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lunes, 11 de septiembre de 2006

Pervivencia Ignorada del Nazismo

El nazismo fue una revolución social basada en las ciencias. Y si sus repercusiones sobre la humanidad suelen ser valoradas en los medios de comunicación a la altura pedestre e insignificante de las hazañas de ciertas bandas de “skin heads”, es porque se quiere soslayar el problema de fondo, o más sencillamente porque no se quiere considerar a ese fondo como problema.

Sencillamente ha ocurrido que las prácticas nazis se han convertido en vigencias sociales que resultan indiscernibles debido precisamente a su generalización. Ocurre, una vez más, que los árboles no dejan ver el bosque.

Dos razones principales han concurrido al ocultamiento del problema. La primera estriba en el éxito de cierta propaganda interesada en reclamar para las ideas y la praxis marxista la exclusiva del marchamo revolucionario y que ha conseguido extender en todos los medios el cliché de que el nazismo sólo fue una mera reacción “conservadora” contra la lucha de clases. La segunda razón consiste en la tremenda fuerza que en la práctica y en el corpus doctrinal del Nacional Socialismo, adquirió como potente “ideología de refuerzo”, el mal llamado antisemitismo.

Esta última afirmación necesita, por supuesto. un comentario aclaratorio. Porque –pese a su generalización-, la palabra antisemitismo sugiere un objetivo muy amplio que de ninguna manera resulta adecuado para referirse a ciertas acciones realizadas por los Nacional Socialistas. En efecto, los nazis nunca consideraron a los semitas en general -entre los cuales están los pueblos árabes-, como enemigos a exterminar. Antes bien se concretaron en hacer formal y singular hincapié en la inferioridad y peligrosidad de los judíos como seres infrahumanos, subrayando su peligrosidad política para Alemania y destacando su carácter de problema, el Judenfrage. Sobre estas bases el III Reich se permitió desatar la persecución más feroz y extendida que en tiempos históricos haya sido desencadenada contra grupo racial alguno. Pero estas acciones solo pueden ser tildadas de antijudaicas y antihebreas, no de antisemitas en general.

En contraste con esta enemistad declarada contra el judaísmo y los judíos la lista de personajes árabes y musulmanes que fueron considerados amigos por los nazis, comenzando por el Gran Mufti de Jerusalén, sería impresionante. En cuanto a los musulmanes europeos, fueron millares los que se alistaron como voluntarios en las tropas nazis, tanto en Bosnia como en Herzegovina y otras regiones de los Balcanes y el Sur de Rusia.

El tan nombrado antisemitismo es, pues, propiamente hablando, verdadero antijudaismo. Y que conste que, a mi juicio, lo que aquí se dice no debe tomarse como simple corrección de un matiz semántico sin importancia, sino como una verdadera rectificación que concreta y destaca el verdadero sentido de una cruda realidad persecutoria que, con la palabra antisemitismo, quedaba como desdibujada -¿o sería mejor decir, falsificada?- dentro de un significado demasiado amplio.

Recordemos que la ideología de la supremacía nacional alemana pasaba por la grandeza – destinada a durar mil años- de una Nueva Europa bajo dirección germana, y por la mejora científica de la humanidad a través de una rigurosa selección de los mejores y más aptos, que actuaría conjuntamente con la eliminación sistemática de los débiles, enfermos y tarados. El nazismo no se puede reducir, pues, a su antijudaísmo.

Pero reparemos en un hecho singular. El antijudaísmo supuso en la ideología nazi, bien que como contraste y de rebote, la presencia de un elemento, el religioso, ciertamente despreciado por el nazismo, pero que llevaba consigo el no deseado efecto de desplazar sobre motivos espirituales e históricos el ideal racista y eugenésico nazi construido cuidadosamente sobre principios materialistas de la Biología , de la Etnología y de la Medicina.

De esta forma el proyecto Nacional Socialista de mejora integral de la humanidad desde presupuestos científicos materialistas, terminó centrándose ridículamente en el terrible sueño de la aniquilación de los judíos y contribuyendo a borrar el perfil revolucionario que desde el punto de vista científico quería ostentar el Nacional Socialismo.

Y empleo el adverbio ridículamente, porque nadie en su sano juicio podía considerar a los judíos como personas inferiores en el aspecto biológico y menos como pertenecientes a una subhumanidad; como tampoco se podía en buena ley considerar peligrosos para Alemania a los miembros de una comunidad muy minoritaria que desde su emancipación civil había adquirido un alto grado de simbiosis con la mejor y más universal porción de la cultura alemana y que, encima, habían contribuído con su sangre, igual que tantos protestantes, católicos y agnósticos, a la defensa del Imperio Alemán y del Imperio Austrohúngaro durante la Primera Guerra Mundial.

Todo un símbolo de esa poderosa convergencia –no del todo aceptada por los alemanes-es que Einstein, exiliado en los Estados Unidos, a punto de morir y al borde de la inconsciencia, pronunció en alemán sus últimas palabras, pese a que no había utilizado en público esta lengua desde el momento en que tuvo que exiliarse de la tierra en que había nacido; o que Edith Stein, la conocida filósofa perseguida, sacrificada y vejada por su doble condición de israelita por raza y por afectos y católica por opción, había recibido la Medalla al Valor por su comportamiento como enfermera voluntaria del Ejército Alemán durante la Primera Guerra Mundial, cuando aún era judía.

Bien. Pero ¿En qué consiste el contenido revolucionario del nazismo que perdura y medra como vigencia social en nuestros días?

Una breve exposición permitirá comprender el alcance de esta pervivencia que se quiere ignorar, pero que resulta perfectamente clara si se admite que el nazismo no fue solamente antijudaísmo. Prácticas médicas hoy corrientes como el aborto de los fetos defectuosos o enfermos; la esterilización quirúrgica o química de las personas con caracteres genéticos alterados o víctimas de inadaptaciones sociales; la búsqueda de un ser humano perfecto a través de la reproducción eugenésica; la aplicación de la muerte dulce o eutanasia a los enfermos terminales, a enfermos crónicos o de larga duración necesariamente onerosos para las instituciones sociales. Todas estas prácticas tienen su antecedente más inmediato y reconocible en las prácticas médicas nazis. En resumidas cuentas, estamos en presencia de la culminación de un proceso revolucionario iniciado por el Nacional Socialismo y encaminado a lograr la homogeneización de la humanidad mediante la aplicación de técnicas de ingeniería social y biológica.

Igualmente tienen su antecedente reconocible en el ideal Nacional Socialista la creencia en un perfeccionamiento ilimitado de los rendimientos físicos de la especie humana, que encontró su máxima expresión artística, todavía insuperada, en el documental “Olimpia”, de Leni Rieffenstahl y que hoy tiene su remedo en la popularización del culto al cuerpo, presente ya en todos los estratos sociales. No es otra la base del “performancismo” que ha transformado el deporte en una carrera ilimitada para la obtención de mejores rendimiento sin reconocer a los límites de la fisiología humana otro papel que el de servir de puntos de referencia para ser superados.

La diferencia con la época nazi reside en que hoy existen métodos científicos que permiten aplicar la eugenesia abusiva y la sedicente mejora del rendimiento humano, con muchísima más eficacia que entonces; como también existen métodos sociales de persuasión que forjan moldes adecuados para la conformidad acrítica en que se funda el pensamiento único. Este es el problema de fondo que, en el fondo, no se quiere entrar a considerar como problema.

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