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viernes, 15 de diciembre de 2006

El Perol de las Albondiguillas

¿Un borrón o un zurcido? A la vida, a la de cada uno, se le pueden echar borrones o zurcidos Todo depende con qué quiere uno comparar la vida.

¿Es la vida como unos calzones o como una página de escritura? Las páginas escritas están llenas de borrones, tanto, que se las llama borradores. Los calzones, más que nada en las clases pobres y en tiempos de más austeridad que los de ahora, estaban llenos de zurcidos. Pero este último ejemplo no nos vale porque, según afirman algunos, hoy salen más caros los remiendos que los calzones nuevos. Así que por pura economía, de zurcidos nada.

Por lo demás, no creo que tratándose de la vida, emborronarla o llenarla de zurcidos, tenga nada que ver con la rectificación de las cosas que están torcidas, que es lo que en el fondo importaría. Rectificar es un privilegio que si acaso llega a alcanzarse es siempre como de rebote y con sorpresa, como si fuese un premio inmerecido

Así que, aquello que el lenguaje de todos los días suele llamar pomposamente rectificación, no pasa por lo regular de ser más que un vulgar borrón que a veces ni siquiera permite iniciar la cuenta nueva que, a fuerza de ingenuidad, esperamos que venga detrás de cada borrón, según lo sugiere el conocido refrán castellano.

Pentimentos. Creo que la observación anterior es importante en todo momento, y más cuando se está a punto, como es tan frecuente, de echarle a la vida no sabemos si un borrón o un zurcido, con un nuevo matrimonio, con un nuevo amor, o con un nuevo divorcio que corona un desamor.

Y a esas dudas añado yo una exclamación que es un deseo: ¡Ojala fuese más bien un pentimento¡ es decir, una enmienda que se hace sobre un fragmento del cuadro que ya está esbozado, para añadir un nuevo escorzo que el artista juzgó más apropiado o más bello o más armonioso que el trazo que en definitiva vendrá a quedar debajo.

Para hablar de la vida, el símil del cuadro me parece más conveniente que el de la página escrita o el de los calzones. Porque en conclusión, lo que de bueno o de malo hemos hecho, con nosotros permanece, igual que el pentimento yace oculto en el cuadro en el cual se ha pintado el sobreañadido que lo mejora o rectifica.

Proceso. ¿Y la palabra proceso que últimamente se ha puesto de moda? La palabra proceso designa la sucesión de pasos en una cadena de acciones conducentes a un objetivo y equivale, sin más, a progreso. Tomada en este sentido la palabra proceso nada tiene que ver con el conjunto de actuaciones judiciales indispensables para averiguar la perpetración de un delito y determinar la participación y culpabilidad de las personas que hubieran intervenido en él.

Proceso es también nombre de persona. Pero Proceso es también nombre de persona. Hay por lo menos cinco santos canonizados por la Iglesia que lo llevan. El más célebre es el que tiene su fiesta litúrgica el 6 de mayo Cuentan que Proceso, junto con Martiniano, fueron carceleros de San Pedro y San Pablo, terminaron por convertirse al cristianismo, y llegaron a ser testigos de Cristo ante el mundo pagano.

El nombre de Proceso, que ahora nos parece tan extraño, tiene su pizca de gnosis. Alude a una antigua explicación inmanentista del origen del Cosmos a través de una sucesión de causas ordenadas y dependientes unas de otras en una cadena en la que el principio se confunde con el fin, como la serpiente que se muerde la cola de los salones esotéricos de nuestros días, o lo que en Topología recreativa representa el lazo de Moëbius. El problema está en que la dependencia de cada una de las causas en relación a otra anterior postula la dependencia de todo el conjunto respecto de Algo que está fuera de dicha serie, con lo cual de alguna forma se está volviendo a la idea de Dios que se quería esquivar. A lo mejor esto sirvió a los apóstoles para pegar la hebra con un funcionario de prisiones tan preocupado por el origen del Cosmos.

En mi vida sólo he conocido un caballero que llevase el nombre de Proceso: el médico mexicano Don Proceso Sánchez Ortega, maestro mundial de Homeópatas en Tulancingo.

La paz. En el libro “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, he tropezado con la definición de paz más curiosa, peregrina y bizarra que yo conozco. Dice así: “Paz es el lugar común en el cual los oradores se detienen contando los bienes que se siguen de ella y los males de la guerra, su contraria”

Es una definición escéptica que ni siquiera llega a contemplar la paz en su aspecto de ausencia de hostilidades como hacen otros diccionarios ingleses, franceses, alemanes o italianos, por hablar de las grandes lenguas de la civilización. Es una definición cínica y despectiva, porque afirma que esa verbalización es, encima de todo, un lugar común, o, lo que es lo mismo, que se trata de una expresión trivial a la cual se acude interesadamente como recurso retórico. Es pesimista, en fin, porque sugiere que los bienes de la paz, para lograr algún resalte, necesitan entrar en contraste con los males que se siguen de la guerra.

Por las notas que señalo, esta definición encontrada en un autor del siglo XVII, coincide plenamente con algo rabiosamente actual: parece describir el bla bla bla de los políticos, las peroratas de los vectores de opinión y el chapurrear de los peacemakers que describen cada uno la Paz de su paloma

¿Y don Proceso de Paz? Por eso, dicho con su nombre entero y personalizando hasta la caricatura, don Proceso de Paz debe evitar confundirse con don Perico de los Palotes, que baila el paloteado al son que le toquen, ni con Pello Basajaun, que parece estar en todas partes urdiendo maldades como un duende a la vez burlón y siniestro.

Don Proceso de Paz, tiene un talante beatífico, digno de que por él eleven sus preces los cristianos -incluídos los cautelosos Obispos, los engreídos Teólogos, los curas mal aparcados e incluso los frailes expulsados de la barojiana República del Bidasoa. Don Proceso de Paz merece también que canten sus versos los bersolaris, payadores y versificadores en todas las lenguas, bailen sus danzas los bailarines, atruenen el aire con su música los rockeros de todas las bandas, salten sobre los bancos los saltimbanquis, y hagan risas los payasos, que de todo eso hay en la sala de prensa donde habrá que posar para tomarse la foto que, por costumbre inexplicable, -pues a la familia ya la ha dado por muerta la Revolución de Géneros con epicentro en España- , ha de llamarse la “foto de familia”. Y, sobre todo, don Proceso de Paz merece que los homicidas renuncien a su condición de genios malignos que disponen según conviene de la vida de los demás, como si la muerte no fuera a cortar nunca el dobladillo de sus propias existencias.

Paces. Por lo demás, en castellano no se hace la paz, sino que se hacen las paces, en plural, como recordando que después de una paz vendrá otro tiempo de discordia y así sucesivamente nuevas guerras y nuevas paces. La paz es un bien escaso y esquivo. Los romanos, que son los que más han luchado por establecerla, cuando consiguieron pasar 12 añitos consecutivos sin guerra –eso fue en tiempos de Augusto- les sorprendió tanto que se apresuraron a consultar al oráculo de Apolo para saber cuánto les duraría. Como el oráculo les respondiera que “Hasta que una virgen dé a luz”, consideraron que se abría una perspectiva de paz perpetua, la llamaron Pax Romana y se apresuraron a dedicarle un templo votivo. Todos sabemos lo que duró porque en este período nació, en una provincia romana del Oriente Medio, Jesucristo ex Maria virgine.

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