Aunque mirada con malos ojos e incluso estampillado con frecuencia con el rótulo despectivo de “seguidismo”, la permanencia de los nuevos líderes en los puestos de gobierno después de un cambio importante de régimen, es un fenómeno ordinario en los procesos de poder. Del poder en general y no solamente del poder democrático.
De entrada, lejos de ser por principio un síntoma de corrupción, la permanencia de los mismos personajes en los altos cargos constituye la única respuesta a la extrema escasez de líderes en los regímenes establecidos sobre sociedades deficitarias de personal capacitado para la ocasión concreta. Y este tipo de déficit se puede producir ya de forma temporal por razones transitorias; ya de forma permanente por razones estructurales.
Entrando en el terreno de los ejemplos, y reduciéndonos en esta ocasión a entidades políticas deficitarias por razones meramente transitorias, hemos de fijar la atención en lo que fueron Alemania, Italia y Francia inmediatamente después de la II Guerra Mundial, cuando se trataba de implantar en ellas el régimen democrático. Ninguno de estos tres grandes Estados-Nación de Europa habrían salido adelante si hubieran prescindido de la permanencia de unos cuantos personajes decisivos a partir de aquel momento de cambio forzoso.
Alemania acababa de ser derrotada; el país había sido repartido en jurisdicciones acordadas entre los vencedores; su territorio había sido mutilado, retranqueadas sus fronteras, asoladas sus infraestructuras, destruido su tejido industrial, comercial y financiero, anulado su sistema productivo y diezmada su población por la guerra en los frentes y por los bombardeos masivos. Estaba, además, los ciudadanos germanos sometida a un proceso durísimo de atrición, que afectó lo mismo a los pseudo valores y símbolos del materialismo nacionalsocialista que a los principios y disposiciones colectivas propios de la mejor tradición alemana. Como efecto de esta concienzuda labor de atrición, que se tradujo socialmente en una profunda purga, muchos alemanes fueron situados legalmente en posición de marginalidad social y de ostracismo político y psicológicamente arrinconados en situación de “disponibilidad” mental que es la antesala del sometimiento. Obviamente, sobre ese magma hubiera sido imposible no ya el establecimiento de un régimen democrático, sino todo intento de gobierno que ambicionara a ir más allá de los puros actos de dominación, a no ser por la permanencia del liderazgo político del cambio.
Algo parecido puede decirse respecto a Italia que tras la II Guerra Mundial se encontró sumida en la miseria económica y en la desorganización más completa, con los mecanismos del poder sometidos a desalentador desguace entre las dentelladas del régimen de Badoglio, de los alemanes en retirada, de los fascistas en la recién establecida República Social de Salò en el Norte de Italia, de las tropas angloamericanas en avance desde el Sur, de las guerrillas comunistas que trataban de ganar la partida interior y de los grupos de alzados democristianos que trataban de salvar lo que podían en aquella situación cercana al caos.
Solo la guerra fría, que indujo a dar por buenos a muchos nazis y hacer la vista gorda sobre otros, permitió que Alemania, aunque ocupada por tropas extranjeras, pudiera alimentar la esperanza de llegar a ser de nuevo una entidad política viable como Estado democrático liberal.. Así de claro.
En Italia, además de la influencia recuperada de la Iglesia Católica que se sustentaba en raíces de siglos, reaparecerían, de mano de los norteamericanos y con efectos que aún se notan en la vida política italiana, los rebrotes de la mafia vencida por Mussolini pero puesta de nuevo en pie por los acuerdos del FBI con el gangster italoamericano “Lucky” Luciano. Sin la influencia de la curia romana y sin la entrega de poder a la mafia por parte de los norteamericanos, hubiera sido muy difícil que el tejido de los gobiernos locales y regionales italianos no hubiese caído en manos de las combativas formaciones comunistas. Así de claro.
Por su parte, Francia pasó en un lapso de seis años -los que van de 1939 a 1945- de guerrear contra la Alemania Nazi a convertirse en su aliada tras el armisticio, para mantener después -como la legendaria hacha “Francisca” de los antiguos francos- el doble filo de dictadura pseudocorporativa con el Mariscal Petain y de una “Francia Libre” con el General De Gaulle, y finalmente montarse en el carro de la Victoria aliada con los honores que correspondían a su tercería respecto a los anglosajones. Tales malabarismos no cursaron sin costos. Los izquierdistas sufrieron sangrienta persecución en la Francia de Petain y, a su vez, al final de la guerra, fueron ejecutados oficialmente once mil franceses consideradas colaboracionistas, sin contar los muchos asesinatos perpetrados por “elementos incontrolados”. En la cuenta de las víctimas de estos últimos, un nutrido grupo de trabajadores españoles en la estación de Hendaya. Una “limpia” en toda la regla que tuvo los mismo efectos de una guerra civil sin las destrucciones materiales que ésta hubiera ocasionado. El drástico cambio y la necesidad de los vencedores de establecer un nuevo orden produjo, también en Francia, un cuello de botella en cuanto al personal disponible para los altos cargos, aunque el llamado “chauvinismo” actuó con suficiente eficacia para no descargar la vara en todos los posibles culpables, a fin de no dejar colapsada la Administración del Estado. Así de claro.
Examinando estas condiciones ¿quién habría de extrañarse que durante décadas la vida política alemana fuera dominada por una sola figura señera, la de Conrad Adenauer, como en otros aspectos y más tarde lo fuera Willy Brandt? ¿O que en Italia la política nacional fuera manejada durante un largo período por un grupo reducido de notables como Alcide De Gasperi, biliotecario del Vaticano, o el economista Luigi Einaudi? ¿O que en Francia fuera el General De Gaulle el personaje decisivo durante décadas? Con toda razón podemos preguntarnos: ¿Qué habría pasado sin la permanencia de estos personajes que fueron protagonistas de los cambios radicales experimentados en cada uno de los países antedichos?
Porque, en efecto, es el cambio profundo el que ocasiona la permanencia de los protagonistas del mismo en los primeros puestos de la política. Recordemos que la permanencia de los personajes tras el cambio es un fenómeno de poder.
Esta última aseveración nos permite pensar, como colofón que abrirá paso a un nuevo análisis, en un cambio radical que presenciaron los españoles en tierra propia. Me refiero al paso que llevó desde el régimen de Franco al régimen democrático. Se trata de la llamada “transición pacífica” que ahora parece que se quiere poner, no en tela de juicio solamente, sino a la misma sombra de la horca. ¿Por qué? Detrás de la transición caracterizada como pacífica encontramos una guerra, igual que en Europa tras la II Guerra Mundial. Encontramos también la necesidad de sustituir un régimen autoritario de acentuado personalismo, parcheado de rasgos totalitarios y etiquetado de confesional, por otro de índole y factura democrática. Observamos en la transición española y en sus efectos y repercusiones, algunos rasgos atípicos que la caracterizan como un cambio distinto a los europeos. Hemos de tomar consciencia de esa atipicidad y analizarla. Pero este tema merece atención aparte para utilidad de todos.. Otra vez será.
De entrada, lejos de ser por principio un síntoma de corrupción, la permanencia de los mismos personajes en los altos cargos constituye la única respuesta a la extrema escasez de líderes en los regímenes establecidos sobre sociedades deficitarias de personal capacitado para la ocasión concreta. Y este tipo de déficit se puede producir ya de forma temporal por razones transitorias; ya de forma permanente por razones estructurales.
Entrando en el terreno de los ejemplos, y reduciéndonos en esta ocasión a entidades políticas deficitarias por razones meramente transitorias, hemos de fijar la atención en lo que fueron Alemania, Italia y Francia inmediatamente después de la II Guerra Mundial, cuando se trataba de implantar en ellas el régimen democrático. Ninguno de estos tres grandes Estados-Nación de Europa habrían salido adelante si hubieran prescindido de la permanencia de unos cuantos personajes decisivos a partir de aquel momento de cambio forzoso.
Alemania acababa de ser derrotada; el país había sido repartido en jurisdicciones acordadas entre los vencedores; su territorio había sido mutilado, retranqueadas sus fronteras, asoladas sus infraestructuras, destruido su tejido industrial, comercial y financiero, anulado su sistema productivo y diezmada su población por la guerra en los frentes y por los bombardeos masivos. Estaba, además, los ciudadanos germanos sometida a un proceso durísimo de atrición, que afectó lo mismo a los pseudo valores y símbolos del materialismo nacionalsocialista que a los principios y disposiciones colectivas propios de la mejor tradición alemana. Como efecto de esta concienzuda labor de atrición, que se tradujo socialmente en una profunda purga, muchos alemanes fueron situados legalmente en posición de marginalidad social y de ostracismo político y psicológicamente arrinconados en situación de “disponibilidad” mental que es la antesala del sometimiento. Obviamente, sobre ese magma hubiera sido imposible no ya el establecimiento de un régimen democrático, sino todo intento de gobierno que ambicionara a ir más allá de los puros actos de dominación, a no ser por la permanencia del liderazgo político del cambio.
Algo parecido puede decirse respecto a Italia que tras la II Guerra Mundial se encontró sumida en la miseria económica y en la desorganización más completa, con los mecanismos del poder sometidos a desalentador desguace entre las dentelladas del régimen de Badoglio, de los alemanes en retirada, de los fascistas en la recién establecida República Social de Salò en el Norte de Italia, de las tropas angloamericanas en avance desde el Sur, de las guerrillas comunistas que trataban de ganar la partida interior y de los grupos de alzados democristianos que trataban de salvar lo que podían en aquella situación cercana al caos.
Solo la guerra fría, que indujo a dar por buenos a muchos nazis y hacer la vista gorda sobre otros, permitió que Alemania, aunque ocupada por tropas extranjeras, pudiera alimentar la esperanza de llegar a ser de nuevo una entidad política viable como Estado democrático liberal.. Así de claro.
En Italia, además de la influencia recuperada de la Iglesia Católica que se sustentaba en raíces de siglos, reaparecerían, de mano de los norteamericanos y con efectos que aún se notan en la vida política italiana, los rebrotes de la mafia vencida por Mussolini pero puesta de nuevo en pie por los acuerdos del FBI con el gangster italoamericano “Lucky” Luciano. Sin la influencia de la curia romana y sin la entrega de poder a la mafia por parte de los norteamericanos, hubiera sido muy difícil que el tejido de los gobiernos locales y regionales italianos no hubiese caído en manos de las combativas formaciones comunistas. Así de claro.
Por su parte, Francia pasó en un lapso de seis años -los que van de 1939 a 1945- de guerrear contra la Alemania Nazi a convertirse en su aliada tras el armisticio, para mantener después -como la legendaria hacha “Francisca” de los antiguos francos- el doble filo de dictadura pseudocorporativa con el Mariscal Petain y de una “Francia Libre” con el General De Gaulle, y finalmente montarse en el carro de la Victoria aliada con los honores que correspondían a su tercería respecto a los anglosajones. Tales malabarismos no cursaron sin costos. Los izquierdistas sufrieron sangrienta persecución en la Francia de Petain y, a su vez, al final de la guerra, fueron ejecutados oficialmente once mil franceses consideradas colaboracionistas, sin contar los muchos asesinatos perpetrados por “elementos incontrolados”. En la cuenta de las víctimas de estos últimos, un nutrido grupo de trabajadores españoles en la estación de Hendaya. Una “limpia” en toda la regla que tuvo los mismo efectos de una guerra civil sin las destrucciones materiales que ésta hubiera ocasionado. El drástico cambio y la necesidad de los vencedores de establecer un nuevo orden produjo, también en Francia, un cuello de botella en cuanto al personal disponible para los altos cargos, aunque el llamado “chauvinismo” actuó con suficiente eficacia para no descargar la vara en todos los posibles culpables, a fin de no dejar colapsada la Administración del Estado. Así de claro.
Examinando estas condiciones ¿quién habría de extrañarse que durante décadas la vida política alemana fuera dominada por una sola figura señera, la de Conrad Adenauer, como en otros aspectos y más tarde lo fuera Willy Brandt? ¿O que en Italia la política nacional fuera manejada durante un largo período por un grupo reducido de notables como Alcide De Gasperi, biliotecario del Vaticano, o el economista Luigi Einaudi? ¿O que en Francia fuera el General De Gaulle el personaje decisivo durante décadas? Con toda razón podemos preguntarnos: ¿Qué habría pasado sin la permanencia de estos personajes que fueron protagonistas de los cambios radicales experimentados en cada uno de los países antedichos?
Porque, en efecto, es el cambio profundo el que ocasiona la permanencia de los protagonistas del mismo en los primeros puestos de la política. Recordemos que la permanencia de los personajes tras el cambio es un fenómeno de poder.
Esta última aseveración nos permite pensar, como colofón que abrirá paso a un nuevo análisis, en un cambio radical que presenciaron los españoles en tierra propia. Me refiero al paso que llevó desde el régimen de Franco al régimen democrático. Se trata de la llamada “transición pacífica” que ahora parece que se quiere poner, no en tela de juicio solamente, sino a la misma sombra de la horca. ¿Por qué? Detrás de la transición caracterizada como pacífica encontramos una guerra, igual que en Europa tras la II Guerra Mundial. Encontramos también la necesidad de sustituir un régimen autoritario de acentuado personalismo, parcheado de rasgos totalitarios y etiquetado de confesional, por otro de índole y factura democrática. Observamos en la transición española y en sus efectos y repercusiones, algunos rasgos atípicos que la caracterizan como un cambio distinto a los europeos. Hemos de tomar consciencia de esa atipicidad y analizarla. Pero este tema merece atención aparte para utilidad de todos.. Otra vez será.
No hay comentarios:
Publicar un comentario