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miércoles, 15 de junio de 2005

Bolivarianas

Bolivia es, según el ángulo que se quiera apreciar de las afiladas aristas de su Historia, hija de la soberbia de un dictador, o del miedo que él mismo cobijaba.

El dictador de la soberbia fue el General Simón Bolívar, conocido más vulgarmente como El Libertador por una de esas ironías que la Historia no se ha dignado corregir.

El miedo que el General Bolívar cobijaba era que el viejo Virreinato del Perú llegara a ser, bajo el nuevo régimen, un estado poderoso. El Perú se había mostrado remiso ante la independencia que le traían como regalo no querido las bayonetas y las lanzas coloradas de Colombia, de Venezuela y Argentina. Para eso había que proceder a dividir lo que quedaba del antiguo Incario. Un país demediado carece de la fuerza del conjunto y ese era el objetivo a conseguir: dos Perús que nunca llegasen a tener la fuerza del que pudiera haber sido uno solo.

Y así, el Alto Perú, el Perú del interior, el Perú fabuloso del cerro de Potosí y de las riquezas proverbiales, el Perú de Chuquisaca, quedó convertido en un nuevo y pretendido Estado-Nación, al que el General, en su laberinto de vanidad, se dignó apadrinar con su apellido. Así nació Bolivia, el monumento que el héroe ideó para debilidad de El Perú y para gloria de sí mismo en los altos que el cóndor frecuentaba.

La operación de deshacer lo que había fue realizada con verdadero talento divisorio. Al Alto Perú, que en adelante se llamó Bolivia, se le dejó aquello de lo que no podía ser despojado: las riquezas mineras de su suelo; pero al separarlo del Bajo Perú, del Perú costero, del Perú de Lima y de El Callao, se le cercenó la posibilidad de movilizar, por el comercio, sus riquezas. Así el Alto Perú quedó confinado al Ande, alejado de la pequeña y dificultosa franja costera carente de puertos que le fue designada y que le terminaría de arrebatar los pequeños imperialismo de Chile y del mismo Perú. En cuanto a sus salidas fluviales, le fueron cercenadas a Bolivia en favor del Paraguay tras la Guerra del Chaco, en 1935.

En cuanto al Bajo Perú, embarrancado en sus costas, en sus reliquias arquitectónicas y en sus castas, fue privado de todo lo que había hecho de él ese Virreinato poderoso al que Bolívar temía.

Si el lector tiene la oportunidad de conocer el discurso de Bolívar ensalzando la Constitución –en realidad una carta otorgada-, que dio al nuevo Estado-Nación que nacía bajo su padrinazgo, quedará conmovido por la ingenuidad del hombre al cual sucesivas generaciones de sudamericanos han rendido culto de hiperdulía. Baste aquí decir que Bolívar calificó de “inspiración más sublime en el orden republicano”el hecho de nombrar para Bolivia un “Presidente Vitalicio con derecho a designar su sucesor”. Pero habremos de aclarar que ese hallazgo ni siquiera era suyo, sino que lo había calcado del sistema que el caudillo negro Pétion había establecido en...¡Haití! y que el bueno de Bolivar consideraba el mejor del mundo.

En su descargo hay que considerar que la prepotencia de Bolivar, demócrata en su discurso, autócrata en sus delirios, caprichoso en sus pensamientos, no nacía al estilo de las dictaduras iberoamericanas de hogaño, que surgen como reacción tras años de ejercicio de democracia inepta o corrompida. No era tampoco siquiera la continuación del despotismo monárquico ejercido por la Metrópoli, como parecía dictaminar la copla de los descontentos con la Independencia:

“Mudamos de condición,
Pero fue sólo pasando

Del poder de Don Fernando

Al poder de Don Simón.”

La copla no tenía razón porque el lazo funcional con la Monarquía borbónica había sido cortado radicalmente. La autocracia de Bolívar no era hija de la autocracia española, era el exudado casi fisiológico de una situación de cansancio social, de desfondamiento de ideales y de agotamiento demográfico tras veinte años de guerra despiadada que había diezmado sobre todo a las tenues clases dirigentes coloniales, tanto realistas como independentistas. La situación fue resumida por Bolivar en frases que siempre conmueven por lo sinceras: “No ha sido....una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores: ha sido la inundación de un torrente infernal...”

En esa frase bolivariana, “el desarrollo de todos los elementos desorganizadores”, está el diagnóstico de muchas de las inferioridades de hecho que mantienen a la antigua Iberoamérica y hoy América Latina, en la sentina de la Historia.

El despego de la realidad que Bolívar padecía, se muestra en su preocupación por la libertad de los negros –la esclavitud estaba ya en franca decadencia-, y en su completo olvido de la condición de los indígenas. En su Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, Congreso que era una hechura personal suya, califica con toda razón a la esclavitud negra de “la más insigne violación de la dignidad humana” y clama porque esta lacra no llegue a romper el “Santo Dogma de la Igualdad.” Pero nada dice de los indígenas que eran mayoría en el Alto Perú –como en el Bajo Perú y como en El Ecuador-, y cuya suerte no haría otra cosa que empeorar bajo el régimen de las flamantes y pretendidas Repúblicas-Naciones-Estados. Sí, he escrito empeorar.

De hecho, Bolívar se lamentaba de que el dominio español hubiese quitado a los hispanoamericanos – especie mixta entre los aborígenes y los españoles, dice-, “el goce y ejercicio de la tiranía activa sobre los indios, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior ” No invento nada, todo está escrito, aunque ignorado por quienes han hecho de la ignorancia intencional una estrategia política.

Vientos populares se desatan de nuevo por las tierras de América del Sur. En Venezuela, patria de Bolivar, Cháves se encara a su manera –razón, patriotismo y demagogia-, con la tarea de acometer a toda prisa las reformas necesarias que la corrupta democracia de décadas anteriores había preterido.

El Ecuador, depauperado por el mal gobierno y desprestigiado por presidentes ridículos como Abdallá Bucaram, manda a la emigración a centenares de miles de ciudadanos humildes que de sobra podría alimentar si los ineptos y voraces dirigentes diesen un momento de respiro al país.

El Perú, recuperándose de décadas de sangrienta guerrilla, busca un lugar en el siglo XXI con la guía del presidente Toledo y bajo la vigilancia de los viejos partidos avezados en la corrupción.

Bolivia, sentada sobre los tesoros de su subsuelo, ahora el gas y el petróleo, como en otras horas la plata o el estaño, vive un momento de temblor social que parece idéntico a otros muchos que ha vivido a lo largo de su trágica Historia. Idéntico en todo ese temblor a los demás temblores, sólo tiene respecto al pasado una y singular diferencia: el indio de antaño, segregado del mundo republicano, es hoy el campesino organizado en sindicatos. La ya lejana revolución de Paz Estensoro y los esfuerzos económicos de los Estados Unidos –sí, de los Estados Unidos-, en sostener las conquistas de esa revolución, no han pasado, pues, en balde.

Los tres países actúan bajo lo que genérica y simplificadamente se llama el ideal bolivariano. Pero ese ideal se resiste a toda concreción coherente. Bolívar es, en su vida y en su obra, un mar de contradicciones y de rectificaciones sobre la marcha. Por otra parte, los reformadores de hoy tienen que actuar de acuerdo a los dictados del cortoplacismo democrático que de hecho impide la perseverancia en objetivos nacionales de largo plazo; y bajo la inevitable agitación eleccionaria que sirve allí más de combustión de siseo para evitar la explosión del petardo que de mecanismo legitimador que todos reconozcan. Que las elecciones no lo son todo, lo demuestra los recientes sucesos de Bolivia donde la soberanía abandonó el encierro de las urnas y acampó en la calle. Precisamente en la calle, ese lugar que entre españoles recibe con frecuencia el nombre de puta, quizá como calificación denigratoria de su carácter público.

Quedan estas palabras más con el propósito de provocar la reflexión que de proponer soluciones de estudio o gabinete que de poco o de nada de nada sirven. La Historia, en sus desarrollos a largo plazo, no admite consejeros. Ni soluciones fáciles.

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