Puede a uno darle por preguntarse para qué sirven los maestros y es casi forzoso contestarse con una frase que en castellano es clásica: “los maestros sirven para enseñar los saberes”.
Y uno puede seguir preguntándose para qué vale que haya quien quiera enseñar los saberes, precisamente ahora que éstos están colgados de Internet desde donde, con sólo bajarlos, basta para que se le muestren a uno sin tantas metafísicas como parece encerrar la palabra maestro.
Pero el variopinto tejido de la red no va a dar la respuesta a las necesidades que plantea la enseñanza. Porque para que los saberes, de la clase que sean, signifiquen algo para el hombre, deben presentarse integrados y, hasta el momento, la integración más asequible es precisamente la que puede llevar a cabo un profesor y la que da su característico perfil a la labor educativa.
Y hago, adrede, sinónimas la palabra de maestro y la de profesor porque, si ésta mira el ángulo de quien se entrega plenamente a una dedicación que en este caso es la de enseñar, la otra contempla el hecho de que para dedicarse o profesar alguna materia hay que ser un grande en el conocimiento de la misma.
Para aprender es necesario tener maestros. Y digo esto pese a que estoy harto y satisfecho de conocer a hombres que “se han hecho a sí mismos”.
No voy a ser yo quien niegue que tal hazaña es posible, pero tengo que observar en voz alta que la frase “hacerse a sí mismo,” o ese su equivalente que es “salir de la nada”, convienen más para resaltar ciertas cualidades de los aludidos como son el empuje personal, la iniciativa y el pundonor con que han superado sus propias limitaciones o han vencido los obstáculos que el ambiente en que se movían les presentaba, que no para referirse a la carencia de estudios, y menos cuando esta carencia quiere identificarse con la falta total de aquellos.
Lo que pasa es que el llamado autodidacta parte en general de una base de estudios que puede parecer mínima en comparación con los logros que ha alcanzado, los cuales, en buena medida, pueden atribuirse a su inteligencia y a su tesón.
El autodidacta absoluto –el que carece totalmente de maestros-, no existe. Y en cuanto al autodidacta relativo, que es el que se puede encontrar en la vida real, hay que decir que no ha escogido el mejor camino ni el directamente conducente a la prosperidad, a la excelencia o al éxito, que son las metas que con más frecuencia se ofrecen a los ojos de quien ambiciona superarse y avanzar.
Incluso el hecho de la notoriedad de algunos famosísimos autodidactas relativos como Le Corbusier y Lesseps, o entre nosotros Juan de la Cierva o el polifacético Cesar Manrique, está proclamando las enormes dificultades que hay para que el autodidactismo pueda adquirir algún día la condición de cauce normal para aprender descartando así a los maestros. La calidad excepcional de los personajes mencionados proclama por sí misma la escasez de hombres con condiciones para aprender por sí mismo e innovar a partir de lo aprendido. En otras palabras, es dificilísimo ser autodidacta por muy relativo que sea el autodidactismo que se practica.
Así que, una vez sentado lo anterior ¿cómo va a ser posible sostener la idea de que a los alumnos les pueda ser útil prescindir del maestro por muy numerosos que sean los ordenadores que haya en un establecimiento dado?
La situación dichosamente no se la han planteado nunca los responsables de la educación ni en el sector público o concertado, ni en el privado. Pero ese pensamiento sí que ronda la cabeza de muchos alumnos, y no de los peores: “teniendo Internet de poco sirve el maestro”.
Si esto dicen muchos de los mejores ¿Qué habría que decir del número de aquellos que colmatan las aulas sin otra ambición que calentar con su trasero el asiento que ocupan? Entre estos se encuentran los más beligerantes contra el cuerpo docente. Los más despectivos con sus maestros.
Entre nuestros alumnos, hablando en términos generales, hay muchos que lo son de primera generación. Esto significa que ni en sus hogares –si los tienen- ni en su ambiente inmediato, encuentran alicientes para estimar en algo los estudios o a quienes los imparten. En el fondo, ni ellos ni sus padres están por la labor de aprender. Y la sociedad, que se ha adelantado con ingenio y no poca generosidad a las necesidades de los escolares –la educación gratuita también tiene un precio-, no ha sido capaz de abrirles el apetito del saber, cada uno a su escala.
En consecuencia, el maestro es considerado como un molesto testigo, cuando no como un personaje inútil que acaso permanezca en la escuela porque es incapaz de hacer otra cosa más remunerativa.
¿Dónde quedan en este juicio bastardeado e implacable factores como el vocacional –la vocación de maestro-, o el prestigio o la dignidad de un oficio que la humanidad ha tenido siempre por grande, pues no otra cosa significa maestro?
Sencillamente, esos factores brillan por su ausencia. Ni siquiera se llega a tomarlos en consideración; su existencia está al margen del mundo en que vive el alumno término medio, urbanita del montón, a quien nada empuja hacia la superación de la propia y ambiental mediocridad.
La realidad en que viven los maestro hoy en día está reclamando una reforma para sacarlos del agujero de inoperancia social en que están sumidos muchos de ellos y de la depreciación que sufre el oficio de maestro en el seno de una sociedad excesivamente materialista que tiende a deshumanizarse y donde la droga, el sexo temprano y fácil y las distracciones baratas de toda laya tienden a sustraer al alumno de toda razonable inclinación al esfuerzo.
Al parecer, la reforma se está iniciando, bien que fragmentariamente en el terreno legislativo donde, por cierto, corre el peligro de ser presa de los microintereses de los partidos, del cortoplacismo propio del sistema y de las prisas que entronizan las improvisaciones hechas para quedar bien momentáneamente pero sin buscar soluciones de fondo que son evitadas por lo difícil y comprometido que resultan a la hora de capitalizarlas en términos electorales.
No sé cuales sean estas soluciones tan necesarias y deseadas. Determinarlas corresponde, por supuesto a los maestros, hoy tan menospreciados. Pero barrunto que, al paso que marchan las cosas, el tiempo se nos echa encima. Los cambios sociales en curso reclaman planteamientos de verdadera educación y no de mera instrucción, y para eso son necesarios los maestros y deficientes los ordenadores. La inmigración heteróclita, que plantea ingentes y comprometidas tareas de integración, pero también de asimilación y de transculturación, está ya tocando a rebato. Y su repique no coincide con la orquestación general que sigue entretenida en la conocida y explotada tensión entre cultura común y culturas vernáculas. Ojalá que a nadie se le ocurra decir que la solución consiste, por seguir empleando el símil musical, en eliminar las fusas y redondear las notas a la semicorchea más próxima. En ignorar las dificultades y quedarnos en lo de siempre.
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