Para hablar con propiedad y justicia de los americanos habría que hablar primero de su revolución. Porque la revolución americana fue el acontecimiento político más acertado y feliz que ha visto el mundo en período histórico que pueda ser descrito y estudiado en fuentes de investigación seguras y conocidas.
Los valores de la revolución americana son los que han conformado algunas de las mejores prácticas y aspiraciones que configuran el mundo moderno. En contraste con la revolución francesa que provocó movimientos de involución en la vida política y social debido al recelo que levantó su extraordinaria violencia, palpable –por cierto- tanto en sus inicios con el Terror como en su consagración napoleónica e imperial, la revolución americana perfiló con nitidez sus objetivos, afianzó sin traumes sus avances iniciales y suscitó en el mundo una corriente de renovación que dura hasta el día de hoy, a los doscientos años y pico de haberse producido la primera ignición.
Este singular fenómeno histórico encontró pronto adeptos en todos los rincones de lo que entonces se podía llamar sin ningún empacho el mundo civilizado.
El apoyo oficial que recibió de España y Francia, puede explicarse, es cierto, por la rivalidad que estas naciones mantenían contra Inglaterra. Pero las ayudas y adhesiones que recibió de sectores ilustrados de la sociedad – la ciudad de Málaga, p.e., dejó sin construir las torres de su catedral para socorrer a los revolucionarios norteamericanos- sólo puede explicarse por la fuerza expansiva de la esperanza. La Revolución Americana mostró, en efecto, que era viable la regeneración de la viejas instituciones de Europa inyectando en la vida política y social vigencias que estaban largamente larvadas en la herencia cristiana y greco-romana de las naciones del viejo continente, y que a finales del siglo XVIII resurgían, con la fuerza de un brote primaveral, en tierras americanas.
La libertad religiosa, la libertad política, la doctrina de la igualdad de los seres humanos eran situaciones y valores que yacían en las obras eruditas de algunos juristas y teólogos o en el ideal de algunos humanistas, pero que apenas se reflejaban en los ordenamientos jurídicos que presidían la vida de Inglaterra, de España, de los Estados italianos y de los principados alemanes de aquél entonces. Fue necesario que en el horizonte de la historia se elevara el pabellón de las barras y las estrellas para que aquellos valores escondidos comenzaran a brillar buscando su esplendor.
Y digo “comenzaran a brillar”, porque las aportaciones americanas no vinieron al mundo enteramente hechas y derechas como la antigua mitología aseguraba que había nacido Diana del casco de Minerva. Ni tampoco a nadie se le ocurrió echarlas a andar sin los asideros necesarios para trocar en conquista perdurable lo que había nacido como noble y ambiciosa iniciativa. En la base de la imparable progresión norteamericana se descubren enormes dosis de inteligencia para urdir el plan inicial, paciencia para asegurar y contabilizar los resultados, talento para adaptarse a las exigencias del momento sin traicionar la finalidad inicial, y, por fin, entrega personal por parte de muchos de los promotores y políticos que la han llevado a la práctica a partir de aquél momento estelar que fue la independencia norteamericana.
Si observamos la Historia comprobaremos que la Revolución Americana ha llevado a cabo una prudente aplicación de sus principios rectores. Tan prudente que a veces se confunde con lentitud. El más chocante descalco entre los principios proclamados y la realidad política y social ha sido el que se dio en el terreno de la igualdad de negros y blancos. Se tuvo que librar, en el siglo XIX , una Guerra Civil que amenazó terminar con la Unión; y, en el siglo XX, una campaña en pro de los Derechos Civiles, que movilizó a su favor a minorías activas de negros y blancos americanos, para que el ideal de igualdad racial encontrase su cauce regular de crecimiento, no sin cobrarse la vida de un líder de la categoría, oportunidad y eficacia de Martin Luther King.
El surgimiento de una clase media afroamericana educada y próspera, fue el resultado visible de aquella campaña. Este logro es una de las grandes hazañas sociológicas del Siglo Veinte y de ella, aunque cueste tanto admitirlo, se benefició al mundo entero. En efecto, sería muy difícil que los Estados Unidos hubiesen salido vencedores de la Guerra Fría si hubieran tenido que vérselas en aquellos años cruciales con un frente interno de sabotajes, atentados, y discordia racial. Como es muy difícil imaginarse a ningún país de la Europa libre asumiendo, por defecto, el liderazgo que una Unión Americana, acuciada por sus propios problemas de integración interior, no hubiera podido ejercer frente a la poderosa Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La respuesta que Norteamérica dio en los años sesenta del siglo pasado a sus problemas raciales, tuvo la doble condición de ser una solución universal y anticipatoria. Universal, porque de ella dependía, además de la suerte de los propios Estados Unidos, el destino de la Europa libre, del Japón y las Filipinas, de las Américas del Sur, del Centro y del Caribe, remecidas entonces por la pugna entre la China y la URRSS para hacerse con el control de los Frentes de Liberación Nacional iberoamericanos, reanimados por la agitación de los movimientos liberacionistas de raíz e inspiración clerical. Los mismos países no alineados hubieran sido impensables sin la presencia de unos Estados Unidos poderosos, estables y coherentes en lo básico.
Anticipatorio fue también la solución porque, de hecho, la aparición de la clase media afroamericana que exorcizó con éxito el fantasma amenazador del terrorismo negro, puso al mismo tiempo freno eficaz a un peligro que más tarde, a partir de 1972, alcanzaría a definirse con mayor claridad. Me refiero al Islamismo que por entonces ejercía su poderoso tirón entre los más radicales partidarios de la causa del “black power” en Norteamérica.
En Europa se olvida con frecuencia este brote islamista doméstico y violento con el cual los Estados Unidos tuvieron que enfrentarse dentro de sus propias fronteras, y que fue el gravísimo anticipo del actual enfrentamiento con el Islamismo radical que hoy amenaza a todo el Occidente oficialmente ex-cristiano, y cuyos episodios más cruentos han sido, hasta ahora, los atentados de Nueva York y de Madrid.
La presencia, en la primera línea de la política americana, del mulato Barack Obama hijo de emigrante africano y musulmán, con nombre musulmán él mismo aunque perteneciente a una confesión cristiana, revela, ya sin dramatismo, la lozanía del movimiento de los derechos civiles, señalando al mismo tiempo la línea de sutura de lo que fue, en la década de los sesenta del siglo pasado, amenazante herida en la vida americana: la doble y encrespada ola del Islam y del radicalismo negro creciendo en las propias entrañas de esa gran nación. Algo que Europa tendrá que superar también en los próximos veinte años. Ojalá que en dicha tarea no le falten líderes decididos, generosos e inteligentes, de los cuales hoy carece.
Los valores de la revolución americana son los que han conformado algunas de las mejores prácticas y aspiraciones que configuran el mundo moderno. En contraste con la revolución francesa que provocó movimientos de involución en la vida política y social debido al recelo que levantó su extraordinaria violencia, palpable –por cierto- tanto en sus inicios con el Terror como en su consagración napoleónica e imperial, la revolución americana perfiló con nitidez sus objetivos, afianzó sin traumes sus avances iniciales y suscitó en el mundo una corriente de renovación que dura hasta el día de hoy, a los doscientos años y pico de haberse producido la primera ignición.
Este singular fenómeno histórico encontró pronto adeptos en todos los rincones de lo que entonces se podía llamar sin ningún empacho el mundo civilizado.
El apoyo oficial que recibió de España y Francia, puede explicarse, es cierto, por la rivalidad que estas naciones mantenían contra Inglaterra. Pero las ayudas y adhesiones que recibió de sectores ilustrados de la sociedad – la ciudad de Málaga, p.e., dejó sin construir las torres de su catedral para socorrer a los revolucionarios norteamericanos- sólo puede explicarse por la fuerza expansiva de la esperanza. La Revolución Americana mostró, en efecto, que era viable la regeneración de la viejas instituciones de Europa inyectando en la vida política y social vigencias que estaban largamente larvadas en la herencia cristiana y greco-romana de las naciones del viejo continente, y que a finales del siglo XVIII resurgían, con la fuerza de un brote primaveral, en tierras americanas.
La libertad religiosa, la libertad política, la doctrina de la igualdad de los seres humanos eran situaciones y valores que yacían en las obras eruditas de algunos juristas y teólogos o en el ideal de algunos humanistas, pero que apenas se reflejaban en los ordenamientos jurídicos que presidían la vida de Inglaterra, de España, de los Estados italianos y de los principados alemanes de aquél entonces. Fue necesario que en el horizonte de la historia se elevara el pabellón de las barras y las estrellas para que aquellos valores escondidos comenzaran a brillar buscando su esplendor.
Y digo “comenzaran a brillar”, porque las aportaciones americanas no vinieron al mundo enteramente hechas y derechas como la antigua mitología aseguraba que había nacido Diana del casco de Minerva. Ni tampoco a nadie se le ocurrió echarlas a andar sin los asideros necesarios para trocar en conquista perdurable lo que había nacido como noble y ambiciosa iniciativa. En la base de la imparable progresión norteamericana se descubren enormes dosis de inteligencia para urdir el plan inicial, paciencia para asegurar y contabilizar los resultados, talento para adaptarse a las exigencias del momento sin traicionar la finalidad inicial, y, por fin, entrega personal por parte de muchos de los promotores y políticos que la han llevado a la práctica a partir de aquél momento estelar que fue la independencia norteamericana.
Si observamos la Historia comprobaremos que la Revolución Americana ha llevado a cabo una prudente aplicación de sus principios rectores. Tan prudente que a veces se confunde con lentitud. El más chocante descalco entre los principios proclamados y la realidad política y social ha sido el que se dio en el terreno de la igualdad de negros y blancos. Se tuvo que librar, en el siglo XIX , una Guerra Civil que amenazó terminar con la Unión; y, en el siglo XX, una campaña en pro de los Derechos Civiles, que movilizó a su favor a minorías activas de negros y blancos americanos, para que el ideal de igualdad racial encontrase su cauce regular de crecimiento, no sin cobrarse la vida de un líder de la categoría, oportunidad y eficacia de Martin Luther King.
El surgimiento de una clase media afroamericana educada y próspera, fue el resultado visible de aquella campaña. Este logro es una de las grandes hazañas sociológicas del Siglo Veinte y de ella, aunque cueste tanto admitirlo, se benefició al mundo entero. En efecto, sería muy difícil que los Estados Unidos hubiesen salido vencedores de la Guerra Fría si hubieran tenido que vérselas en aquellos años cruciales con un frente interno de sabotajes, atentados, y discordia racial. Como es muy difícil imaginarse a ningún país de la Europa libre asumiendo, por defecto, el liderazgo que una Unión Americana, acuciada por sus propios problemas de integración interior, no hubiera podido ejercer frente a la poderosa Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La respuesta que Norteamérica dio en los años sesenta del siglo pasado a sus problemas raciales, tuvo la doble condición de ser una solución universal y anticipatoria. Universal, porque de ella dependía, además de la suerte de los propios Estados Unidos, el destino de la Europa libre, del Japón y las Filipinas, de las Américas del Sur, del Centro y del Caribe, remecidas entonces por la pugna entre la China y la URRSS para hacerse con el control de los Frentes de Liberación Nacional iberoamericanos, reanimados por la agitación de los movimientos liberacionistas de raíz e inspiración clerical. Los mismos países no alineados hubieran sido impensables sin la presencia de unos Estados Unidos poderosos, estables y coherentes en lo básico.
Anticipatorio fue también la solución porque, de hecho, la aparición de la clase media afroamericana que exorcizó con éxito el fantasma amenazador del terrorismo negro, puso al mismo tiempo freno eficaz a un peligro que más tarde, a partir de 1972, alcanzaría a definirse con mayor claridad. Me refiero al Islamismo que por entonces ejercía su poderoso tirón entre los más radicales partidarios de la causa del “black power” en Norteamérica.
En Europa se olvida con frecuencia este brote islamista doméstico y violento con el cual los Estados Unidos tuvieron que enfrentarse dentro de sus propias fronteras, y que fue el gravísimo anticipo del actual enfrentamiento con el Islamismo radical que hoy amenaza a todo el Occidente oficialmente ex-cristiano, y cuyos episodios más cruentos han sido, hasta ahora, los atentados de Nueva York y de Madrid.
La presencia, en la primera línea de la política americana, del mulato Barack Obama hijo de emigrante africano y musulmán, con nombre musulmán él mismo aunque perteneciente a una confesión cristiana, revela, ya sin dramatismo, la lozanía del movimiento de los derechos civiles, señalando al mismo tiempo la línea de sutura de lo que fue, en la década de los sesenta del siglo pasado, amenazante herida en la vida americana: la doble y encrespada ola del Islam y del radicalismo negro creciendo en las propias entrañas de esa gran nación. Algo que Europa tendrá que superar también en los próximos veinte años. Ojalá que en dicha tarea no le falten líderes decididos, generosos e inteligentes, de los cuales hoy carece.
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