Incluir en el censo a los judíos era una tarea delicada y difícil. “Herodes es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, hubiera podido decir Augusto. Pero si Herodes era un rey “aliado y amigo”, los judíos no lo eran tanto. Hacía poco, seis mil fariseos, lo más selecto del país, se habían negado a prestar juramento de fidelidad al Emperador.
No era rechazo político sino escrúpulo religioso. Cayo Julio Cesar, como sabían bien los geneologistas, era descendiente de Venus, y encima, había sido asimilado a la divinidad suprema al ser proclamado “Júpiter Salvador”. Era una cuestión de principios. Los judíos fieles no adoraban a otro dios que a Yahvé.
Así que el prudente Sencio Saturnino, nada amigo de la política de palo y tente tieso, y a quien le habían encargado ex officio el censo de los judíos, pensó que era mejor delegar aquella tarea en Publio Sulpicio Quirino, conocido experto en asuntos del Oriente Medio y por entonces gobernador de Siria. Este sí sabría organizar un censo como el Cesar mandaba, sin tocarle las narices a los quisquillosos hijos de Abraham.
Desechando el uso romano de empadronarse en el lugar de residencia, que era lo más lógico y los menos complicado, Quirino ordenó que cada cabeza de familia acudiera a la ciudad de donde fuera originario su linaje. Aquello equivalía a montar un tiberio de padre y señor mío con montones de gentes moviéndose de un lado a otro por todo el país. Pero era la costumbre judía que seguía en esto el mandato de
Con delicado sentido político y humanitario, el romano tenía previsto que el censo debía hacerse en invierno para evitarle a los viajeros los calores de las otras estaciones. Quirino estaba convencido de que todos obedecerían, pero, como no estaba dispuesto a dejar nada en manos de la casualidad, decidió que cuatro legiones de guarnición en Siria bajasen hasta
Hosteleros y transportistas alabaron la decisión de Quirino tan de acuerdo a los usos del país como respetuosa con el mandato del Altísimo. En realidad hubieran apoyado cualquier medida con tal de que les diera también la oportunidad de subir los precios a su antojo. Lo mismo hicieron los suministradores de mercancías.
Cuando comenzó la “operación salida”, los caminos se llenaron de viajeros, cada uno con rumbo a la ciudad de sus antepasados. Belén era entonces una pequeña población sobre la carretera que iba a Egipto, famosa además por haber sido cuna del rey David y el lugar del romance entre Ruth la segadora y Booth, el rico terrateniente. A Belén fueron, desde Nazareth de Galilea, José y María, cinco jornadas a paso de burro; mucho para una preñada que casi llegaba a su término. Tenía que pasar lo que pasó.
Así fue como Cayo Julio Cesar Octavio Augusto, descendiente de Venus y él mismo divinizado con el nombre de “Júpiter Salvador”, Sencio Saturnino, prudente funcionario que delegó funciones, y Publio Sulpicio Quirino, gobernador de Siria y experto en asuntos del Oriente Medio que se encargó finalmente del operativo, dispusieron las cosas de tal modo que Jesús, hijo de David, viniese a nacer en Belén de Judá. Sin saberlo, obedecían a los profetas Sin saberlo, inventaron
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