Dejadlo arder, let it burn. Es la frase que indica la decisión que hay que tomar ante un incendio que ha sobrepasado los límites de extensión y de temperatura a partir de los cuales es imposible extinguir el fuego. La expresión se originó en el gran incendio del parque de Yellowstone y ha sido empleada con ocasión de otros incendios gigantescos en Norteamérica y en Australia. Sencillamente se deja a la naturaleza seguir su curso.
Esta decisión, propia de bomberos en apuros, viene como anillo al dedo para describir la actitud que, al menos aparencialmente, toman las potencias ante los graves desórdenes que estallan precisamente en algunos países cuyas circunstancias políticas y sociales son inestables en sumo grado. Sucede que, una vez rota la leve membrana del orden público con la consiguiente interrupción de la rutina de acatamiento gregario que mantiene a todos en su puesto, la situación escapa a toda posibilidad de control por otros medios que no sean la fuerza organizada que representan la policía y el ejército.
Las grandes potencias suelen afrontar las situaciones internacionales difíciles recurriendo ya a la presión diplomática, cuya máxima expresión es el aislamiento como pasó con España en la retirada de embajadores impuesta por la ONU; ya al boycott comercial completo o incompleto y por último, a la intervención militar. Pero la primera medida solo es eficaz en tanto que el país en entredicho cuente con un gobierno responsable que se dé por enterado; la segunda, sólo es factible si la comunidad internacional llega a un acuerdo unánime acerca de los rubros comerciales que pueden ser afectados; en cuanto a la intervención militar, resulta ventajosa mientras la presencia armada no desemboque en la necesidad de ocupar totalmente el territorio. Por eso, lo normal es que se acuda a una presión multimodal o polinérgica en la que se ponen en juego la presión diplomática y la comercial, sustituyendo la presión militar por la acción de los servicios secretos que, a su labor de espionaje normal, deben sumar ahora las acciones de agitación.
El lector debe advertir que lo que ahora está sucediendo en Túnez, Egipto y el Yemen, le está siendo presentado como una exigencia popular a favor de la democracia. Mientras tanto, la consigna occidental paree reducirse al Let it burn, dejarlo arder. Falta que el incendio no se propague a Libia, proveedor de petroleo de Italia; ni a Argelia, que lo es de España y ojalá no llegue a afectar a Marruecos y ponga en un brete a estas Españas tan predispuesta a asumir tormentas ajenas sin tener resueltas las propias.
Esta decisión, propia de bomberos en apuros, viene como anillo al dedo para describir la actitud que, al menos aparencialmente, toman las potencias ante los graves desórdenes que estallan precisamente en algunos países cuyas circunstancias políticas y sociales son inestables en sumo grado. Sucede que, una vez rota la leve membrana del orden público con la consiguiente interrupción de la rutina de acatamiento gregario que mantiene a todos en su puesto, la situación escapa a toda posibilidad de control por otros medios que no sean la fuerza organizada que representan la policía y el ejército.
Las grandes potencias suelen afrontar las situaciones internacionales difíciles recurriendo ya a la presión diplomática, cuya máxima expresión es el aislamiento como pasó con España en la retirada de embajadores impuesta por la ONU; ya al boycott comercial completo o incompleto y por último, a la intervención militar. Pero la primera medida solo es eficaz en tanto que el país en entredicho cuente con un gobierno responsable que se dé por enterado; la segunda, sólo es factible si la comunidad internacional llega a un acuerdo unánime acerca de los rubros comerciales que pueden ser afectados; en cuanto a la intervención militar, resulta ventajosa mientras la presencia armada no desemboque en la necesidad de ocupar totalmente el territorio. Por eso, lo normal es que se acuda a una presión multimodal o polinérgica en la que se ponen en juego la presión diplomática y la comercial, sustituyendo la presión militar por la acción de los servicios secretos que, a su labor de espionaje normal, deben sumar ahora las acciones de agitación.
El lector debe advertir que lo que ahora está sucediendo en Túnez, Egipto y el Yemen, le está siendo presentado como una exigencia popular a favor de la democracia. Mientras tanto, la consigna occidental paree reducirse al Let it burn, dejarlo arder. Falta que el incendio no se propague a Libia, proveedor de petroleo de Italia; ni a Argelia, que lo es de España y ojalá no llegue a afectar a Marruecos y ponga en un brete a estas Españas tan predispuesta a asumir tormentas ajenas sin tener resueltas las propias.
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