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jueves, 9 de junio de 2005

Redención

Redimir es salvar. Redimir es rescatar. Quiere ser salvado el que se sabe perdido. Quiere ser redimido el que se siente cautivo, esclavizado, a merced de otros que lo oprimen, sean hombres, mercados, sistemas, partidos o propaganda envolvente. Pero, ¿Y los odios que arrastran? ¿Y los malos hábitos que son servidumbre para quien los padece? ¿Y los puntos tenebrosos de nuestra propia e individual singularidad?. Aún así se dice y se repite que el hombre de hoy no quiere ser redimido. No quisiera haber sido redimido. Que ha perdido el sentido de redención.

Mas quien no quiere la redención ha de sentirse libre, pleno, completo, dueño de su absoluta autonomía. ¿Está el hombre de hoy tan libre, tan pleno, tan completo, tan satisfecho, tan orondo, tan ufano de sí mismo y de sus compañeros de especie –tampoco se pide mucho-, que ya no sienta la necesidad de redención?

Frente a esto ¿No muestra la realidad cotidiana que el hombre de hoy, como el de ayer, sigue buscando la redención por todas partes? Incluso, oiga, en las artes chamánicas de ese profesor Nani que desde el centro del África tropical asegura traer la salvación de la magia negra o a los civilizados habitantes de Donosti y de Zaragoza, según se anuncia en hojas volanderas de reparto callejero.

Ideologías transpersonalistas como el Nacional Socialismo, el Fascismo y el Comunismo propusieron planes de salvación a las multitudes europeas y leucodermas de hace unas décadas. El consumismo como costumbre de vigencia obligada, la Ciencia y la Democracia convertidas en mitos, desempeñan hoy sin el boato, las botas ni los alardes paralelos el mismo papel que las ideologías políticas desempeñaron en su momento.

Pero es fácil descifrar señales y guiños a través de las cuales el hombre de hoy pide redención por todas partes y en todos los tonos. Podemos preguntarnos, pues :¿En qué instante una persona cualquiera comienza a percibir que está necesitado de redención?

Y lo está cuando reconoce que, a pesar de haber escuchado con claridad el reclamo del bien, muchas veces ha renunciado a seguirlo.

Cuando se encuentra en condiciones de hacer el recuento sincero de las veces que ha tenido el propósito de hacer el bien sin atreverse a ponerlo por obra.

Cuando se aflige al percibir en su entorno la presencia del mal bajo mil formas, unas invasoras y tiránicas, seductoras o insinuantes otras.

Cuando se da cuenta que el mal que percibe no es totalmente ajeno a ella misma. Y, cuando tiene que admitir que no todo el mal es achacable a los otros.

Cuando descubre que la suerte que el bien corre sobre la Tierra no es algo que pueda deslizarse en cauce ajeno a su propio y personal destino.

Cuando llega a comprender que, si hubiera un momento en que el bien ya no fuera posible, algo pavoroso y absurdo –más absurdo y pavoroso que todo lo ocurrido hasta ahora-, estaría ocurriendo en el mundo y en ella misma.

Cuando percibe, aunque sea de manera imprecisa, la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal.

Cuando siente que es preciso estar dispuesto a entrar en combate a favor del bien no obstante la dificultad que ofrece tal tarea..

Cuando capta la necesidad de que en esa lucha desigual haya alguien capaz de equilibrar la balanza.

Cuando comprende que la única forma, quizá utópica, quizá imposible, quizá quimérica, de acabar con el mal, es ahogarlo en la superabundancia del bien.

Cuando indaga por Alguien que sea capaz de abrir la compuerta para desbordar ese bien superabundante que ha de terminar ahogando al mal.

Cuando considera que la superabundancia de bien tiene un nombre único que es el de Amor, .y comprueba que ese precisamente es el nombre de Dios.

Cuando le acongoja la sospecha de si ese Alguien capaz de equilibrar la balanza y de abrir las compuertas no vaya a ser a la vez el causante de todo el mal del mundo.

Cuando supera el resentimiento que le produce la sola sospecha de que Dios pueda permanecer impasible ante el mal.

Cuando renuncia a indignarse al comprobar que a Dios no es posible notificarle nada.

Cuando se da cuenta que se mete en un callejón sin salida si, abochornada de su propia incapacidad de colmar su ansia de bien, retrocede hasta el punto de negarse a sí misma.

Cuando aterrorizada ante ese Ser omnipotente y omnisciente que al parecer no hace nada ni dice nada ante el insondable mal del mundo, se niega a alcanzar el punto de la Negación Suprema.

Cuando, pese a estar desencantada de sí misma, y resentida con Dios, se resiste a abandonar su corazón al mal. .

Cuando rehúsa considerar al mal como la realidad suprema e imbatible y se niega a rendirle pleitesía.

Cuando rechaza que la existencia humana siga una trama absurda regida por un Hado Siniestro.

Cuando se niega a reducir el Amor a pasión posesiva y exigente, o a impulso feral y compulsivo.

Cuando admite que el Amor no consiste en la amable condescendencia que el sabio, el hombre que se tiene por superior o el perdonavidas muestran hacia el mundo, las personas, las cosas y los acontecimientos.

Cuando comprueba, acaso con perplejidad, que el amor humano es siempre preferencia favorecedora del amado frente a los demás; y que una persona nunca podrá “preferir” a todo el mundo, a toda la creación, a todos los seres, ya que para el ser humano el amor universal es por principio imposible.

Cuando se da cuenta que el Amor abarca mucho más de lo que se experimenta al sentirlo.

Cuando está dispuesto a admitir que para amar de veras se necesita auxilio que venga de lo Alto.

Cuando descubre que sus descontento contra la vida, contra sí mismo, contra la sociedad, contra el destino o contra Dios, delatan la necesidad de que exista el Amor capaz de redimir.

Cuando tiene el valor de preguntarse con sinceridad: ¿Quién me afirma a mí y me confirma en el ser a cada instante?

Cuando comprende que muchas benevolencias ni de lejos pueden constituir Amor.

Cuando comprueba que el Amor es más fuerte que la muerte.

Cuando se da cuenta que el amar es un acto libre y que esa calidad precisamente lo convierte en inescrutable.

Cuando admite que el Amor es una posibilidad sobreviviente del Paraíso, que está clavada en el corazón del hombre.

Cuando se da cuenta que consumatum est puede ser traducido por todo está terminado o por todo ha sido pagado.

Cuando descubre la íntima relación que existe entre amar, creer, confiar, esperar.

Se supone, claro está desde el comienzo, que estamos hablando de la persona humana.

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