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jueves, 27 de diciembre de 2007

Reflexiones de Urgencia sobre el Poder

El poder es algo muy sencillo de definir: la capacidad o habilidad para hacer o actuar en este o en aquél terreno. En otras palabras, el poder es primordialmente actuación sobre el medio adecuado en procura de fines estudiados o, al menos, previsibles.

Si se trata del poder político, esa capacidad de actuar se extiende sobre el conjunto de la sociedad comprendida en esa institución de carácter territorial que desde Maquiavelo solemos llamar Estado, aunque no está demás recordar que “lo Stato” pudiera muy bien ser traducido por “lo establecido.”

El poder político se explaya sobre la sociedad y las instituciones, pero no lo hace directamente, sino en condición de marco general. Para dirigir al Estado en una dirección nueva o para mantenerlo forzosamente en un rumbo dado, este marco precisa estabilidad y ésta no es posible sin la permisión de los medios financieros, económicos, técnicos, propagandísticos y psicológicos que hacen posible manejar ese mismo conjunto humano. Si en lugar del auxilio o la permisión de esos medios, se produce su sujeción al poder político, estamos en presencia del estado totalitario. El arma nada secreta y un tanto ingenua de la democracia para impedir esta sujeción es dividir en períodos cortos la vigencia del poder político.

Con todo, por muy pesado que resulte el yugo del poder político, no se puede considerar como algo sobrevenido, impuesto o ajeno a la colectividad ni a los individuos que la componen. El poder – desde el más despótico al más participativo, cuenta ante todo, con un primer aliado en cada ser humano: la tendencia innata a la adhesión, que actúa como uno de los resortes invariantes de la psique, bien que modulada por el grado y el tipo de educación e influida por los clichés mentales, los hábitos sociales y me atrevería a decir que de cierta forma por los atavismos étnicos –tan difíciles de reconocer como diferentes de las acuñaciones culturales- que dan ocasión a la pervivencia de posiciones que pueden con toda justeza ser llamadas terquedades.

El hecho de que esta tendencia de adhesión irrumpe con fuerza demandante sólo en momentos de desconcierto colectivo no debe hacernos olvidar que la adhesión no es un fenómeno excepcional, sino que constituye un elemento sin el cual el poder sería una palabra vana aún en las circunstancias más corrientes. Como Jano, el dios de la doble faz entre los romanos, o la simbólica hacha de doble filo de los francos, el poder tiene dos caras, la una corresponde al poder en tanto que ejercicio activo y principal, la otra el sentido colectivo de adhesión que ese poder suscita aglutinando las adhesiones individuales.

Si os sentís extraños a todo esto, e incluso incómodos por pensar quizá que lo que aquí se expone no se aviene con el grado de desarrollo humano del ambiente sobrevalorado y ufano en que vivimos, las interrogaciones que van a continuación os ayudarán a encontrar un camino que en el fondo se conoce bien, puesto que llevamos su dibujo dentro de las proformas mentales más corrientes. ¿No habéis estado -como viajeros aventurados en país hostil, como montañeros de atrevida cordada, como víctimas de una catástrofe colectiva, como combatientes quizá- en un momento crucial en el que el grupo entero se siente gravemente amenazado? ¿No habéis percibido cómo precisamente aquél que toma la iniciativa sin vacilaciones es el que en definitiva atrae al grupo en peligro, lo aglutina tras de sí, y consigue dar sentido a la acción conjunta? En ese caso de poco valen los organigramas formales. Bajo la presión del momento, se produce como una jerarquización funcional que termina pareciendo connatural al grupo, quiero decir que comunica la sensación de que siempre hubiera estado presente allí, aunque en realidad sólo se haya manifestado justo en el momento propicio.

La Historia, la pequeña y la grande, está llena de ejemplos de esta guisa. Y me complazco en traer algunos de éstos, casi ignorados, con preferencia a otros más conocidos. Una joven de quince años, Rafaela Herrera, única mujer entre rudos varones de todas las razas que componían la soldadesca, y con el Alcaide recién muerto, se opone con éxito a que la desconcertada guarnición del aislado castillo de San Carlos, sobre el río San Juan o Desaguadero, en la colonial provincia de Nicaragua, se rinda a un Nelson todavía joven que capitanea la flota del asedio; y la resistencia continúa hasta conseguir la retirada del enemigo. Santiago Liniers, un alférez de fragata destinado en el apostadero Naval de Río de la Plata, toma las decisiones que el Virrey Sobremonte no acierta a tomar, y consigue organizar en condiciones muy difíciles, la resistencia de la ciudad de Buenos Aires y la recuperción de Montevideo, resultando victorioso frente a las tropas de Beresford.

A veces esta jerarquización funcional se presenta fragmentada en numerosos actos de decisión tomados por individuos que actúan de forma no coordinada o apenas coordinada, esto sucede en el Dos de Mayo, en jornada reproducida en un libro reciente de Pérez Reverte; como sucede también en la impensable reacción de auxilio, solidaridad y eficacia que se produjo el 11-M en el anchuroso, masivo e individualista Madrid, tal como se alude, en magnífica, sencilla y breve pasada, en las páginas de “En tiempos de prodigios”, de la joven autora Marta Rivera de la Cruz.

En ocasiones, cuando hay liderazgo de fuste, quien toma la actitud que salva el momento es el mismo jefe que aparece en el organigrama. La célebre frase “¿Quid times? Caesarem vehis”, ¿De qué temeis si Cesar está a bordo? Aunque formulada como interrogación, era más bien el apunte de una respuesta positiva ante una situación proclive a suscitar actitudes pesimistas. Cesar, cabeza de Roma, pero en aquél momento simple miembro del pequeño grupo de navegantes en peligro ante la tempestad, no quería con su pregunta solicitar la opinión consabida, subordinada y temerosa de los tripulantes del barco, sino instarles a una actitud valiente y positiva mediante una cortante aunque encubierta arenga que les invitara a superarse.

Estas manifestaciones primigenias de poder en estado puro casi nunca faltan en las situaciones apuradas de colectivos grandes o pequeños. Lo que falla, con harta frecuencia son las apoyaturas sociales que harían que un brote de poder prístino llegue a tomar forma de poder estable, de lo establecido, en definitiva, del Estado. Las instituciones de éste tienen siempre un sentido conservador. Por eso las revoluciones, los revoltosos y los alborotadores lo tienen siempre difícil si no cuentan, por lo menos, con la tolerancia, con la confusión o con el miedo de quienes hacen cabeza en las instituciones.

En los medios sociales deficitariamente estructurados, estas manifestaciones de poder primigenio se pierden en acciones fractales, dispersas, desmigajadas, incapaces tanto de impulsar a las instituciones a su punto de ignición motora como de provocar la elevación de su temperatura a un grado de destrucción incendiaria. Esto se produce unas veces porque ni sistema ni instituciones existen más allá de las apariencias, y otras porque, aún existiendo, sólo funcionan de una manera parcial o en una situación precaria. En uno y otro caso, ni su destrucción por incendio, ni la ignición motora de las instituciones significarían nada importante para la vida y el desarrollo del conjunto social

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