El armario fue mueble muy utilizado en territorios fronterizos o en comarcas expuestas a los ataques de bandidos, piratas o alzados, donde la custodia del armamento colectivo se encomendaba a particulares que lo hacían a su propia costa y sin otra contrapartida que la honorífica de ser nombrados Cabos de Armas. En esa época, como en los armarios solo se guardaban armas de fuego, a nadie se le ocurría que de ellos pudieran salir otra cosa que armas. Y eso si alguien las sacaba de allí..
-Pero, si los armarios estaban llenos de armas ¿donde guardaban la ropa esas buenas gentes?
La ropa la guardaban, bien extendida, en el fondo de arcones donde encerraban, para que exhalasen su discreto perfume, ramitos de romero, virutas de madera de cedro, bolsitas rellenas de flores secas de espliego o de benjuí o pastillas de alcanfor. Y, aún, tratándose de varones, había quienes preferían el aroma acre y evocador de las hojas de tabaco veguero, que sería considerado veneno “puro” – y no es un puro juego de palabras-, por la obesa pero menguada e inmunodeprimida raza de nuestros días.
-¡Pero ahora los armarios no sirven para guardar armas!
Efectivamente. Con el paso del tiempo y la virazón de las costumbres, llegó a haber armarios-ropero, armarios-alacena, y armarios-librería. Y pronto esos nombres duales se quedaron en la mitad de lo que fueron, de modo que se terminó llamando simplemente “ropero” al que servía para guardar la ropa, “alacena” al destinado a los víveres y “librería” al que acogía a los libros en las familias que habían adquirido la funesta costumbre de leer.
-¿Librería o biblioteca?
Librería. Las bibliotecas estaban en los conventos, en los palacios y en la sedes de las grandes instituciones sabias. El común de los mortales, si tenían libros, los guardaban en librerías.
-¿Y lo del muerto en el armario?
Eso tiene una larga explicación. Digo que dentro de estos armarios con nuevo uso, y reduciéndonos a los destinados al atuendo, la ropa ya no podía yacer extendida cuan larga era, sino que había que colgarla, posición que, caiga en cuenta, es la propia de los ajusticiados por ahorcadura. Hay mucho morbo en esto.
Pero ¿y los armarios empotrados?
Yo tenía la intención de ir poco a poco para no adelantar acontecimientos. Pero ya que los saca a colación, le aclaro que los armarios empotrados vinieron mucho después, cuando, aconsejados por la usura, los promotores de viviendas comenzaron a construirlas cada vez más pequeñas, pequeñitas, tan pequeñitas que llegaron a apretar en las axilas como pasa con las camisas de una talla menos y sobre todo, con las camisas de fuerza. En las nuevas casas hubo que robar volumen a las paredes para hacer lugar a los armarios-roperos que quedaron definitivamente empotrados. Así que, con el nuevo estilo, la ropa vino a ser tratada, no ya como los ajusticiados a los que entonces se colgaba por el cuello hasta que expirasen, sino como los cadáveres de los asesinaditos que, a la forma antigua, se hacía desaparecer por el sencillo y doméstico sistema de sepultarlos en lo grueso de la pared, si no se había otro lugar más apropiado.
El empotramiento de los armarios, digo, ocasionó la decadencia de la costumbre medieval de emparedar a los muertos, que tanto juego le dio a Ernesto Eco en su novela “El nombre de la rosa” En consecuencia, la expresión “el muerto en la pared” pronto fue sustituida por una nueva frase que aludía al “muerto en el armario.” Con el tiempo, incluso esta última expresión cayó en desuso, no porque hubiera menos asesinatos, sino porque se multiplicaron las posibilidades de ocultamiento. Hoy se puede optar por arrojar el cuerpo a un contenedor como hacen los amantes con sus amantas; descuartizarlo y meter los trozos en una maleta para dejarlo en consigna, al modo de los vengadores chinos e, incluso reivindicar la muerte con toda la jeta cuando se pueden alegar razones poderosas que el gran público está dispuesto a aceptar y hasta aplaudir si le dejan.
-¡Pero en Italia dicen todavía avere un escheletro néll armadio!
Efectivamente. Por cierto, la mención del esqueleto me intrigaba muchísimo hasta que alguien me informó que los italianos lo dicen en la inteligencia de que la policía prefiere a veces no entrar en demasiadas averiguaciones para no alborotar el cotarro, ni irritar a la cosa nostra, ni tocarle las narices a la camorra.
Estas sabias precauciones conducen a que el descubrimiento del crimen se produzca muchos años después de cometido y como por casualidad, ya cuando el finado está reducido al puro esqueleto o raspa y sólo tiene algún interés para los antropólogos.
-¿Y la frase aquella tan manida hoy, que habla de “salir del armario” con un significado muy específico?
Sólo sé decir que veteranos residentes en Sitjes y en Torremolinos, que tienen por qué saber de estas cosas, me han dicho que no consta en sus archivos ningún antecedente que permita siquiera sospechar que en los armarios se hayan ocultado nunca ni sodomitas ni gomorritas, como parece insinuar la citada y mal intencionada frase.
-¿Y ciudadanos de las demás ciudades pentapolitas?
Mis fuentes no dicen nada al respecto. En cambio, puedo afirmar de mi propio coleto, que en las comedias de vodevil era frecuente que el amante, a punto de ser sorprendido por el marido cuernicantano, se refugiase en el ropero, que en España, quizá por las inconfesadas pero probadas añoranzas belicosas de esta nación de naciones, continúan llamando armario. De esos episodios chuscos que quieren pasar por humorísticos, la frase pudo haber extendido su significado a otras situaciones que se quería mantener ocultas o se temía que fueran descubiertas.
-¿Y los arcones?
En contraste con la proliferación de armarios multipropósito que hay ahora, los arcones casi han desaparecido. De hecho son hoy piezas de museo o cachivaches que se arrinconan en el desván de los abuelos. Un ejemplo de este retroceso es el arcón-nevero que tuvo su momento de gloria con la producción industrial de hielo que luego se repartía en trozos o marquetas por los hogares. Pero el arcón-nevero fue prontamente reemplazado en los hogares por ese mueble llamado frigorífico que, traicionando sus orígenes de arcón, ha adoptado la postura vertical que es propia de los armarios.
-La posición vertical o erecta es, además, la propia de los seres humanos vengan de donde vinieren..
Sí, y de los pollos, de los osos bailadores, de los perritos de circo y demás bípedos estables o transitorios.
-¿Y del varón?
Y del varón también, donde los haya.
-¡Qué cosas dice vuestra merced!
Digo.
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