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sábado, 10 de junio de 2006

El Rostro de Medusa

La vida humana tiene un dinamismo especial e inconfundible. En ella las situaciones se transforman, se renuevan, se suceden las unas a las otras continuamente. Nada permanece estático nada sigue exactamente igual a como fue hace un instante.

Es fácil pensar que esas transformaciones, esos renuevos, esas sustituciones a veces sorprendentes forman un oleaje destinado a desasosegarnos con su continuo vaivén que no parece llevar a ninguna parte. Consideradas así las cosas, nada tendría sentido. O si llegara a tenerlo sería para conducirnos al absurdo.

Pero ese oleaje, en apariencia caótico, si le prestamos la debida atención, resulta que en realidad es una continua cabalgata de ocasiones, muchas de ellas previsibles, que se nos ponen delante precisamente para que las aprovechemos. Toca a cada uno aprender a examinar sus propias ocasiones. También toca a cada uno la tarea concreta de transformar en oportunidades fructificas esas simples ocasiones que se presentan, y en las que, a veces, creemos reconocer la faz imperturbable de la Esfinge o el rostro espantoso de Medusa. Pero, por supuesto, para transformar la ocasión en oportunidad, es necesario tener delineados los propios y personales objetivos, tarea que, con las prisas y las improvisaciones que exige el momento de hoy, a veces no aparece clara ante nuestros ojos.

Y no vale entretenerse demasiado en considerar las dificultades que se puedan presentar. Las dificultades siempre existen. Lo importante es saber evaluarlas prescindiendo de exageraciones y de mimos. Las exageraciones a las que quiero aludir se refieren a la imagen desorbitada que podemos llegar a tener de los obstáculos a poco que abandonemos nuestra imaginación en manos de la pereza y el miedo. En cuanto a los mimos, se refieren, por supuesto a la sobredosis de condescendencia que en ocasiones nos recetamos a nosotros mismos, y que redunda en una especie de aversión a todo emprendimiento, esfuerzo o compromiso serio.

Decía que para transformar las ocasiones en verdaderas oportunidades es preciso tener, de antemano, unos objetivos. Ellos son los que nos permiten marcar el horizonte de nuestras acciones concretas. Mas que el verbo tener con su sentido de posesión, tendría que haber usado el verbo mantener. En efecto, los objetivos necesitan una labor continua de conservación, cuidado y anticipación a las necesidades, es decir, implican una labor de mantenimiento. De persistente mantenimiento.

Sin objetivos no hay la menor posibilidad de convertir las ocasiones en oportunidades aprovechables. Tampoco es posible lograr dicha conversión si se carece de principios. Los principios nos suministran la vitalidad, el empuje y la fuerza para movilizarnos en busca de esos objetivos que nos ayudarán en la tarea de convertir la ocasión en oportunidad verdadera.

¿Qué la cuestión no queda lo suficientemente clara? Una comparación puede ayudar a entender lo dicho. Los objetivos son como la meta general que uno se propone alcanzar. La ocasión es la circunstancia concreta en que se puede realizar el viaje que nos llevará a la meta o nos acercará a ella..

La ocasión es también comparable a la información geográfica que tenemos disponible para un viaje: su contenido está compuesto de datos inertes, que, bien empleados, ayudarán a que la ocasión de viajar se nos convierte en oportunidad real de alcanzar los objetivos o parte de ellos.

¿Y qué son los principios? Son el punto de partida y el supuesto que fundamenta la forma y manera de plantear el viaje de nuestra vida entera, ese viaje que resume todos los viajes menores y todos los trayectos que puedan se factibles. Y aquí conviene recordar que los principios no pueden ser ajenos al terreno de la trascendencia si quieren estar a la altura que, pese a todo, puede alcanzar el hombre. La conjunción de principios y objetivos da por resultado una vida definida en actitudes coherentes y en acciones conducentes.

Cierto que los individuos no somos los diseñadores solitarios de nuestras trayectorias en la vida y que nuestras decisiones, con ser autónomas, tienen que ser siempre relacionales, pues se tiene que contar con nuestros semejantes, de forma especial con los más próximos. Cierto que otros seres humanos están presentes en nuestras vidas, así como nosotros estamos presentes en la vida de los demás. Cierto también que todas las vidas humanas sin excepción acusan la presencia y la influencia de los otros aún cuando las circunstancias de riqueza, de poder, de inteligencia, posición o casta puedan inducir a creer lo contrario, sumergiéndonos acaso en el espejismo de una total independencia. Pues bien, ninguna de estas certezas quita que sea precisamente la conjunción de los principios que sustentamos y de los objetivos que perseguimos, la que nos permita convertir en verdaderas oportunidades las ocasiones que continuamente se nos presentan, dando por resultado esa vida definida en actitudes coherentes y en acciones conducentes, a la que hemos aludido, y que contraste con el parcheado surrealista de tantas existencias al garete.

A veces da la impresión de que las ocasiones se presentan con la fuerza y la imprevisibilidad de un alud, y que ante ellas puede ser que nos encontremos como abrumados. Si esto sucede, debemos comenzar por hacer una revisión a fondo sobre dos puntos importantes: ¿Alentamos principios que den sentido a nuestro actuar dotándolo de valor moral y de altura humana? ¿Perseguimos objetivos que nos ayuden a trazar con firmeza el rumbo de nuestras acciones sobre el plano que nos presenta la ocasión en un momento dado?

Y contesto con esto a los que me interpelan desde diversos ángulos. Un joven teniente que se pregunta si ir al Afganistán es una oportunidad además de un riesgo que ya tiene asumido. Un brillante doctorando en especialidad humanística de limitada demanda que tiene seguro que nunca será premiado con el aplauso de la multitud que tanto halaga al ego más barato. Un empleado de una grande y antigua entidad universal, y a quien le preocupa la inmovilidad laboral. Una licenciada a la espera de una oposición para esa profesión dura en que se ha convertido la enseñanza. Una niña que se pregunta si vale la pena someterse al examen de selectividad. Contesto a todos por igual: las ocasiones bullen en vuestro entorno. Vuestros principios os ayudarán a discernirlas. Vuestros objetivos os permitirán trazar la ruta convenientemente y la conjunción de ambos os hará descubrir la oportunidad que se oculta en cada ocasión como la mariposa se oculta en la crisálida. Esto no es “buenismo” a lo Paulo Coelho, ni requiescente recurso de autoayuda. Es la pura realidad. En la tarea de hacer de la ocasión una verdadera oportunidad, no es el rostro de la Esfinge lo peor que podeis encontrar, alguna vez asomará en vuestro trayecto el rostro de Medusa. Y en ese momento os quedará claro, definitivamente claro, que tenéis que ser valientes si queréis ser valiosos. Valer valor requiere.

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