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viernes, 29 de diciembre de 2006

Invención de la Navidad

Cayo Julio Cesar Octavio Augusto, se dio tal maña en imponer el orden y la seguridad en todo el ámbito del imperio romano, que pronto no quedó en el mundo entonces conocido una mala guerra que picar y se tuvo que echar el cerrojo a las puertas del Templo de Jano que sólo se abría durante las guerras. Con todo el tiempo para contabilizar su gloria y recontar las riquezas del erario público, Cayo Julio Cesar, devoto de Apolo, el dios de moda, ordenó un censo destinado a mejorar la recogida de impuestos, que era asunto que correspondía mas bien al negociado del dios Mercurio. Aquél censo era el tercero del reinado de Augusto, y esta vez quiso que fuese completo y universal. Todos los habitantes del Imperio debían inscribirse. Los judíos también, pese a que Judea no era precisamente una provincia romana, sino un país protegido.

Incluir en el censo a los judíos era una tarea delicada y difícil. “Herodes es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, hubiera podido decir Augusto. Pero si Herodes era un rey “aliado y amigo”, los judíos no lo eran tanto. Hacía poco, seis mil fariseos, lo más selecto del país, se habían negado a prestar juramento de fidelidad al Emperador.

No era rechazo político sino escrúpulo religioso. Cayo Julio Cesar, como sabían bien los geneologistas, era descendiente de Venus, y encima, había sido asimilado a la divinidad suprema al ser proclamado “Júpiter Salvador”. Era una cuestión de principios. Los judíos fieles no adoraban a otro dios que a Yahvé.

Así que el prudente Sencio Saturnino, nada amigo de la política de palo y tente tieso, y a quien le habían encargado ex officio el censo de los judíos, pensó que era mejor delegar aquella tarea en Publio Sulpicio Quirino, conocido experto en asuntos del Oriente Medio y por entonces gobernador de Siria. Este sí sabría organizar un censo como el Cesar mandaba, sin tocarle las narices a los quisquillosos hijos de Abraham.

Desechando el uso romano de empadronarse en el lugar de residencia, que era lo más lógico y los menos complicado, Quirino ordenó que cada cabeza de familia acudiera a la ciudad de donde fuera originario su linaje. Aquello equivalía a montar un tiberio de padre y señor mío con montones de gentes moviéndose de un lado a otro por todo el país. Pero era la costumbre judía que seguía en esto el mandato de la Escritura Santa.

Con delicado sentido político y humanitario, el romano tenía previsto que el censo debía hacerse en invierno para evitarle a los viajeros los calores de las otras estaciones. Quirino estaba convencido de que todos obedecerían, pero, como no estaba dispuesto a dejar nada en manos de la casualidad, decidió que cuatro legiones de guarnición en Siria bajasen hasta la Judea para mantener el orden en los caminos, auxiliar a los viajeros y animar con su presencia a que se empadronasen los que de ordinario no saben ni contestan.

Hosteleros y transportistas alabaron la decisión de Quirino tan de acuerdo a los usos del país como respetuosa con el mandato del Altísimo. En realidad hubieran apoyado cualquier medida con tal de que les diera también la oportunidad de subir los precios a su antojo. Lo mismo hicieron los suministradores de mercancías.

Cuando comenzó la “operación salida”, los caminos se llenaron de viajeros, cada uno con rumbo a la ciudad de sus antepasados. Belén era entonces una pequeña población sobre la carretera que iba a Egipto, famosa además por haber sido cuna del rey David y el lugar del romance entre Ruth la segadora y Booth, el rico terrateniente. A Belén fueron, desde Nazareth de Galilea, José y María, cinco jornadas a paso de burro; mucho para una preñada que casi llegaba a su término. Tenía que pasar lo que pasó.

Así fue como Cayo Julio Cesar Octavio Augusto, descendiente de Venus y él mismo divinizado con el nombre de “Júpiter Salvador”, Sencio Saturnino, prudente funcionario que delegó funciones, y Publio Sulpicio Quirino, gobernador de Siria y experto en asuntos del Oriente Medio que se encargó finalmente del operativo, dispusieron las cosas de tal modo que Jesús, hijo de David, viniese a nacer en Belén de Judá. Sin saberlo, obedecían a los profetas Sin saberlo, inventaron la Noche Buena, y sin saberlo coadyuvaron a organizar la de Dios es Cristo, que no ha terminado todavía.

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