En las sociedad de difícil y compleja vertebración como es la española las emisoras oficiales de televisión desempeñan un papel articulador de primera importancia.
Ellas ejercen el papel de vectores para la formación de núcleos temporales de opinión coincidente que facilitan las labores respectivas del gobierno central y de los gobiernos autonómicos, cada uno en su desempeño.
Ellas son las que más contribuyen a movilizar la opinión clientelar que de otra forma permanecería en la cómoda pasividad adhesiva. Ellas son las que impulsan a juntarse en un apretado haz de simpatía y afirmación vernácula a las fidelidades orgánicas que crecen en torno a los plexos regionales, allí donde estos existen. Ellas son las que mejor saben conjugar una realidad dispar y heteróclita que parece negarse a toda vertebración espontánea.
Ellas, las emisoras públicas son las que, troceando en porciones digeribles la indigesta manzana de la discordia política, prestan un vago parecido agridulce y familiar a las acciones y a las intenciones políticas de este mundo ibérico, a la vez vasto y aldeano. Ellas las que dan marchamo, marbete y label de cosas serias, tremendamente serias, a los planes mal bosquejados o bosquejados a trancas y barrancas, que surgen en nuestro medio.
Ellas son las que dan ocasión a que se produzcan las acciones coherentes necesarias para que el entramado autonómico no quede a las primeras de cambio disgregado por las fuerzas centrífugas.
Ellas son las que refuerzan en los usuarios de cada autonomía la sensación de aislamiento y suficiencia grupales; ellas las que con mejor éxito consiguen la acentuación de los intereses micrográficos en la noticia y en su tratamiento informativo. Ellas son las que renuevan en el usuario la sensación de libertad individual, dándoles la posibilidad de elegir dentro de un conjunto de variedades y amenidades que desempeñan en nuestra época el papel exutorio y catártico de los antiguos juegos circenses, ayudando así a las tareas de gobierno tanto como a las de desgobierno. Ellas son las que abren aliviaderos a las frustraciones, inquietudes y fobias individuales que, si confluyesen en un solo cauce colectivo, pudieran llegar a formar una corriente de fuerza arrolladora.
Para todo eso están las televisiones públicas. Al menos hasta ahora no han demostrado que se desempeñan mejor en cualquier otra cosa. Y está bien que estén para lo que están, pues las circunstancias particulares del Estado de las Autonomías hacen que las instancias oficiales, tanto centrales como periféricas, necesiten de este apoyo sutil y al mismo tiempo poderoso que palía, al menos en parte, las complicaciones propias de una sociedad de problemática identidad y de articulación difícil, encima abocada a navegar de acuerdo a un software cuajado, como es fama, de anfibologías que cada uno se siente inclinado a interpretar a su manera.
Pero la condición de pública no da a ninguna televisión patente para saltarse a la mediática –que es forma más disimulada que a la torera-, las normas que se supone debían regir su actuación. Por ejemplo, me imagino que las televisiones públicas –tanto centrales como periféricas-, debían ser las que más en serio se tomasen aquello de que constituyen un servicio público lo cual es algo distinto de constituir una fuente de servicios para los partidos políticos.
Y para mí hay otra obligación que debían asumir con más claridad tanto las cadenas estatales como las autonómicas: el cumplimiento de la normativa relacionada con el respeto a la infancia y a la juventud, y también, porqué no decirlo, a la dignidad de la mujer cuando va más allá de las proclamas genéricas referentes a la igualdad laboral con el varón y a la necesidad de proteger a los mujeres mal tratadas.
Confiar sin más en las promesas que al respecto hacen los profesionales de la televisión, sabiendo lo poco que pintan en comparación a los políticos que se sirven de ellos, es una de las ingenuidades mayores que puedan producirse.
Igualmente lo es esperar que tal o cual Código Deontológico destinado a regular la actuación de las emisoras, se implante por sí solo y como por arte de Birlibirloque, quiero decir por obra, gracia y cortesía de las propias entidades afectadas. No digo que eso sería como poner de vigilantes jurados del comercio a una banda de ladrones, pues estaría formulando un juicio temerario y un insulto, pero sí sería como emplear de vigilantes del queso a los mismísimos ratones.
Cabría acaso esperar a que todos los padres de familia en un frente solidario respondiesen con energía y dignidad al abuso continuado a que vienen siendo sometidos sus hijos menores por los poderes audiovisuales del Estado o de las Autonomías poco dispuestos a cumplir las normas de protección de la infancia y de la juventud.
Pero ¿No sería ésta otra ingenuidad? Es una triste verdad que los padres y las madres como tales no tienen poder social de ninguna clase, y están perdiendo incluso el de reaccionar en defensa de sus propios hijos. Esto sucede porque, siendo víctimas en un aspecto concreto –se machaca moralmente a sus hijos menores-, no lo son, sin embargo en otros puntos muchos más tangibles y, por consiguiente, difícilmente serían capaces de discernir su propia situación de víctimas en un grado tal que pueda llegar a tener significación política. Y porque, siendo víctimas en materia que no deja por eso de proporcionarles alguna satisfacción –la televisión, sea cual sea su contenido, entretiene a sus hijos- , no están dispuestos a renunciar a la ventajilla que eso supone. Sencillamente han entregado a sus hijos en brazos de la mala niñera o, si quereis, de la “au pair” perversa. Y siguen tan contentos tragándose todo lo que le echan y dejando que lo mismo traguen sus hijos.
-Pero oiga- contesta una conciencia enardecida : ¡ No dice Ud. nada de las televisiones privadas! Cierto, pero las privadas están planteadas como negocio y los negocios, ya se sabe, no obedecen sino a las inquebrantables leyes del mercadeo y de las audiencias. Negocios son negocios, caiga quien caiga. Y claro que caen los euros en caja y las conciencias en la neblina axiológica más completa. Los negocios de la información forman parte del gran retablo de la nueva y falsa sacralidad. Salud.
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