El patrimonio artístico tiene algo de sutil y evanescente para el público, que propende a clasificarlo entre las cosas admirables pero al mismo tiempo inútiles. Además, la abundancia de vestigios histórico-artísticos -peor o mejor conservados- en los más apartados rincones de la península, favorece más el apego a lo local que el aprecio de lo general. Encorsetado en las apreturas de una exaltada ufanía lugareña, cada cual se siente vinculado a lo suyo y alejado, cuando no despreciador, de lo ajeno que, bien examinado, no lo sería tanto. Dentro de este panorama mediocre, solamente roto por los grandes museos, dos noticias destacan por su interés. Por una parte, la inauguración, tras seis años de trabajo, del edifico que en Irún servirá de depósito y de lugar de recuperación, restauración y difusión del patrimonio artístico, arqueológico y etnográfico de Guipúzcoa; y, por otra, la culminación de los estudios para la recuperación de esa maravilla del barroco civil que constituyen los monumentos dañados por el terremoto de la ciudad de Lorca.
Es admirable la prontitud y el orden con que fue socorrida la ciudad murciana pero tan importante como eso es que el estudio y evaluación de los daños sufridos permita hoy acometer las actuaciones encaminadas a la recuperación de su patrimonio artístico, tarea que es responsabilidad conjunta de la Direccion General de Bienes Culturales del Ministerio de Cultura, de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia y del Ayuntamiento de Lorca.
La crisis económica actual tiende a destacar las necesidades materiales más perentorias en detrimento de otras más sutiles como son las relativas al patrimonio cultural e histórico. Así que el problema real será conseguir los recursos para ese Plan de Recuperación que deberá entrar en vigor el 1 de julio y durará cinco años; como lo será el mantener con dignidad el gran depósito de Irún Con los tiempos que corren estamos tentados de exclamar: “¡Largo me lo fiais !” Pero en todo caso habría que recordar que lo que se invierta en iniciativas como las aquí descritas, no será dinero perdido. Las funciones del patrimonio histórico y cultural no son únicamente identitarias como suelen creer los que se complacen en lamer la sopa de su propio bigote, sino que pueden ser materialmente productivas, generadoras de actividad y fuente de trabajo para nuestros desamparados licenciados. Ejemplos sobran en el mundo; y, en las distancias cortas tenemos a Cintra en Portugal, o Toledo y La Granja, dentro de la Piel de Toro.
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