Respondón.- No sé si el khat se extenderá por el mundo. No puedo saberlo. Pero para su tranquilidad y la de todos los conservacionista que temen por la disminución de la biodiversidad, le diré que la “Catha edulis” no es especie silvestre, sino cultivada. Las mejores plantaciones están en tierras de Harar. Como me dijo el piadoso Abu Omar Aruf- al-Kaaba: ¡siempre habrá “khat” para quien lo necesite!
Preguntón.- Pero si lo cultivan en tierras de arar le están robando terreno al cultivo de las gramíneas ¿qué pasará con la precaria subsistencia de esos pueblos hambreados ?.
Respondón.- No me he referido a tierras de arar, o tierras de pan llevar, sino a las plantaciones que en tierras de la región de Harar tienen algunos empresarios árabes que se encargan de mercadear la hoja y que no cesan de clamar por un comercio justo que permita exportarla libremente a todo el mundo.
Preguntón.- ¿Son ellos los que han introducido el consumo en esos países, o es, como acontece con las drogas de aquí un producto progresista del Mayo del 68?
Respondón.- En todos esos países el consumo viene de antiguo. Es algo vernáculo, propio, identitario A decir verdad, tiene allí tanta solera que casi repugna hablar de consumo o de consumidores, que son palabras con caché moderno que no cuadran en un país –más bien proyectos cartográficos- donde la gente apenas tiene qué llevarse a la bemba.
Preguntón.-El khat ¿es una droga o un mero recurso de autoayuda?
Respondón.- Es una droga que se puede incluir en el número de las más duras y, como suele suceder, una fuente de placer comparable, por lo menos, a las drogas que propagaron en Europa los intelectuales del Mayo del 68, que andaban como locos en busca de sus hormonas perdidas. Más que de autoayuda, se trata de un eficaz recurso de autoeliminación para quienes huyendo de la tristeza, la desesperanza o el hambre se refugian en el “khat”, ahorrando así trabajo a los que se ocupan de la eugenésica labor de eliminar a los débiles y a los inservibles. Pero que quede claro que sería tan tonto atribuir el uso del “khat” a las jornadas del Mayo del 68 , que fue un lujo de niños ricos y de profesores rijosos que tuvo como teatro la opulenta Europa; como relacionar el nombre de “khat” con el del musical “Cats”, que suena casi lo mismo, pero no canta igual: “jellicle songs/ for jellicle cats/solo dance/ the old gumbie cat”.
De todas formas, no hay que fiarse de la fonética ni de la onomástica, porque en los países propiamente “negros”, el “khat” de Somalia y Eritrea tiene diversidad de nombres locales. Por eso más vale ser precisos y atenerse al nombre científico que como ya se sabe es el de “Catha edulis”
Preguntón.- Pero, precisiones aparte respecto a los nombres del “khat” y a su condición de droga, le pregunto ¿por qué esa referencia a los países “negros” como distintos de Somalia?
Repondón.- Los pueblos que habitan el Cuerno de Africa y Etiopía se consideran a sí mismo “blancos.” Para ellos, los otros africanos son los negros verdaderos.
Preguntón.- Entonces, qué nombre les dan allí a los blancos de verdad?
Respondón.- Al parecer, allí a los blancos llaman “sonrosados”, porque, de hecho, muchos merecen este calificativo por el delicado color de su piel Y como a la mayor parte de los leucodermos se les enrojece la dermis cuando se exponen imprudentemente a la acción de los rayos solares, el nombre de “sonrosados” o enrojecidos no resulta del todo inexacto.
Preguntón.- El consumo del khat ¿tiene algún requisito técnico que haga complicada su utilización?
Respondón.- Ninguno. El khat es apto para países cuya Historia cursa todavía en la etapa pretecnológica: se ingiere masticando puñaditos de hojas frescas, de preferencia cortadas menos de 48 horas antes. En contraste con la mascada de la hoja de coca en Sudamérica, al “khat” africano no se le agregan cenizas, cal, ni nada parecido. Algunos europeos han observado que los somalíes mezclan con sus alimentos la mascada de “khat.”
Un militar cubano, el Capitán Pepote Barahona, natural de Camagüey, veterano de Angola y de Somalia, y amigo a pesar de todo, que ha accedido a darme su opinión, atribuye este hecho a “pura huevonería de los nativos” marcados para siempre por la huella corruptora de los países colonialistas. Sin embargo, algunos misioneros y cooperantes contradicen al cubano arguyendo que la costumbre de mezclar los alimentos con la droga no es por ser los nativos unos holgazanes de los huevos, sino por querer sacar rendimiento óptimo al esfuerzo de la mascada.
Preguntón.- ¿Mascada? Dice mascada Vuestra Merced? ¿Acaso el “khat” no se ingiere por las buenas, como una tisana?
Respondón.- Ni en tisana ni en infusión, y esta es otra diferencia con los sudamericanos de clase media que consumen la hoja de la coca como si de te o de mate se tratara. En los países de nuestra comunidad, la hispánica, es una delicia para el visitante escuchar a la gentil anfitriona decir: ¿Le provoca otro tesito de coca? Y uno contesta: “lo que diga su gracia” o una galantería por el estilo. Si el viajero concurre a un cafetería y quien le ofrece un poco más de infusión es una camarera –que allí llaman mesera- la contestación tomará un giro más coloquial y adulador: “lo que vos digás, mi reina” y si la camarera tiene rasgos indios: “lo que vos digas, chinita”. Me consta que, con estas frases de aceptación en que parece que el visitante o el parroquiano elude, pero ni tanto; y acepta como quien no quiere la cosa, pero delegando de todos modos la decisión en “su gracia”, en “mi reina” o en la “chinita”, el mujerío queda como muy motivado, agradecido y, según dicen los entendidos, entre los cuales no me cuento, dispuesto a mercedes de mayor derrame. Yo, ni quito ni pongo.
Preguntón.- Yo me he perdido ¿Le parece a Vuestra Merced que volvamos al “khat”?
Respondón.- Muchos intelectuales, escritores y artistas de viaje por Africa han comprobado el efecto defatigante, euforizante, energizante y afrodisíaco de la mascada de khat que despeja las neuronas y anima el cuerpo de los abotargados.
En cambio, médicos aguafiestas, se han permitido señalar los efectos secundarios de la droga de marras: insomnio, depresión, anorexia, tendencia a la irritación, obnubilación mental, dificultades respiratorias, y, sobre todo, dependencia. De ser ciertas las afirmaciones de los aguafiestas, esta droga sería el medio idóneo para sumarse al homenaje a las jornadas del Mayo del 68 haciendo realidad al pie de la letra aquella ocurrencia que se atribuye a los mayistas, pero a lo mejor es de Mafalda: “Mundo, para, que quiero bajarme.” Quien se sube al “khat” seguro que se apeará del mundo en un plazo corto, pero el mundo, de seguro, seguirá rodando. Con que…¡ni caso!
1 comentario:
Me parece muy oportuno este comentario sobre la droga. Esta opinión es compartida por un amplio sector de intelectuales de Euskadi donde el problema de la droga se nos ofrece con marcada virulencia.
Odón, alcalde de San Sebastián Donostia.
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