Pese a esa genérica imputabilidad, en las guerras civiles la búsqueda de culpabilidades concretas y de culpables individuales exclusivamente entre los coetáneos del conflicto, es casi imposible de evitar. El carácter moral de su naturaleza hace del ser humano un buscador de condenas y absoluciones, cuando no de venganzas que se desencadenan, más que nada, por lo que se dice que tienen de compensación y desquite.
De poco sirven los empeños, sinceros o fingidos de dilucidar, desde el punto de vista de la política las culpabilidades reales, incluso con leyes como la llamada de la memoria histórica. Pocas materias hay como ésta tan proclives a ser abordadas desde esa gran simplificación que consiste en echar todo el peso de la responsabilidad sobre aquellos a quienes les tocó librar la guerra. Se olvida, con esta postura, una realidad fundamental: que las causas de los conflictos bélicos civiles hay que rastrearlas a veces muchas generaciones atrás; y no sólo en los frentes y retaguardias, sino en los despachos de los políticos, en los gabinetes de los ideólogos, en las oficinas de los publicistas, e igualmente, cómo no, en los textos legales injustos, engañosos o inadecuados.
La guerra civil española en la que ahora se concentra el esfuerzo de esa creación abstracta y fantasmal que es la memoria histórica, no fue una guerra de encendido rápido, de esas que se producen como por repentino cabreo. Desengañémonos. Esa versión simplista del fenómeno social de la guerra sólo se presenta en tribus primitivas que disputan una pieza de caza, o en hordas que luchan por la utilización de un manantial; o entre clanes obedientes a una mentalidad mágica que considera que con la llegada de la luna de julio hay que emprenderla con el vecino porque así lo mandan los agüeros funestos.
En la guerra española se quisieron liquidar de una vez por todas los saldos de conflictos mal resueltos que se arrastraban desde 1868, año en que los políticos de la Restauración, con la Constitución en la mano por supuesto, consagraron la hipocresía política de la alternancia partidista en el poder convirtiendo el sufragio en un engaño a la vez injusto, costumbrista y ritualizado. Este engaño, resumen y culminación del pragmatismo en el siglo XIX, permitió a sus autores salir del círculo vicioso de las guerras carlistas y fue como la versión decimonónica de la idea expresada un siglo más tarde por Felipe González con una frase que pidió prestada a Mao Ze Dong “Qué más da que el gato sea blanco o negro si caza a los ratones”.
La Constitución de 1868 aún presidía el curso de la vida política treinta años después, cuando los Estados Unidos hundieron la flota española y sumergieron a España en una profunda crisis que aún afecta a la percepción de su estar colectivo en el mundo Se había convertido en un verdadero quiste político, cuando el viejo problema de “pobres y ricos”, exacerbado por las rapiñas del primer capitalismo y por la dilación de las reformas económicas, comenzaba a transformarse en la compleja y emponzoñada “cuestión social”. Sobrevivía como una tara imposible de soportar cuando la “cuestión social” se estaba convirtiendo en cruda “lucha de clases” potenciada por las tácticas y las ideologías del anarquismo y del bolchevismo stalinista. Pronto, esta situación provocaría, dentro del clima raciovitalista propio de la época, el nacimiento de organizaciones autoritarias y fascistoides, que atraían a las juventudes de la época como alternativa del “socialismo real” y del liberalismo corrompido. La Constitución de la Restauración sólo se dio finalmente por muerta y enterrada cuando Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, tomó el poder en sus manos con el apoyo de los industriales catalanes y con el buen rey constitucional don Alfonso XIII haciéndose el dormido. Pero ya no había tiempo para las reformas desde el sistema. Tampoco pudo con los problemas la Segunda República que sucedió a la Dictadura en 1931.
Se dice que la Historia es maestra de la vida. Yo me conformaría con decir que puede serlo con algunas condiciones. Porque son los historiadores, y no los políticos, los llamados a estudiar la Historia y a convertirla en sabiduría estable. ¿Qué ganaría la causa de la paz, en el supuesto de que realmente interese a todos, con la propagación de una memoria que no haya sido purgada de su persistente carga de odio? ¿Olvidamos acaso que el odio caricaturiza al amor precisamente en que no quiere reconocer límite alguno en su actuación?
No basta conocer al dedillo los desmanes de antaño para evitar futuras demasías. Ni vale exclamar beatamente “nunca más”, o ponerse a recoger firmas para que esto o aquello no vuelva a suceder. Como no valió retratar barbudos frailecicos tomando el sol con un primer plano de milicianos desfilando para demostrar que no hubo persecución religiosa en la guerra civil y que todo estaba en calma dentro de los límites de esta u otra muga. La experiencia de siglos, no desmentida por ninguna experiencia de hoy en Europa ni en ningún otro continente, nos dice y nos repite que, con harta facilidad hay siempre más de lo mismo, y a veces en versión aumentada.
Recuerdo de los años de la transición, una actuación de Tip y Coll. Interrumpía repentinamente el larguirucho de la chistera su desatada perorata y con aire compungido, como quien lamenta haber perdido el hilo del discurso, se llevaba una mano a la cabeza exclamando:” ¡Se me ha ido el santo al cielo!”. Y el bajito del bombín saltaba a su lado preguntando con aire de sorpresa: “¿Cómo?¿Se ha muerto don Santiago Carrillo” Eran los tiempos de la transición que la propaganda llama pacífica pese a sus noventa muertos, y todo parecía posible. Y el mismo Carrillo, joven verdugo de burgueses en Paracuellos, una vez traducida su ideología al eurocomunismo del italiano Berlinger, se ennoblecía con la definitiva hazaña de no añadir leña al fuego en un momento delicado de la Historia contemporánea de España.
Tras varios años de dormición de los recuerdos, llegó a ocurrir algo risible: la cruz memorial de la matanza de presos en Paracuellos terminó por aparecer en Internet –el error ya ha sido subsanado- como un homenaje a las víctimas del franquismo. Parece un chiste pero no lo es. ¿Sólo es la deriva natural del olvido? Lo ignoro. Fue Carrillo quien dijo que los comunistas no necesitaban periódicos, les bastaba con tener periodistas.
¿Cuál será la deriva de la llamada ley de la memoria histórica? El tiempo lo dirá, y ojalá escuchemos sus palabras con escarmiento en el ánimo y el corazón apaciguado. Ni las guerras, ni las guerrillas, ni siquiera las beligerancias discontínuas como la que durante décadas ha dinamizado con sangre la vida política en el País Vasco, se libran hoy con la vieja carabina oxidada que Neruda auguró que desenterrarían los rojos españoles a la hora de la venganza. Cosas de poetas, sin duda. Hoy, las potencias interesadas regalan modernas armas a los contendientes.
El cultivo de los hábitos de discordia lo mismo asegura a plazo medio y largo el fracaso de los pueblos, que anticipa las ridículas rabias contenidas y las disculpas de los políticos. Aunque quizá, desde un punto de vista ecológico, lo más triste sea que hace inseguro el destino de las flores ¿terminarán éstas luciendo sus corolas en lo alto de un florero?, ¿morirán mansamente inclinadas sobre sus tallos? ¿se marchitarán sobre fosas que acaso se abran para no ser colmatadas por víctimas de las enfermedades, los accidentes o los achaques de la edad?
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