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lunes, 3 de marzo de 2008

¡Ay, Kosovo!

Hay que buscar la clave. La palabra Kosovo es, al parecer, una acuñación semántica del alemán. En esta lengua, en efecto, el lugar se llamó desde antiguo Amselfeld, que en castellano sería Campo del Mirlo. Y de allí, a través del término eslavón kos, que significa mirlo, se derivó el nombre de Kosovo.

Los albaneses que, a moción de los Estados Unidos, han proclamado unilateralmente la independencia del país, le llaman de tres formas según el dialecto de que se trate: Kosovo, Kosovë y Josova. Las organizaciones internacionales se refieren a ese país con una fórmula de compromiso, muy parecida a “San Sebastián-Donostia”: Kosovo/Kosova. Comprenderá el lector que lo escriben así no por lo de chico y chica, sino para permanecer equidistantes tanto de serbios como de albaneses, que como pueblos que saben distinguir entre lo importante y lo secundario, son muy mirados en estas cosas. En cambio, las tropas de ocupación, que dependían de quienes estaban enterados del fondo del asunto, han empleado siempre el albanés.

Desde la edad media esta tierra fue conocida también con el nombre de Metoia, que en griego significa dominio eclesiástico, por los numerosos monasterios que allí fueron instalados, siempre como escapatoria y refugio frente al dominio musulmán. Para hacernos una idea con situaciones más próximas a nosotros, que nos remiten a la Reconquista, pensemos en el Valle de las Batuecas o en la sierra de Cameros. La presencia religiosa fue lo que dio lugar a que aquél rincón de los Balcanes fuese conocido con el nombre de Kosovo y Metohija, que en los tiempos del mariscal Tito quedó comprimido -de (Kos)ovo (Met)ohia- en el término Kosmet que, si desde el punto de vista de los comunistas tenía la ventaja de ocultar toda alusión a la Iglesia, ofrecía en cambio la no deseada contrapartida de aproximarlo fonéticamente a la lengua otomana.

En los manuales antiguos de geografía, al Kosovo se le llamaba con el nombre de Casubia o Kasubia. Tal denominación fue abandonada por confundirse con otra muy parecida: la de Cashubia o Kachubia, una comarca polaca que antes fue alemana y que deriva su nombre de la tribu bárbara de los kachubos. En Madrid conocí a una bella mujer, Madame Kachouba –afrancesaba su apellido- célebre bailarina del Ballet de Berlín en tiempos de Hitler, que en el madrileño barrio de Salamanca regentaba una academia de baile para niñitas pijas. Dejé el nombre y el recuerdo de esta dama en la maquinación titulada “El Platero de Toledo”, del libro “Fábulas, fantasías y maquinaciones”. Es difícil encontrar en Europa testimonios personales de un origen tribal cierto y verdadero.

Pero la ensalada de toponímicos es solo una muestra de la variedad de la empanada histórico-política y de la macedonia humana que el Kosovo representa.

La empanada histórica tiene como ingredientes las sucesivas presencias de poder que aquí se dieron cita. Primero fueron los romanos. A la caída de éstos llegaron las tribus búlgaras. Tras los búlgaros, los bizantinos intentaron poner un poco de orden. A la zaga de estos, después de la toma de Bizancio, llegaron los turcos. Cuando el imperio otomano se convirtió en “el hombre enfermo de Europa”, la región fue incorporada al reino de Montenegro, que posteriormente se unió a Serbia. Tras producirse un nuevo retranqueo en los Balcanes, la región del Kosovo pasó a ser territorio de Albania. Durante la segunda guerra mundial tanto Albania como Kosovo-Metohia fueron protectorado de la Italia del Duce. Después de la Segunda Guerra Mundial (1945) el Kosovo formó parte de la República Federal Socialista de Yugoeslavia (comunista) integrada en Serbia como Zona Autónoma de Kosmet.

A la muerte de Tito comenzó la desintegración de la R.F.S. de Yugoeslavia, con la secesión de Eslovenia y Croacia, propiciada por los Estados Unidos, Alemania y el Vaticano, que querían evitar la prolongación de la guerra civil. Tanto Croacia como Eslovenia constituyen las regiones más occidentalizadas, podríamos decir germanizadas, de los Balcanes. Con los restos se formó la República Federal de Yugoeslavia que comprendía Servia, Bosnia, Montenegro y la Provincia Autónoma de Kosovo, que pronto comenzaría también a disgregarse.

La macedonia humana es palpable en las lenguas que se hablan: el albanés y el servio, reconocidos en la totalidad del territorio, el turco, el romaní o gitano, el bosnio y el nasinski según regiones. Pensemos que se trata de un territorio un poco mayor que la provincia de Valencia. Sobre esta superficie se asienta una población de 2.200.000 habitantes de diversas etnias: eslavos, albaneses, turcos, aromunes, gitanos, goranis, circasianos y judíos.

Los serbios, que al comienzo eran mayoría, fueron superados ampliamente por el crecimiento demográfico de los albaneses. En materia de naciones, es el útero el que termina proclamándose vencedor. En tiempos recientes se ha acentuado la emigración de los serbios, que ahora forman ya una minoría insignificante. Eso se refleja en la desocupación de casas y terrenos que aliviará un poco la demanda en este país densamente poblado y carente de industria. Las autoridades kosovares han expresado ya que los serbios del Kosovo independiente deben acostumbrarse a vivir como una minoría. En el contexto en que fue dicho, eso equivale a una amenaza.

El Kosovo que, desde el día 17 de febrero de 2008 es un autoproclamado Estado soberano constituido en república parlamentaria, limita al Norte y al Este con Serbia, al Sur con Macedonia, al Oeste con Serbia y Montenegro y al Sur con Albania. Sus fronteras no han sido determinadas, aunque se supone que seguirán el mismo trazado de sus límites como provincia servia. Es un territorio que carece de costas. Desde 1999 ha vivido bajo la ocupación de tropas de la OTAN y a efectos prácticos constituye un protectorado de ésta. La intervención militar ha detenido las recíprocas matanzas, pero nadie ha hecho esfuerzos serios para impedir que los extremistas albaneses fuercen la emigración de los serbios, que se consideran desamparados en su propio país cuya soberanía sobre el Kosovo fue “garantizada” por la ONU y la OTAN.

Uno se pregunta cómo es posible favorecer la creación contra Derecho de un Estado tan pobre, tan complejo, tan inviable y tan lleno de problemas. Hay una razón poderosa aunque ignorada: la custodia de los “corredores energéticos” entre el Mar Caspio y el Adriático. El más importante de estos corredores es el llamado AMBO o sea “Albania Macedonia Bulgaria Trans Balkan Pipeline”, que transportará el petróleo del Caspio desde la terminal de Burgas, en Bulgaria, al puerto de Vlore en Albania. Para su custodia los ingenieros americanos están a punto de inaugurar una gigantesca base militar que, junto con otras, servirán para vigilar este nuevo “Camino del Petróleo” igual que los monasterios y hostales de peregrinos vigilaban el antiguo Camino de Santiago. La nueva base americana es la de Camp Bondsteel y está situada no lejos del límite del Kosovo con Macedonia, cerca de la salida del valle de Presevo y del Corredor 8 y por sus instalaciones es, hasta ahora, la mayor base militar construida por los Estados Unidos en el extranjero. Las implicaciones económicas de esta base son obvias, las militares, perfectamente mensurables. Las políticas ¿quién las puede prever? Pero, si por pura curiosidad o por buscar la independencia de un modo semejante preguntase alguien cuáles son los poderes que llevaron al Kosovo a obtenerla, ya cuenta -como el ciudadano Kane con Rosebud- con un nombre clave: Camp Bonsteel; el Campamento Cadenas de Acero. Toda una declaración de principios.

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