Rojo.-El color rojo representa el principio masculino. Simboliza el fuego, las pasiones violentas, la furia del combate, la sangre vertida, la alegría de la fiesta y la exaltación de la victoria. Todas cosas muy unidas entre sí.
En las banderas de todas las revoluciones el rojo recuerda que la revolución con sangre entra y con sangre se sostiene; y en las de las naciones, que todo poder con sangre propia y ajena se instala y con sangre propia y ajena se reproduce y medra. Es el color del segundo caballo del Apocalipsis
Negro. Es el símbolo de la muerte, de las tinieblas, del Hades y de la destrucción. Acompañando al rojo, flamea en las banderas del anarquismo, del bolchevismo, del nacional-socialismo y de sus respectivos epígonos, variantes y mixtificaciones.
Pocos saben que la combinación de estos dos colores se originó en las guerras de la independencia suramericana, cuando los ejércitos de criollos, mestizos e indios realistas que combatían contra Bolivar, los empleaban en sus guiones y escarapelas para dar expresión cromática al grito de “Victoria o Muerte” con el cual se enardecían al entrar en combate. ¿Criollos y mestizos en el campo realista? Si, amigos, aquellas no fueron guerras de europeos contra americanos, ni de blancos contra cholos, fueron guerras civiles dentro del imperio que se partía y se repartía entre las oligarquías locales como todavía se sigue partiendo y repartiendo en lo que resta y queda.
Gualda.- El color gualda, o amarillo dorado –la palabra originaria, warda, la trajeron los godos- representa al sol que asciende por la comba del cielo desde el orto hasta el zenit, para extinguirse en arreboles al llegar al ocaso.
El gualda simboliza la expansión triunfal, la vida en lo que tiene de ascenso y caída grandiosas, el crecimiento, la magnificencia, el cambio esplendoroso, el calor y el fuego. Se dice que este color predispone a la concentración mental.
Los chinos, nuevos repobladores de las Expañas, dicen que es el color de la inteligencia y por eso sería el propio de la raza amarilla cuya tez está pigmentada más por la bilirrubina que por la melanina o la hemoglobina.
Verde.- El verde es el color de la vegetación que renace tras lo crudo del invierno y el de la fruta que no ha llegado a sazón. Por eso simboliza al mismo tiempo la inmadurez y la esperanza.
Es también el color propio de la langosta acridia cuando salta por el monte sola. Es sabido que la langosta cuando vuela en grandes mangas para asolar los campos muda su librea del verde al amarillo. Por eso, el primero simboliza el cambio sorpresivo que equivale a la concreción repentina de una amenaza que al principio no se manifestaba como tal.
El verde se emplea en las salas de espera para inducir paciencia a los que aguardan, y en las fábricas para sumergir a los obreros en la resignación productiva que tanto gusta a los empresarios. Es el color del cuarto caballo del Apocalipsis, desde que los traductores, que daban a clorós el significado de pálido, han decidido enterarse que hoy en día existen partidos “verdes”, problemas “verdes” y causas “verdes” que se identifican como características de una época inclinada a la ideología ecologista.
Es, para terminar, el color del Islam. ¿Recuerdan la “marcha verde” y la edición popular de El Corán que, encuadernada en ese color, mandó repartir entre los participantes el Sultán de Marruecos?
Blanco.-El blanco es, ópticamente, la fusión de todos los colores. Ha sido, desde la antigüedad, representación de la inocencia, de la virginidad, de la pureza de intenciones y de la castidad de vida. Es el color del primer caballo del Apocalipsis.
Es, también, símbolo de concordia, de armonía y de paz, de los que buscan la paz de su paloma, de los que están en paz con su paloma y, por supuesto, el color de la paloma de la paz venga de donde viniere, como dicen los que confunden las palomas con los cernícalos.
En tiempos remotos, cuando a los políticos se les exigía más virtudes que simpatía y jeta, quien aspiraba a un cargo tenía incluso que vestir de este color que en latín se dice candidus. Por eso en castellano, que es lengua vieja aunque hay que reconocer que está muy lejos de los ocho mil años reglamentarios en Euskadi, se habla todavía de candidato y de candidatura, arcaísmos incompatibles con la mudanza de las costumbres y de las aspiraciones de los pueblos.
El blanco ha perdido prestigio en la medida en que la virginidad ha dejado de ser integridad socialmente estimada, mas esa pérdida ha sido ampliamente compensada por la popularidad de la candidiasis –por la candidia albicans- que ha advenido en la más benigna expresión de la malatería propia de la actividad sexual multimodal.
Morado. Es el color que anda indeciso entre el rojo y el azul. Es signo de luto. Antes del Concilio Vaticano II, el morado era el color de los paños y telones con que eran cubiertos los altares, las imágenes y retablos durante la Semana Santa, desde el Oficio de Tinieblas hasta la misa de Resurrección. Sigue siendo en la Iglesia el color más usado para ornamentos durante el año litúrgico.
De este color fue el pendón de los Comuneros de Castilla que se revelaron contra Carlos V. Durante la Segunda República, una franja morada sustituyó en la bandera nacional la franja roja superior. Por esta razón en el Reino de las Diecisiete Repúblicas, el morado es color de referencia para los republicanos.
Un poco por manipulación interesada, y otro poco por el peso ingenuo de la etimología popular que identifica a los comuneros de Castilla con los seguidores del marxismo leninismo y aún del maoísmo, el morado se ha constituido también en referencia cromática para los comunistas de hoy.
Expresiones coloquiales como “me puse morado” o “las pasé moradas” no contribuyen nada al prestigio de la izquierda y habrá que desterrarlas cuanto antes del habla de todos los días.
En las banderas de todas las revoluciones el rojo recuerda que la revolución con sangre entra y con sangre se sostiene; y en las de las naciones, que todo poder con sangre propia y ajena se instala y con sangre propia y ajena se reproduce y medra. Es el color del segundo caballo del Apocalipsis
Negro. Es el símbolo de la muerte, de las tinieblas, del Hades y de la destrucción. Acompañando al rojo, flamea en las banderas del anarquismo, del bolchevismo, del nacional-socialismo y de sus respectivos epígonos, variantes y mixtificaciones.
Pocos saben que la combinación de estos dos colores se originó en las guerras de la independencia suramericana, cuando los ejércitos de criollos, mestizos e indios realistas que combatían contra Bolivar, los empleaban en sus guiones y escarapelas para dar expresión cromática al grito de “Victoria o Muerte” con el cual se enardecían al entrar en combate. ¿Criollos y mestizos en el campo realista? Si, amigos, aquellas no fueron guerras de europeos contra americanos, ni de blancos contra cholos, fueron guerras civiles dentro del imperio que se partía y se repartía entre las oligarquías locales como todavía se sigue partiendo y repartiendo en lo que resta y queda.
Gualda.- El color gualda, o amarillo dorado –la palabra originaria, warda, la trajeron los godos- representa al sol que asciende por la comba del cielo desde el orto hasta el zenit, para extinguirse en arreboles al llegar al ocaso.
El gualda simboliza la expansión triunfal, la vida en lo que tiene de ascenso y caída grandiosas, el crecimiento, la magnificencia, el cambio esplendoroso, el calor y el fuego. Se dice que este color predispone a la concentración mental.
Los chinos, nuevos repobladores de las Expañas, dicen que es el color de la inteligencia y por eso sería el propio de la raza amarilla cuya tez está pigmentada más por la bilirrubina que por la melanina o la hemoglobina.
Verde.- El verde es el color de la vegetación que renace tras lo crudo del invierno y el de la fruta que no ha llegado a sazón. Por eso simboliza al mismo tiempo la inmadurez y la esperanza.
Es también el color propio de la langosta acridia cuando salta por el monte sola. Es sabido que la langosta cuando vuela en grandes mangas para asolar los campos muda su librea del verde al amarillo. Por eso, el primero simboliza el cambio sorpresivo que equivale a la concreción repentina de una amenaza que al principio no se manifestaba como tal.
El verde se emplea en las salas de espera para inducir paciencia a los que aguardan, y en las fábricas para sumergir a los obreros en la resignación productiva que tanto gusta a los empresarios. Es el color del cuarto caballo del Apocalipsis, desde que los traductores, que daban a clorós el significado de pálido, han decidido enterarse que hoy en día existen partidos “verdes”, problemas “verdes” y causas “verdes” que se identifican como características de una época inclinada a la ideología ecologista.
Es, para terminar, el color del Islam. ¿Recuerdan la “marcha verde” y la edición popular de El Corán que, encuadernada en ese color, mandó repartir entre los participantes el Sultán de Marruecos?
Blanco.-El blanco es, ópticamente, la fusión de todos los colores. Ha sido, desde la antigüedad, representación de la inocencia, de la virginidad, de la pureza de intenciones y de la castidad de vida. Es el color del primer caballo del Apocalipsis.
Es, también, símbolo de concordia, de armonía y de paz, de los que buscan la paz de su paloma, de los que están en paz con su paloma y, por supuesto, el color de la paloma de la paz venga de donde viniere, como dicen los que confunden las palomas con los cernícalos.
En tiempos remotos, cuando a los políticos se les exigía más virtudes que simpatía y jeta, quien aspiraba a un cargo tenía incluso que vestir de este color que en latín se dice candidus. Por eso en castellano, que es lengua vieja aunque hay que reconocer que está muy lejos de los ocho mil años reglamentarios en Euskadi, se habla todavía de candidato y de candidatura, arcaísmos incompatibles con la mudanza de las costumbres y de las aspiraciones de los pueblos.
El blanco ha perdido prestigio en la medida en que la virginidad ha dejado de ser integridad socialmente estimada, mas esa pérdida ha sido ampliamente compensada por la popularidad de la candidiasis –por la candidia albicans- que ha advenido en la más benigna expresión de la malatería propia de la actividad sexual multimodal.
Morado. Es el color que anda indeciso entre el rojo y el azul. Es signo de luto. Antes del Concilio Vaticano II, el morado era el color de los paños y telones con que eran cubiertos los altares, las imágenes y retablos durante la Semana Santa, desde el Oficio de Tinieblas hasta la misa de Resurrección. Sigue siendo en la Iglesia el color más usado para ornamentos durante el año litúrgico.
De este color fue el pendón de los Comuneros de Castilla que se revelaron contra Carlos V. Durante la Segunda República, una franja morada sustituyó en la bandera nacional la franja roja superior. Por esta razón en el Reino de las Diecisiete Repúblicas, el morado es color de referencia para los republicanos.
Un poco por manipulación interesada, y otro poco por el peso ingenuo de la etimología popular que identifica a los comuneros de Castilla con los seguidores del marxismo leninismo y aún del maoísmo, el morado se ha constituido también en referencia cromática para los comunistas de hoy.
Expresiones coloquiales como “me puse morado” o “las pasé moradas” no contribuyen nada al prestigio de la izquierda y habrá que desterrarlas cuanto antes del habla de todos los días.
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