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domingo, 15 de octubre de 2006

Aclamación

En estas líneas que escribo hoy, las palabras y las frases debían salir unas tras otras como andanadas de salva en un alarde de corazones unánimes, marchando a paso de vencedores. O más propiamente dicho, a paso de vencedoras, puesto que de mujeres se trata. Y de mujeres encinta, que tanto escasean.

Y al referirme en esta ocasión únicamente a las mujeres dejando aparte a los hombres, es porque en esto de los retos, gozos y quebrantos de la maternidad, aún el mejor de los varones anda allí, rondando por los alrededores más como causante y protector que como protagonista. En la grandiosa tarea de concebir un hijo y de culminar la faena cumplidamente, la mujer es la que monta.

Y tanto monta, que viene a resultar que, encima de acoger una nueva vida que de momento –y son nueve meses-, va a gravitar únicamente sobre ella, es, además, la mujer misma quien sostiene esa vida con su propio pulso, quien la nutre con su sangre, quien la incorpora a su intimidad, quien lleva cuenta de sus días –casi siempre mal contados-, y al final, una vez llegado el parto, aún le quedarán arrestos para ofrecer al hijo desvalido, el primer acto de compasión y acaso el más sincero y hondo que pueda recibir en su vida:: alimentarlo a sus pechos.

Acaso la referencia al hijo desvalido esté necesitando una aclaración. O más bien un subrayado. Porque los hijos todos, sea cual fuere la fortuna de sus padres, vienen a este mundo en el desvalimiento más completo, incapaces de hacer nada por sí mismos, inermes en su completa indefensión, necesitados de lo que otros puedan y quieran hacer por ellos.

Y esos “otros” que están allí, no están destinados a quedarse, por supuesto, en un bonito decorado de fondo de pantalla; sino que son –salvo leyes jenízaras en contrario-, el padre y la madre, llamados a tomar partido a favor del niño.

Así que tenemos a la mujer, desde la concepción al parto, dando al nuevo ser la vida, ese magnífico regalo que incluye todo otro regalo posible.

Y después del parto, alimentando a sus pechos esa obra única que es un hijo que quedará, por así decirlo, imantado en el amor a partir de ese acto nutricio que, cuando se ejerce con todas sus consecuencias, ata a la mujer a su hijo por varios meses más.

No hay por qué disimular lo que de carga tiene para la mujer la gravidez o la lactancia, ni hay por qué ocultar lo que de atadura conlleva tener un hijo para quien lo recibe en su seno con intención de parirlo, no de abortarlo. Todas las actividades humanas, todos los desempeños de la vida, tienen su lado de carga y privaciones, de pesantez y de atadura. Y no va a ser la maternidad una excepción a la regla universal del esfuerzo y de la lucha. ¿Acaso alguien ha dicho que estamos en el Paraíso?

Por eso, aunque la creación de un nuevo ser humano induzca siempre a volver la vista a un tiempo germinal, cuando todo clamaba por llegar a ser conocido y todo exhalaba la fragancia de lo nuevo, tener un hijo es, en el fondo, una acción de combate, un salir con decisión de la trinchera del prejuicio antinatalista, un lanzarse a bayoneta calada en el entrevero de un encuentro que se llevará por delante muchos fantasmas pesimistas, que pasará por el hierro muchos falsos temores, muchas inhibiciones y espejismos, y deshará de un solo golpe muchos nudos paralizantes y opresivos que impedían dar curso a nueva sangre, a nuevos sueños y nuevas perspectivas.

Así pues, mujeres encinta que paseáis vuestra redonda plenitud por la calle en este día de otoño luminoso bajo este sol aprovechategui y despabilado que ha sabido hacerse a codazos un hueco entre los nubarrones, voy a lanzar un hurra multiplicado por vosotras y por los hijos que pueblan vuestros vientres.

¡Un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! por vosotras todas!

Os lo merecéis mucho más que los héroes mimados de los estadios. Más que las flacas y patizambas biutifuleses de las pasarelas de lujo. Mas que los políticos que negocian con vidas y naciones. Más que los banqueros que multiplican por millones las riquezas abstractas. Más que los pacificadores que viven a sueldo de los que fomentan la discordia. Mas que tanta ONG pensada para poner el cazo ante las dádivas gubernamentales.

¡Viva! porque sabéis proclamar con vuestros cuerpos que el amor es siempre un incremento.

¡Viva! porque habéis dado oídos a la voz de la propia estirpe y de la propia sangre. ¡Viva! Porque habéis cerrando filas en torno a la vida que avanza.

¡Viva! porque sois las verdaderas creadoras de naciones, que éstas nunca han podido conservarse sin nacimientos propios.

¡Hurra! por vuestros abultados vientres sin miedo. ¡Hurra! por vuestros pechos crecidos. ¡Hurra! porque estáis aquí, en la calle, impregnadas de vida, demostrando que por algo se dijo “hombre y mujer los hizo….”

Y también ¡Hurra! porque no os arredran las almorranas y las pérdidas. ¡Hurra! porque no os arrugais ante las cefaleas y molestias. ¡Hurra! porque no os detienen vuestros tobillos hinchados. ¡Hurra! porque no os acomplejan vuestros ombligos saltones, ni vuestras estrías y señales. ¡Hurra!¡Hurra! por vuestro combate incomprendido. ¡Hurra!

Dichosas sois por vuestra decisión, que es plenitud de vida

Dichosas sois pese a las nieblas del futuro, a las insidias y malicias del presente, a las burlas y risitas de los propagandistas de la esterilidad buscada y a las ironías de los que condenan a Eros al empleo de vasos extraviados.

Dichosas sois porque habéis despreciado los zodíacos funestos.

Dichosas, porque estáis en firme alianza con el futuro.

Dichosas, porque habéis hecho propiedad vuestra el hábito de vivir en la esperanza.

Dichosas, porque habéis pronunciado un fiat en vuestros corazones. Y, porque, acogiendo a ese niño, al vuestro, al que habéis llamado al mundo, acogéis también a Aquél de quien el mayor de los hombres nacido de mujer no se consideraba digno de atar la correa de las sandalias.

Un ¡hurra! un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! multiplicados por mil, por vosotras y por vuestro hijos.

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