La fuerza no sometida a la ley o ejercida contra la ley es un factor que se agazapa hoy en el fondo de los problemas de la convivencia. Sin salir a la superficie, yace como substrato de todas las paces y de todas las situaciones. Actúa como un factor vergonzante pero dinámico en la organización de los intereses y de la cotidianeidad humana. El evidente retroceso del derecho en tanto que instancia respetada y respetable en sus aplicaciones y consecuencias redunda todavía más en la potenciación de la fuerza como vía de facto en la vida social y política y en el aumento de su disimulado pero efectivo prestigio.
A nadie se le oculta que la fuerza ha sido siempre el último recurso entre pueblos civilizados, incluso en caso de resistencia a la tiranía. En nuestro ciclo cultural, que es el que corresponde al Occidente Europeo, la razón, la moral y el derecho -¿no debíamos decir acaso esa razón que es el derecho?- lucharon por imponerse a la fuerza bruta y lograron dar una coloración distinta a la sociedad y al estado y, en definitiva a la convivencia. Por eso, pese a los olvidos, las negligencias y las claudicaciones, el despotismo nunca llegó a adquirir en nuestro mundo carta de naturaleza como organizador e inspirador total y permanente de la vida social. Esa es la gran diferencia de la cultura de Occidente respecto a las demás culturas del mundo, y aquí reside el pilar más fuerte de su superioridad y lo que hace que, en definitiva, su presencia en la historia haya sido en conjunto beneficiosa para todos.
Ciertamente, ese hábito de ordenar la convivencia de acuerdo a la razón, a la moral y el derecho tuvo sus fallos y no fue siempre ejercido con la misma dedicación y esmero. Tampoco los actores estuvieron siempre de acuerdo acerca del contenido de esas tres instancias que daban a la vida social y política su especial dinamismo. “Errari humani est”, y, tanto como errar, son humanas las vacilaciones de la voluntad y las diversidades de enfoques y pareceres.
Pero aún en los momentos de crisis que marcan puntos de inflexión, como fueron sucesivamente la ruptura de la unidad teológica ocasionada por el protestantismo y la consiguiente aparición de las iglesias nacionales subordinadas al Monarca; como fue así mismo la sustitución del pensamiento teologal por el pensamiento ilustrado que dio lugar al advenimiento del Estado burgués a finales del siglo XVIII; como lo fue también la gran crisis del liberalismo y del humanismo que se produjo en el siglo XX con la explosión de las tensiones del proletariado industrial concomitante a la aparición de los socialismos totalitarios en Rusia y en Alemania, fue posible, digo, la superación de tales situaciones y la renovada continuidad de las instituciones porque por encima de todas las turbulencias destructoras prevaleció un núcleo duro y al parecer inamovible del Derecho Natural que se constituyó en centro vector con vitalidad suficiente para dar sentido, legitimidad y justificación a la constelaciones de intereses sociales que iban surgiendo de las nuevas situaciones.
Sabemos que esta supervivencia no se operó sin una lucha ideológica. Los protagonistas de esta lucha en contra de la concepción de los derechos naturales del hombre fueron los positivistas y los historicistas.
Los positivistas consideraban que no hay más derecho que el contenido en las normas emanadas de los órganos legislativos. En otras palabras, para los positivistas, no hay otro Derecho que aquél que está “puesto” en las leyes y es sostenido por el poder público.
Por su parte, los historicistas, consideraban que el Derecho es fabricado por el hombre para una situación histórica dada. Las normas jurídicas son hijas de su tiempo, y están subordinadas a unas circunstancias concretas creadas para un momento dado de la historia.
El positivismo y el historicismo prevalecieron en la práctica y en la doctrina jurídica y política durante buena parte del siglo XIX y primeras décadas del XX. Pero los ultrajes cometidos por los totalitarismos nazi y comunista y las consecuencias trágicas de la segunda Guerra Mundial desencadenada por ellos, hicieron que la humanidad buscara de nuevo la solución del Derecho Natural.
Este hecho se puede apreciar con toda facilidad si se leen los documentos fundacionales de las Naciones Unidas. En ellos se habla por ejemplo, de “la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Teniendo en cuenta que la palabra española “intrínseca” traduce la inglesa “inherent”, que según el Diccionario de Oxford es aquello que existe como parte o cualidad natural y permanente de algo, se puede percibir con toda nitidez la referencia a la doctrina iusnaturalista. En cuanto al término inalienable, es el empleado por los partidarios del Derecho Natural para subrayar el carácter superior de los derechos del hombre, que se fundamentan en la dignidad de la criatura humana. Dignidad que no ha sido otorgada por ningún Estado o asociación de ellos, que no está ligada a ninguna nación ni a ninguna raza, sexo o religión, sino que pertenece a toda criatura humana y que en definitiva se remite, quiérase o no, a la dignidad de los hijos de Dios.
¿Cuál es la situación actual? ¿Qué queda todavía de ese momento de lucidez? ¿Cómo es posible que la fuerza no reglada y ejercida al margen o en contra de la ley vaya cobrando nuevo poder en nuestra sociedad?
Para dar respuesta a estas preguntas habría que analizar más detenidamente cuestiones como la pervivencia actual del despotismo político totalitario, el auge de la delincuencia organizada y la aparición del terrorismo islamista, paralelamente a la decadencia del ideal occidental con la prevalencia del relativismo y la exaltación del más crudo pragmatismo en el mundo de los negocios y de la política, disfrazados eso sí, de mayores márgenes de libertad. Decadencia que se manifiesta también en el ridículo fraccionamiento de los derechos humanos en multitud de derechos casuísticos, verdaderos pseudoderechos que con su vacuidad minan el prestigio de las normas. Mas adelante habrá ocasión para tratar estos asuntos con mayor detenimiento.
A nadie se le oculta que la fuerza ha sido siempre el último recurso entre pueblos civilizados, incluso en caso de resistencia a la tiranía. En nuestro ciclo cultural, que es el que corresponde al Occidente Europeo, la razón, la moral y el derecho -¿no debíamos decir acaso esa razón que es el derecho?- lucharon por imponerse a la fuerza bruta y lograron dar una coloración distinta a la sociedad y al estado y, en definitiva a la convivencia. Por eso, pese a los olvidos, las negligencias y las claudicaciones, el despotismo nunca llegó a adquirir en nuestro mundo carta de naturaleza como organizador e inspirador total y permanente de la vida social. Esa es la gran diferencia de la cultura de Occidente respecto a las demás culturas del mundo, y aquí reside el pilar más fuerte de su superioridad y lo que hace que, en definitiva, su presencia en la historia haya sido en conjunto beneficiosa para todos.
Ciertamente, ese hábito de ordenar la convivencia de acuerdo a la razón, a la moral y el derecho tuvo sus fallos y no fue siempre ejercido con la misma dedicación y esmero. Tampoco los actores estuvieron siempre de acuerdo acerca del contenido de esas tres instancias que daban a la vida social y política su especial dinamismo. “Errari humani est”, y, tanto como errar, son humanas las vacilaciones de la voluntad y las diversidades de enfoques y pareceres.
Pero aún en los momentos de crisis que marcan puntos de inflexión, como fueron sucesivamente la ruptura de la unidad teológica ocasionada por el protestantismo y la consiguiente aparición de las iglesias nacionales subordinadas al Monarca; como fue así mismo la sustitución del pensamiento teologal por el pensamiento ilustrado que dio lugar al advenimiento del Estado burgués a finales del siglo XVIII; como lo fue también la gran crisis del liberalismo y del humanismo que se produjo en el siglo XX con la explosión de las tensiones del proletariado industrial concomitante a la aparición de los socialismos totalitarios en Rusia y en Alemania, fue posible, digo, la superación de tales situaciones y la renovada continuidad de las instituciones porque por encima de todas las turbulencias destructoras prevaleció un núcleo duro y al parecer inamovible del Derecho Natural que se constituyó en centro vector con vitalidad suficiente para dar sentido, legitimidad y justificación a la constelaciones de intereses sociales que iban surgiendo de las nuevas situaciones.
Sabemos que esta supervivencia no se operó sin una lucha ideológica. Los protagonistas de esta lucha en contra de la concepción de los derechos naturales del hombre fueron los positivistas y los historicistas.
Los positivistas consideraban que no hay más derecho que el contenido en las normas emanadas de los órganos legislativos. En otras palabras, para los positivistas, no hay otro Derecho que aquél que está “puesto” en las leyes y es sostenido por el poder público.
Por su parte, los historicistas, consideraban que el Derecho es fabricado por el hombre para una situación histórica dada. Las normas jurídicas son hijas de su tiempo, y están subordinadas a unas circunstancias concretas creadas para un momento dado de la historia.
El positivismo y el historicismo prevalecieron en la práctica y en la doctrina jurídica y política durante buena parte del siglo XIX y primeras décadas del XX. Pero los ultrajes cometidos por los totalitarismos nazi y comunista y las consecuencias trágicas de la segunda Guerra Mundial desencadenada por ellos, hicieron que la humanidad buscara de nuevo la solución del Derecho Natural.
Este hecho se puede apreciar con toda facilidad si se leen los documentos fundacionales de las Naciones Unidas. En ellos se habla por ejemplo, de “la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Teniendo en cuenta que la palabra española “intrínseca” traduce la inglesa “inherent”, que según el Diccionario de Oxford es aquello que existe como parte o cualidad natural y permanente de algo, se puede percibir con toda nitidez la referencia a la doctrina iusnaturalista. En cuanto al término inalienable, es el empleado por los partidarios del Derecho Natural para subrayar el carácter superior de los derechos del hombre, que se fundamentan en la dignidad de la criatura humana. Dignidad que no ha sido otorgada por ningún Estado o asociación de ellos, que no está ligada a ninguna nación ni a ninguna raza, sexo o religión, sino que pertenece a toda criatura humana y que en definitiva se remite, quiérase o no, a la dignidad de los hijos de Dios.
¿Cuál es la situación actual? ¿Qué queda todavía de ese momento de lucidez? ¿Cómo es posible que la fuerza no reglada y ejercida al margen o en contra de la ley vaya cobrando nuevo poder en nuestra sociedad?
Para dar respuesta a estas preguntas habría que analizar más detenidamente cuestiones como la pervivencia actual del despotismo político totalitario, el auge de la delincuencia organizada y la aparición del terrorismo islamista, paralelamente a la decadencia del ideal occidental con la prevalencia del relativismo y la exaltación del más crudo pragmatismo en el mundo de los negocios y de la política, disfrazados eso sí, de mayores márgenes de libertad. Decadencia que se manifiesta también en el ridículo fraccionamiento de los derechos humanos en multitud de derechos casuísticos, verdaderos pseudoderechos que con su vacuidad minan el prestigio de las normas. Mas adelante habrá ocasión para tratar estos asuntos con mayor detenimiento.
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