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miércoles, 7 de febrero de 2007

¡Responded ante los Botones!

Se dice que la curiosidad es la madre del conocimiento. Pero, a veces, por mucha curiosidad que se tenga, no se llega a los conocimientos útiles. Cuenta Charles Darwin en “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, un ejemplo que resulta clásico: los indios fueguinos mostraban harta curiosidad por las botonaduras doradas del uniforme de los tripulantes del Beagle y por la pipa del capitán, que no les valían para nada; pero, en cambio, les daba por un ardite las balleneras, los anzuelos o el sistema de propulsión del barco, objetos que les hubiera permitido sacar conclusiones capaces de mejorar algunos aspectos de su precaria y miserable vida de pescadores en las heladas aguas de los fiordos australes. Aquellos pobres hombres tenían curiosidad pero, en un medio extraño en el que había que indagar más profundamente que de ordinario, no sabían discernir los que mejor podían hacer con ella.

Puede ser también que se tengan claros los objetivos de la propia curiosidad pero, no obstante, se carezca del campo de observación apropiado para sacar conclusiones válidas. Así, Aristóteles, puesto a indagar sobre la zurdera, llegó a la conclusión de que las mujeres eran todas diestras, error al que seguramente fue inducido por defecto de la muestra que sometió a observación.

Pero dejemos al naturalista y al filósofo con sus preocupaciones y vayamos a la curiosidad de todos los días, a esa en la cual se esconden las raíces poderosas de las relaciones humanas y de la cohesión social.

Sobre esta curiosidad están montadas en buena parte las posibilidades de comunicación, base del conocimiento recíproco sobre el cual se afianza el atractivo o la repulsión entre las personas. En consecuencia, aunque nos cuesta identificar esta realidad, la curiosidad es la base de la emulación que empuja a superar los propios límites, y de la imitación que uniformiza hábitos costumbres y usos sociales; como es también el factor que anima las reuniones, impulsa las fiestas y los banquetes, estimula a quienes asisten a los desfiles, los bailes y las galas, y es el elemento que sostiene toda asamblea a la cual se concurre para ver y para dejarse ver. Resumiendo, es la curiosidad la que ayuda a entrar en esa cercanía que permite descubrir las afinidades y convergencias que nos acercan a los otros, lo mismo que las divergencias y contrariedades que nos alejan de ellos.

Ciertamente, en cualquier indagación sobre la naturaleza o sobre la sociedad hay que precisar los objetivos y demarcar el campo para que la curiosidad no quede atrapada en fruslerías como los fueguinos de Darwin, o elegir bien la muestra que se ha de examinar para no perderse en conclusiones erróneas como Aristóteles con las mujeres zurdas. Pero inquirir con curiosidad acerca de nuestros semejantes es una tarea que exige la más extremada delicadeza y la prudencia más aquilatada en cuanto que está en juego el factor humano, el más valioso de todos.

La indagación sobre los otros no debía traspasar nunca los límites del respeto a la intimidad ni vulnerar la dignidad del sujeto indagado. De no guardar este límite, la aproximación curiosa, connatural a nuestra condición de seres sociales, inteligentes y, por lo tanto, capacitados para conjeturar e inclinados a hacerlo, se convierte en un ejercicio contraproducente, o sin sentido en el mejor de los casos.

No hay ningún sector dentro de amplísimo campo de la realidad a nuestro alcance que tenga más atractivos, que presente más motivos de seducción, que más facilidades brinde a los avances de la aproximación curiosa, que la vida de nuestros semejantes, de aquellos que con nosotros comparten la condición y naturaleza de personas humanas. Precisamente por eso, cualquier pretexto –incluso algunos tan opuestos entre sí como son el deseo de reirse a costa de los demás y el propósito de hacer el bien- pueden llegar a parecer válidos para azuzar sobre los demás la propia curiosidad sin medida. Lo mismo acontece con nuestras propias vidas en relación a la curiosidad de los demás. Y curiosidad sin medida es, para empezar, aquella a la cual no se le han marcado objetivos previamente, ni se le ha acotado con nitidez un campo dado.

Esta curiosidad sin límites es en realidad una curiosidad incontinente, desorientada, diarreica. Una curiosidad potencialmente dañina, que con harta frecuencia es causa de conflictos, ocasión de soterrados resentimientos, y en todo caso, fuente segura de desconsideraciones y de abusos grandes y pequeños. Una curiosidad para la cual las dimensiones existenciales –y diferenciales- de la vida personal del próximo no parecen contar; una avidez malsana de saber más y más que proporciona al curioso una enorme cantidad de información inconexa y difícil de interpretar y que, precisamente por esto, incita al subrayado de lo novedoso, de lo bizarro, de lo chocante, de lo extraño, de lo perfectamente inútil o de lo perfectamente injusto, siempre en detrimento del próximo, por supuesto De este tipo de curiosidad surgen las murmuraciones que tiñen de mezquindad la vida familiar, y nace el chismorreo maligno que envenena la vida social y vecinal.

Para que la curiosidad cotidiana adquiera altura moral es preciso hacerla pasar a través del tamiz de la propia conciencia; sólo así será apta para propiciar la cordialidad y favorecer la sinceridad en las relaciones interpersonales.

La dificultad reside, ciertamente, en determinar cuáles son los objetivos que deben señalarse y el campo que deba acotarse a la curiosidad. Para superar esa dificultad, nada más importante que acostumbrarse a considerar al otro en la plenitud de su ser material y espiritual, en acentuar aquello que lo hace próximo a nosotros y dirigir una mirada preferente a aquello que lo hace a nuestros ojos digno de toda consideración. También es muy útil articular nuestros intereses con los ajenos y esforzarse por aparejar el respeto que para nosotros queremos con el respeto que el próximo –al que suponemos con conciencia recta e ilustrada- exigiría si tuviera la certeza de estar expuesto a una curiosidad abusiva y desconsiderada.

Erradicar de nuestras vidas esta curiosidad desbordada quizá no sea una labor imposible, pero de los enormes obstáculos que entraña nos habla el hecho de que sobre curiosidades de esta laya está montada la gran industria del chismorreo. Pantallas y publicaciones destapan, unas veces inventándosela, otras comprándola en exclusiva, otras sorprendiéndola, otras exhibiéndola sin respeto, la vida de los demás. Este hecho trivializa públicamente la intimidad, la convierte en mercancía, la asimila a un objeto de mostrador y convierte el mal gusto en hábito social que penetra en todos los ámbitos colectivos y personales. Pero nadie obliga a nadie; por lo cual habrá que ir pensando en asumir la responsabilidad que a cada uno le corresponde ante las teclas, los diales, los botones o los conmutadores. Esto, por supuesto, a falta de instancias de más enjundia que, hoy por hoy, han sido expulsadas a extramuros de las vigencias que acepta el “pensamiento correcto”. Os valga, pues, si con esto os basta, la consigna ¡responded ante los botones!

Pero el meollo del asunto no está en los medios. Se dijo hace siglos que “el vulgo es necio y, pues lo paga, es justo hablarle en necio para darle gusto”.Todos estamos hechos de la misma pasta. Siempre se corre el riesgo de estar con el vulgo, de ser vulgar, rematadamente vulgar, estúpidamente vulgar. Pero en materia de curiosidad desbocada hacia el próximo, ser vulgar es, además, una forma de ser injusto y esto, quizá, baste para que se activen en noble rebote los pensamientos altos y el sentir profundo.

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