China es en nuestro romance, sinónimo de piedrecita de cualquier color. De chinitas blancas sembró el sendero Pulgarcito para saber por dónde podían volver él y sus hermanos al hogar paterno. Pero ponerle a alguien chinas en el camino, o en el trabajo, tiene ahora un significado peyorativo: el de crearle dificultades.
Con piedrecitas blancas señalaban los romanos los días faustos: “albo lapille notare diem.” Se conoce que este color significaba mucho para ellos pues de blanco se vestían también los aspirantes a ciertos puestos políticos que por esta razón eran llamados candidatos.
Con la ayuda de chinas o piedrecitas de cualquier color, se decidía, echando a suertes, quién debía cumplir alguna tarea o encargo de esos para los cuales no se suelen presentar voluntarios. Aún circulan en el habla corriente algunas expresiones derivadas de aquella antiquísima costumbre. ¡Me tocó la china! Oí decir a un desamorado nieto a quien le tocaba ir a recoger a los abuelos para un festejo familiar. No dirá eso, el muy boludo, a la hora de cobrar la herencia, en el caso de que estuviese dispuesto a hacer siquiera el esfuerzo de aceptarla. ¡Te tocó la china! es expresión entre compasiva y burlesca que se emplea todavía para referirse a quien le ha correspondido hacerse cargo de alguna tarea engorrosa o inoportuna.
De antaño proviene también el juego de los chinos, aunque en él la palabreja haya pasado del femenino al masculino, anticipándose al bonito juego de los “géneros” establecido por el presidente Rodríguez Zapatero y otros conocidos revolucionarios sin fronteras. En este juego, las piedrecitas han sido sustituidas por monedas fraccionarias, de preferencia las de más baja denominación. Anteayer, quiero decir en mis tiempos de juventud, era frecuente entre estudiantes emplear con este propósito la moneda llamada vulgarmente “perra gorda”, que era la de diez céntimos de peseta. Así se decidía, jugando “a los chinos”, quién tendría que pagar el chato de vino o el café.
De cierta edad para arriba, todo el mundo ha pasado por el rasero de jugarse a los chinos la parva consumición. Que yo recuerde de mis años de la Facultad de Derecho, podían incluirse entre los cultores de este refinado arte el entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón, el entonces falangista del Padre Llanos y más tarde lider del partido comunista Nicolás Sartorius Alvarez de las Asturias y Bohórquez, y, en la vecina Facultad de Filosofía y Letras, Pilar Miró, que más tarde sería la gran directora de cine pero que, entonces, era una juvenil y paradójica mezcla de sensibilidad, inteligencia y enigmática timidez.
Creo que el juego de los chinos ha desempeñado un papel importante a la hora de enseñar, por la vía lúdica, los problemas inherentes a la justicia distributiva, que es sin duda, sobre todo para quien parte y reparte, la más molestas de las modalidades en las que se presenta la virtud de dar a cada uno lo suyo. En el juego de los chinos se opera una singular transferencia de responsabilidades que permite atribuir a las veleidades de la Fortuna los desaciertos que puedan producirse en esta delicada materia quedando de cierta forma despersonalizadas las decisiones que, en lugar de achacarse a Mengano o a Zutano o a Fulano, pueden creerse originadas en un destino que como tal resulta siempre ineluctable.
Pero no se detienen aquí los significados rebotes de que es capaz la palabra china. China es el gran país, Chum Kuo, que es el ombligo del mundo. Chinos y chinas, son sus habitantes adultos. Chinitos sus habitantitos varones; y chinitas sus habitantitas hembras, destinadas en cierto porcentaje a la adopción internacional, esa especie de exportación para el reciclaje humano propio del humanitarismo multimodal originado por la globalización. La refinada civilización china no ha dado para más en eso de la consideración de la mujer.
China es, en la América Meridional la criada que se dedica al cuidado de los niños; y chino, según qué países, también el indio o el mestizo. Chinegro es en tierras de allén, el descendiente de chino y de negra o de negro y de china. En Cuba rizan el rizo porque, aparte de designar al individuo originario del gran país asiático, se llama chino al producto del cruce de negro y de mulata o de mulato y negra.
En la América de habla española se conserva también el antiguo término de chinado con la significación de loco, demente. Lo de chinado va porque antaño se suponía que a los locos se les producía un cálculo en la cabeza. Se trataba de la china o piedra de la locura- cuya extracción quirúrgica se ilustra en un conocido cuadro del Bosco que se conserva en el Museo del Prado.
Pasando del terreno del arte al de los objetos útiles, el “chino” de nuestras cocinas es un colador de agujeros finos que primitivamente adoptaba la forma cónica propia de la copa de los sombreros de paja de los campesinos de la china meridional.
La constancia de que la China es el país más poblado de la tierra, mezclada con el conocimiento del tradicional juego de chinos, ha dado por resultado un nuevo envite, esta vez con chinos de la China que sería capaz, según se dice, de hacer recuperar su perdido puesto en Primera división a algún equipo de fútbol que ha decaído a Segunda en esta Tierra del Esplendor. La cuestión del nuevo ascenso está, al parecer, unida a la solución del problema económico: se supone que si se vendiera una camiseta con el logo de la Real o de la Imaginaria a la mitad de los mil doscientos millones de chinos de la China, serían seiscientos millones de camisetas vendidas; y suponiendo que en cada camiseta se ganase medio euro, el beneficio vendría a ser de trescientos millones de euros. Añádase a esto el producto de la venta, a los chinos también, de bufandas, banderines, gorras y otras granjerías como los derechos de transmisión televisiva. ¡Chupado! ¡Chupado! Esto es aritmética elemental que de tan simple merecería recibir el nombre de aritmética para bobos o para neerlandeses.
¿Qué me estoy burlando del noble pueblo de las exclusas, de los polders y de los quesos de bola? No, hombre, no. Más bien hago honor al holandes Henri Deterding que, decidido a ensanchar sus negocio, se le ocurrió vender a los chinos lámparas de keroseno junto con bidoncitos de combustibles. Y los vendió por millones. Lo hacía desde Batavia que entonces era la capital de la colonia holandesa que una vez independizada recibiría el nombre de Indonesia. Ese fue el comienzo de la compañía petrolera que por nostalgia de un antiguo mercader de conchas, Marcus Samuel, socio de Deterding , se llamó y se llama Shell y tiene, por enseña, una venera. Y para que vean que en este pícaro mundo todo comunica con el living, como en la casa aquella de la película “Mon oncle”, este Deterding fue el financiero de Hitler, don Adolf, que en paz descanse ya que tanta guerra dio. Si lo de cada chino con su lámpara y su bidón dio resultado ¿por qué no habría de darlo cada chino con su camiseta? ¡ Está Chupado!¡Chupado!
“Chinos veredes, Sancho amigo, y no lo creyéredes”, pudo decir Don Quijote, pero no lo dijo porque no estaba presente. Y Sancho le hubiera podido contestar, que tampoco lo hizo:“Con lo fácil que en mi pueblo resulta recalificar terrenos” Por supuesto que Sancho estaba pensando en el Toboso.
Con piedrecitas blancas señalaban los romanos los días faustos: “albo lapille notare diem.” Se conoce que este color significaba mucho para ellos pues de blanco se vestían también los aspirantes a ciertos puestos políticos que por esta razón eran llamados candidatos.
Con la ayuda de chinas o piedrecitas de cualquier color, se decidía, echando a suertes, quién debía cumplir alguna tarea o encargo de esos para los cuales no se suelen presentar voluntarios. Aún circulan en el habla corriente algunas expresiones derivadas de aquella antiquísima costumbre. ¡Me tocó la china! Oí decir a un desamorado nieto a quien le tocaba ir a recoger a los abuelos para un festejo familiar. No dirá eso, el muy boludo, a la hora de cobrar la herencia, en el caso de que estuviese dispuesto a hacer siquiera el esfuerzo de aceptarla. ¡Te tocó la china! es expresión entre compasiva y burlesca que se emplea todavía para referirse a quien le ha correspondido hacerse cargo de alguna tarea engorrosa o inoportuna.
De antaño proviene también el juego de los chinos, aunque en él la palabreja haya pasado del femenino al masculino, anticipándose al bonito juego de los “géneros” establecido por el presidente Rodríguez Zapatero y otros conocidos revolucionarios sin fronteras. En este juego, las piedrecitas han sido sustituidas por monedas fraccionarias, de preferencia las de más baja denominación. Anteayer, quiero decir en mis tiempos de juventud, era frecuente entre estudiantes emplear con este propósito la moneda llamada vulgarmente “perra gorda”, que era la de diez céntimos de peseta. Así se decidía, jugando “a los chinos”, quién tendría que pagar el chato de vino o el café.
De cierta edad para arriba, todo el mundo ha pasado por el rasero de jugarse a los chinos la parva consumición. Que yo recuerde de mis años de la Facultad de Derecho, podían incluirse entre los cultores de este refinado arte el entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón, el entonces falangista del Padre Llanos y más tarde lider del partido comunista Nicolás Sartorius Alvarez de las Asturias y Bohórquez, y, en la vecina Facultad de Filosofía y Letras, Pilar Miró, que más tarde sería la gran directora de cine pero que, entonces, era una juvenil y paradójica mezcla de sensibilidad, inteligencia y enigmática timidez.
Creo que el juego de los chinos ha desempeñado un papel importante a la hora de enseñar, por la vía lúdica, los problemas inherentes a la justicia distributiva, que es sin duda, sobre todo para quien parte y reparte, la más molestas de las modalidades en las que se presenta la virtud de dar a cada uno lo suyo. En el juego de los chinos se opera una singular transferencia de responsabilidades que permite atribuir a las veleidades de la Fortuna los desaciertos que puedan producirse en esta delicada materia quedando de cierta forma despersonalizadas las decisiones que, en lugar de achacarse a Mengano o a Zutano o a Fulano, pueden creerse originadas en un destino que como tal resulta siempre ineluctable.
Pero no se detienen aquí los significados rebotes de que es capaz la palabra china. China es el gran país, Chum Kuo, que es el ombligo del mundo. Chinos y chinas, son sus habitantes adultos. Chinitos sus habitantitos varones; y chinitas sus habitantitas hembras, destinadas en cierto porcentaje a la adopción internacional, esa especie de exportación para el reciclaje humano propio del humanitarismo multimodal originado por la globalización. La refinada civilización china no ha dado para más en eso de la consideración de la mujer.
China es, en la América Meridional la criada que se dedica al cuidado de los niños; y chino, según qué países, también el indio o el mestizo. Chinegro es en tierras de allén, el descendiente de chino y de negra o de negro y de china. En Cuba rizan el rizo porque, aparte de designar al individuo originario del gran país asiático, se llama chino al producto del cruce de negro y de mulata o de mulato y negra.
En la América de habla española se conserva también el antiguo término de chinado con la significación de loco, demente. Lo de chinado va porque antaño se suponía que a los locos se les producía un cálculo en la cabeza. Se trataba de la china o piedra de la locura- cuya extracción quirúrgica se ilustra en un conocido cuadro del Bosco que se conserva en el Museo del Prado.
Pasando del terreno del arte al de los objetos útiles, el “chino” de nuestras cocinas es un colador de agujeros finos que primitivamente adoptaba la forma cónica propia de la copa de los sombreros de paja de los campesinos de la china meridional.
La constancia de que la China es el país más poblado de la tierra, mezclada con el conocimiento del tradicional juego de chinos, ha dado por resultado un nuevo envite, esta vez con chinos de la China que sería capaz, según se dice, de hacer recuperar su perdido puesto en Primera división a algún equipo de fútbol que ha decaído a Segunda en esta Tierra del Esplendor. La cuestión del nuevo ascenso está, al parecer, unida a la solución del problema económico: se supone que si se vendiera una camiseta con el logo de la Real o de la Imaginaria a la mitad de los mil doscientos millones de chinos de la China, serían seiscientos millones de camisetas vendidas; y suponiendo que en cada camiseta se ganase medio euro, el beneficio vendría a ser de trescientos millones de euros. Añádase a esto el producto de la venta, a los chinos también, de bufandas, banderines, gorras y otras granjerías como los derechos de transmisión televisiva. ¡Chupado! ¡Chupado! Esto es aritmética elemental que de tan simple merecería recibir el nombre de aritmética para bobos o para neerlandeses.
¿Qué me estoy burlando del noble pueblo de las exclusas, de los polders y de los quesos de bola? No, hombre, no. Más bien hago honor al holandes Henri Deterding que, decidido a ensanchar sus negocio, se le ocurrió vender a los chinos lámparas de keroseno junto con bidoncitos de combustibles. Y los vendió por millones. Lo hacía desde Batavia que entonces era la capital de la colonia holandesa que una vez independizada recibiría el nombre de Indonesia. Ese fue el comienzo de la compañía petrolera que por nostalgia de un antiguo mercader de conchas, Marcus Samuel, socio de Deterding , se llamó y se llama Shell y tiene, por enseña, una venera. Y para que vean que en este pícaro mundo todo comunica con el living, como en la casa aquella de la película “Mon oncle”, este Deterding fue el financiero de Hitler, don Adolf, que en paz descanse ya que tanta guerra dio. Si lo de cada chino con su lámpara y su bidón dio resultado ¿por qué no habría de darlo cada chino con su camiseta? ¡ Está Chupado!¡Chupado!
“Chinos veredes, Sancho amigo, y no lo creyéredes”, pudo decir Don Quijote, pero no lo dijo porque no estaba presente. Y Sancho le hubiera podido contestar, que tampoco lo hizo:“Con lo fácil que en mi pueblo resulta recalificar terrenos” Por supuesto que Sancho estaba pensando en el Toboso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario