Padre nuestro que estás en el cielo, para ahorrarnos el esfuerzo inútil de adorar a los árboles frondosos, a los ríos caudales, a las fuentes risueñas, a las oscuras cavernas, a los montes altos o a las peñas de formas caprichosas, donde la estirpe de los hombres creyó durante milenios encontrar dioses a su gusto y medida.
Que estás allí para que no te identifiquemos con los leones rampantes, las águilas en vuelo, los osos, los lobos, las panteras y cuantos animales hay feroces y bellos a los que en tiempos antiguos se tomaba por seres divinos y que aún hoy en día reciben homenaje en blasones y en banderas como totems que no han sido derribados.
Que estás en lo Excelso para que no te confundamos con las fuerzas desconocidas de la Naturaleza o con energías sutiles de nuestro propio organismo, ni te tomemos por resultado del progreso inmanente del individuo o de su afirmación psicológica. Y para que no perdamos el tiempo buscándote en los estados de conciencia alterados por las drogas, por rituales mágicos o por invocaciones a oscuras Potestades.
Creador y Padre, que estás en lo Alto para dar consuelo y ánimo a los progenitores agobiados de la Tierra , ante los cuales el hijo es a veces mero producto de la fatalidad biológica que no han podido o no se han atrevido a evitar.
Padre Eterno que estás en el cielo para que no confundamos el amor que a nosotros nos pides a cambio del tuyo, con la sumisión que para sí exigen los jefes ilustres, los insignes caudillos, los héroes gloriosos, los capitanes invictos, los implacables libertadores y los políticos amigos de recolectar votos, aplausos y adhesiones. Y para que nuestro amor a Ti no se quede en el tributo de admiración que para sí solicitan los inventores, los artistas y poetas; o los grandes empresarios, los banqueros y demás próceres del capital y del dinero, expertos en la multiplicación de la riqueza.
Que estás allí, en lo Alto, para que te sepamos distinguir de nuestros propios sueños, anhelos y ambiciones y de la inquietud de nuestra propia psique. Y para que no hagamos recaer sobre la pobre imagen que de Ti nos formamos, y que hacia Ti nos atrae, la sospecha de ser mero producto del delirio de nuestras mentes o de nuestros encubiertos terrores.
Santificado sea tu nombre, en nuestros proyectos y en nuestros actos. Así te lo pedimos para que cuantos te invocamos acertemos a hacer bien la tarea que a cada cual nos has encomendado. Para que nuestros trabajos y empeños sean expresión fiel de docilidad a Tu Gracia. Para que todo cuanto hagamos sea obra buena, obra noble, obra generosa, obra santa, de acuerdo a la genealogía de la que presumimos, porque por eso queremos ser llamados hijos de Dios.
Para que, a través de nuestras acciones y nuestros esfuerzos pueda ser sin reservas bendecido tu nombre. Y para que todos puedan llegar a entender por lo que hacemos, que Tú eres el Amor, la Alegría , y la Luz ; el Camino, la Verdad y la Vida.
Para que los vencidos, los que han renunciado a la lucha y la multitud de los que andan perdidos en los meandros de su propia existencia sepan por nosotros que hay Amor para ellos también.
Venga a nosotros tu Reino, porque las monarquías y repúblicas, los cantones y etnarquías, las mancomunidades, las uniones, los partidos y movimientos, las federaciones, confederaciones y autonomías, como todos los núcleos en los cuales cristalizan el poder y el orden donde buscan prosperar los grupos humanos, no son capaces de encarnar la plenitud divina del llamamiento cristiano ni alcanzan a librarnos de nuestra ferocidad de depredadores, de nuestra voracidad de omnívoros, de la insaciabilidad de nuestras ambiciones, ni de nuestra capacidad de hacer y de planear el mal, que es el molde donde reciben forma nuestros pecados personales y la matriz donde se conciben las estructuras que perpetúan la iniquidad sobre la Tierra.
Y para que entendamos que tu Reino de Verdad y de Vida, de Santidad y de Gracia, de Amor, de Justicia y de Paz, al que debemos tender con nuestras trabajos y nuestras intenciones es, en definitiva, regalo que recibimos de Ti, y que está muy lejos de ser el merecimiento de nuestras precarias virtudes, la conquista de nuestra desfalleciente combatividad, la creación afortunada de nuestra inteligencia dubitativa o el efecto calculado de nuestros proyectos y afanes.
Hágase tu Voluntad así en la Tierra como en el Cielo, porque sólo Tú eres el Señor de todo cuanto existe y nosotros somos tan solo administradores, cuando no meros espectadores inconscientes de la obra de tu Amor.
Porque nada es completo ni llega a su perfección sin Ti. Y para que sepamos admitir, sin darnos por agraviados, que nosotros, creados para asemejarnos a Ti y en postura enhiesta que mira hacia lo Alto, en nada quedamos sin la pauta y la regla que tu Amor propone para guiar nuestras voluntades y elevar nuestros afectos: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al próximo como a ti mismo” Y, en consecuencia, para que acertemos a auxiliar, con gesto y corazón de hermanos, a todos los hombres comenzando por los cristianos en persecución, en necesidad o en apuros.
El pan nuestro de cada día dánosle hoy para que, sabiéndonos sustentados por Tu providente bondad, no acumulemos ciegamente el dinero en nuestros bolsas o carteras, en nuestras cuentas o en nuestras cajas fuertes.
Para que no demos a las riquezas empleo excluyente, haciendo aún más difícil el mal comer y el precario vivir del pobre.
Para que, libres por la confianza en Ti, del temor hacia el futuro, no provoquemos la escasez ni elevemos los precios arteramente.
Para que no invirtamos nuestro dinero en empresas perversas, en empeños impíos, en publicaciones mentirosas o salaces, ni transijamos con designios feroces y finalidades sangrientas aunque supongan ventaja material para nosotros.
Para que seamos capaces de rehusar sobornos y cohechos, comisiones y mordidas y logremos expulsar semejantes actuaciones de nuestros tratos y contratos.
Para que pidiéndote a Ti el pan con humildad, recordemos que por nosotros mismos no somos capaces de asegurar nuestros días, cuyo número y término ignoramos.
Para que el temor a los tiempos inciertos no nos lleve a depositar nuestra confianza en la riquezas. Y si estas afluyen a nuestros negocios e inversiones, o a nuestro trabajos y empeños, no pongamos nuestro corazón en ellas.
Perdónanos nuestras deudas y nuestras ofensas, porque estamos continuamente en números rojos en todas las rúbricas de nuestra complicada y opaca contabilidad.
Para que no tomes en cuenta la ofensas que te hacemos con nuestro mirar interesado de mercaderes, con nuestras mentiras y adulaciones de vendedores con prisa, con nuestros hábitos de malos pagadores, con nuestra avidez por las riquezas y nuestra tacañería con las causas nobles que requieren nuestra ayuda.
Perdónanos nuestras deudas porque necesitamos de tus inagotables líneas de crédito para salir a flote de nuestra indigencia espiritual y porque dependemos en todo de tus remesas de gracia inagotable y de las moratorias que sólo Tú puedes declarar.
Y en cambio te ofrecemos, con tu ayuda, ser clementes con nuestros deudores, perdonar a los que nos ofenden, amar a nuestros enemigos, y dar prestado a los que no nos pueden devolver, prolongando, en una cadena interminable, toda la piedad y la generosidad con que Tú nos favoreces. Para abarcar a todo el mundo, como Tú nos pides, en un lazo benigno de fraternidad, comenzando por los que están más próximos a nosotros y a los cuales la rutina de todos los días presenta como los menos necesitados de nuestro perdón, de nuestra comprensión y de nuestro auxilio. Y para que recordando que el Amor que nos pides es devorador como el fuego vivo, no intentemos esconderlo en el rescoldo de los buenos propósitos ni enfriarlo bajo las cenizas de los primeros fracasos.
Danos, Padre, valor frente a las tentaciones, para que nos esforcemos por encontrar en el arca de la Sabiduría respuesta a las ideas que nos confunden y extravían.
Para que no transijamos ante el mal que nos seduce o nos abruma.
Para que no caigamos en los abismos que nos fascinan y no cedamos ante los rijos que nos quieren tiranizar en cuerpo y alma.
Para que no seamos absorbidos por las obsesiones que nos quieren arrastrar a la desesperanza, ni hundidos por el pesimismo que nos induce a sentirnos abandonados a nuestra propia suerte o imposibilitados de conseguir algún día la virtud que anhelamos.
Para que no sucumbamos al orgullo, ese espejo deformante que nos devuelve una imagen que nos simula soberanos sobre el bien y el mal, y nos adula con la falsa corona de dominadores de nuestros hermanos y tiranos de los seres creados.
Para que, vencedores del desaliento, acertemos a cumplir con nuestro quehacer sobre la Tierra y consigamos llegar a la vejez trabajando sin parar bajo el Haz de Tu mirada.
Y para que recordemos que no estamos solos en la lucha que tenemos que librar en el campo que Tu nos has señalado por medio de las causas segundas detrás de las que te ocultas para no segarnos con tu esplendor.
Libranos, en fin, de todo mal en lo físico y lo moral, en lo intelectual y en lo psíquico para que, sirviéndote con un cuerpo sano, entero y bello, con un alma buena, con un ánimo fuerte y generoso, con una mente serena iluminada por la Verdad y un corazón caldeado por el Buen Amor, podamos gozar de Tu visión y de Tu proximidad cuando nos llames del mundo a Tu Presencia. Amen.
Te lo pedimos porque tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria. Y lo hacemos en el nombre de Cristo porque no nos ha sido dado otro en el que podamos ser salvos.
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