La saturación informativa es comprobable incluso en el patear la calle de todos los días. Por supuesto, la saturación de la que hablo no es la que padecen las agencias informativas obligadas a adelgazar el flujo noticioso que ofrecen al lector. No es tampoco el atasco que se produce en los servicios de inteligencia que confían a programas informáticos la labor de interpretar el cúmulo desordenado de datos recogidos y encima han de interrelacionarlos y tomar decisiones consecuentes mientras los expertos matan el tiempo contemplando pornografía o ligando por Internet. Estas distracciones y esos programas hacen muy difícil señalar culpables en el caso de que suene la alarma por alguna equivocación, que las ha habido sonadas Y no hay que insistir que equivocaciones las seguirá habiendo en el ámbito oficial mientras baste echarle la culpa al programa para salir airoso de cualquier atolladero.
No; de la que yo hablo es de la saturación informativa que se produce en la rodadura cotidiana de la existencia particular, y cuyo agente causal –se dice- son las facilidades que dan los teléfonos móviles, también llamados teléfonos celulares o telefoninos.
Ciertamente, como me ha querido aclarar un amable lector, en el uso de estos medios técnicos hay que contar con la frontera de las edades y por lo tanto no se pueden hacer inferencias generales que abarquen a la población entera. Pero, con todo, la abundancia de información trivial que los telefoninos transmiten da ocasión a que se produzcan entre los usuarios de todas las edades y condiciones verdaderos atascos verbales que hay que suponer también mentales. No digo que el personal sea tonto, pero si que lo parece. Y entre los tontos me incluyo, pues antes de repicar he ido en la procesión.
¿No es ahora casi normal sostener un diálogo de besugos como el siguiente? : “Estoy bajo los portales de la plaza”. “Yo también; pero no te veo.” “Es que me he retirado un poco para que me oigas porque donde estaba se iba la voz.” Y luego la revelación final:“Ah, ya te veo.” Y qué decir de este otro, quizá más propio de merluzos que se enfrentan a bacalaos: “¿donde estás?” “En el centro.” “¿Qué centro?” “¿Y qué centro iba a ser?” Esto, amigos, es trivialidad combinada con ganas de bronquear
Existe, al lado del gran fenómeno informativo, pseudoinformativo, desinformador y de sinformante, que afecta sobre todo a los medios oficiales, oficiosos y subvencionados, un parloteo vanal de la información que es a lo que me estoy refiriendo ahora. Pero no echemos toda la culpa a la telefonía, ella no es más que un instrumento. Los verdaderos agentes del atasco trivial somos los seres humanos. Cada uno a su manera.
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