevar en este momento ninguna dirección. Deambula en zig-zag a lo ancho de la calle bisbiseando en su lengua frases que se me hacen ininteligibles. Nos encontramos de frente. Me da la impresión de que va a pedirme algo. No me adelanto a darle ninguna moneda para no humillarlo sin yo querer. Pero él, el moro de las barbas, el moro de la curda, el moro del bote de cerveza en la mano, no me pide nada. No quiere dar la lata. Me mira con expresión que yo adivino de respeto. Le miro también, a los ojos y le saludo con voz de quien está en el secreto de la cosa: “Salam aleikun”.

“Aleikun Salam”, me contesta el moro, casi reverente.Y a continuación suelta, como hablando consigo mismo, extrañado y en español. “M…cagüen”…y no completa la blasfemia aprendida de los “cristianos”.

Poco después, ya de vuelta, en la esquina, un vehículo todo terreno se ha detenido. ¿Qué hace un cuatro x cuatro en la calle peatonal? Desde dentro alguien mira, socarrón ¡Pero si es el jocundo, facundo, verecundo, rotundo Victor, hombre mucho más joven que yo al que no obstante tengo por viejo amigo y al que suelo dar el tratamiento de “Señor de Vizcaya”! Me espeta, bromeando: “¿ Con que paseando por aquí? ¡Haces que la calle parezca lo que no es!”

Yo le contesto la verdad humilde: vengo de dar a remendar unas zapatillas.

-¡Adios, buen amigo! ¡Agur¡!Agur¡

El sol luce sobre pintadas que hablan, en una sola lengua y en una sola ira, de independencia y de presos que deben regresar a casa. Hay un festival en el Peine de los Vientos. Y en un teatro de por aquí presentan “Desnudeces.”

Un rincón de comida rápida: Sorprendo conversaciones. En la playa …eramos siete…solo las tres chicas nos despelotamos. Los chicos no se atrevieron y se quedaron en pantalón de baño.¡Ji¡ji¡ ¡ja¡ja¡ ¡jeje¡je¡ ríen las divinas eulalias.

No alcanzo a imaginar a las tres modernas gracias despelotadas, que en rigor literal querría decir castradas, despojadas de las pelotas que no tienen ni se les supone. El absurdo.

Pero, igual que descamisado no es aquél que carece de camisa, sino precisamente el que la lleva puesta sin chaqueta encima, el “despelote” de las chicas no alude ni a las pelotas de la anatomía ni a las del juego. Alude a la “pellota”, es decir a la piel, a la pelleja. Las chicas se quedaron en cueros.¡Vaya deducción rigurosa! Y ahora se ríen porque los chicos no se hayan bajado los pantalones. Tendrán, seguro, sobrada instrucción sexual, pero se ve que a estas ninfas les falta, si no rodaje, su punto de mundología. Dejados a sus inclinaciones, los varones prefieren ver; las mujeres, dejarse ver. Aún en los campos nudistas se permite a los principiantes varones, conservar el pantalón de baño, por aquello que en tiempos más recios se decía “ponerse templado”, cuya traducción al castellano bozal es obvia. Una vez habituados al espectáculo del mujerío en pelota, en pellota, podrán prescindir del pantalón sin temor a reacciones psicofisiológicas. Es asunto de acostumbramiento.

Al morito de calle arriba tampoco le pasará nada una vez que se haya habituado a la cerveza. Cuestión de acostumbramiento o, según se mire, de saturación.

A mi lado, oleadas de gente que pasa. Gente y más gente. Semejantes a nosotros ¿quién lo duda? pero, al mismo tiempo ¡qué diferentes todos! Y, acaso ¡que distantes los unos de los otros, pese a las proximidades callejeras! Procuro distinguir. Pasan guiris de allende los mares y guiris de allende el Neckar. Y bomberos de Belfast en vacaciones de bomba, que sí, hombre, que no importa; francesitas como racimos de uvas tiernas; excursionistas del INSERSO sumando años y quizás siglos como las pirámides ante los soldados de Napoleón. Al borde de la calle, indias de Otavalo, república de El Ecuador, venden sus tiliches. Por sentencia judicial, la trashumancia es arraigo.

Como nos descuidemos en el aprecio, esos que pasan a nuestro lado y que solemos llamar “gente” terminan pareciéndonos un monstruo de mil patas, de mil artejos y de ninguna cara. Un monstruo así termina por repugnar a cualquiera. “!La gente abusa!” “¡Qué estupideces hace la gente!” “¡Lo que molesta la gente!”¿Quién no ha oído decir, o ha dicho, estas cosas y otras semejantes?

Pero “la gente”, ese monstruo en apariencia tan consistente, es sólo una quimera que cada uno fabrica en su retortero de clonador mediante generalizaciones hechas sin piedad y a toda prisa. De esa forma, las personas concretas que son los demás, despojadas de su perfil propio pasan a confundirse en una masa indiferenciada que precisamente por eso resulta siempre culpable y amenazadora.

Más que temer a la gente había que temer a los vacíos. Porque en los vacíos, donde no caben el conocimiento y el aprecio, anidan el recelo y la desconfianza, la aversión y el odio. Y el odio -aquí esas cosas se saben aunque no se suelen decir- siempre exige víctimas.

Callejeando, ya lejos de la Calle Mayor, veo en el escaparate de una tienda de bisutería yjoyas jóvenes estas frases puestas en dos cartelillos: están en francés. Una dice así, y es de Henry Matisse:”Il faut regarder toute la vie avec des yeux d´enfant”. La otra dice: “Ton devoir réel est de sauver ton rêve”, y es de Amadeo Modigliani. ¡Que mal se traduce al español la palabra “rêve”!

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