En dictadura o democracia, en monarquía o república – y no deja de ser paradoja- el actual Reino de las Diecisiete Repúblicas ha sido y es un país de manifestaciones.
Paradigmáticas son algunas de ellas, además de opuestas. Juzgue el lector comparando las que sin revolver mucho he encontrado en el cajón de los recortes. Allí está en primer lugar la manifestación que, frente al palacio de Oriente y al grito de “¡Se llevan al Infante¡” inició la sangrienta jornada del 2 de mayo en el Madrid ocupado por los ejércitos de Napoleón.
Allí también la que, anticipando júbilos que después no se cumplieron, recorrió Madrid el día del advenimiento de la II República. Allí la antonomásica manifestación de la Plaza de Oriente en tiempos de Franco, que congregó asombrosas multitudes, e inauguró el invento español de las manifestaciones convocadas desde el poder, moda que tiene brillantes y asiduos continuadores en la España autonómica.
Alli, la que en el Madrid de nuestros días atronó el ámbito con el grito de ¡Miguel Angel¡ ¡Miguel Angel ¡ como invocando al Arcángel, cuando el secuestro y atroz asesinato del joven Miguel Angel Blanco. Y, por fin, la que, gigantesca e inquietante, ratificó en las calles el talante mozárabe de la España de hoy y anunció la caída del PP tras el atentado del 11-M.
Pero, si se quiere matizar un poco más acerca de la eficacia de las manifestaciones en orden a inquietar, modificar o derrocar a los poderes establecidos, hay que abandonar las distancias cortas. Con ese propósito me propongo comenzar aludiendo a lo que aconteció en la primera revolución rusa, cuando la ocupación de la calle obligó al Zar a reconocer la Duma en 1905.
También se puede considerar lo sucedido en Francia durante la crisis de 1958, que llevó a De Gaulle al poder; y lo que ocurrió en las calles de Argel los días de la sublevación de los pieds noir en 1960 como protesta por el relevo del General Massou y, de nuevo, por la sublevación del Ejército en 1961 que desembocaría en la actividad terrorista de la O.A.S. y el contraterrorismo sanguinario de los servicios franceses de inteligencia.
Enfocando la mira a Suramérica, se puede evocar la noche aquella del 17 de octubre de 1945 cuando un gobierno militar argentino se vió literalmente encerrado en la Casa Rosada por una gigantesca manifestación –más de un millón de personas- que pedía la libertad del entonces Coronel Juan Domingo Perón que había sido preso y confinado en la isla de Martín García. La manifestación había sido convocada por una oscura locutora llamada Eva Duarte, y fue tan eficaz que el gobierno se vio obligado aquella noche a tomar decisiones que cambiarían la historia moderna de la República Argentina y abrirían a los justicialistas el camino directo al poder.
En los Estados Unidos, país donde la comercialización ha llegado también a la organización de “demonstrations” por agencias especiales, las manifestaciones de raigambre política han jugado no obstante un papel insustituible en la evolución del país. Citemos solamente las organizadas en torno al lider Martin Luther King en su campaña por la igualdad de los negroamericanos ante los Derechos civiles.
Recuerde también el lector que el ascenso de Jomeini fue allanado por continuas manifestaciones que terminaron produciendo el colapso del régimen del Sha.
En tiempos recientes, y refiriéndose a Bolivia, es preciso rememorar la continuada ocupación de la calle por las manifestaciones de sindicalistas y cocaleros que provocaron la renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Losada y abrieron paso al triunfo electoral de Evo Morales.
En todos los casos enumerados anteriormente, el ariete de las crisis lo han constituído las manifestaciones.
Pero ha habido manifestaciones que, aunque planeadas seriamente para tomar el poder, no consiguieron su objetivo. Entre éstas se puede citar en primer lugar el fallido Pustch de 1923 contra el gobierno bávaro, intentado por Hitler y Ludendorff por medio de una manifestación. Disuelta ésta por la fuerza, Adolf Hitler fue apresado, juzgado y condenado a cuatro años de prisión de los cuales, por cierto, como correspondía a una democracia permisiva, solo tuvo que cumplir uno, precisamente el que empleó en pergeñar su obra Mein Kampf, resumen propagandístico de su ideario político.
Otro ejemplo famoso de manifestación que no logró su propósito de derrocar al gobierno fue la organizada en la ciudad de México aprovechando la plataforma publicitaria que ofrecía la proximidad de los Juegos Olímpicos que habían de celebrarse en la capital azteca. Disuelta a tiros la manifestación por las fuerzas gubernamentales, se produjo la llamada “matanza de Tlatelolco”, con más de trescientos muertos en la calle, la mayoría estudiantes, sin que el gobierno tuviera que alterar su política.
Ejemplos más recientes, y seguro que más frescos en la memoria de muchos, son las manifestaciones de la plaza de Tiennanmen, en Pekín, que también terminaron en una carnicería sin que de la misma se derivaran efecto político digno de nota. Refiriéndose al número de víctimas, el lider comunista Teng Hsiao-Ping diría que si cada veinte años hubiera que matar mil estudiantes chinos para salvaguardar la paz de mil millones de chinos, había que hacerlo sin vacilación. Es la matemática simple del pragmatismo comunista y, no nos engañemos, de todos los pragmatismos.
El poderoso efecto político de las manifestaciones que lograron sus fines, y el elevado costo en vidas de aquella que fracasaron, solo pueden causar perplejidad a quienes olvidan que las manifestaciones son ante todo una muestra o un alarde de poder, y no la inocua expresión de un estado de opinión que el idealismo quiere que sean.
La distinción es importante y vale la pena insistir en ella. Ciertamente puede suponerse con todo fundamento que quienes nutren las filas de las manifestaciones estén de acuerdo sobre un determinado punto o coincidan respecto a un conjunto dado de intereses, pues la presencia activa de una opinión aglutinante es al fin y al cabo lo que distingue a las manifestaciones respecto a los simples motines. Cierto también que las manifestaciones autorizadas estén jurídicamente incluidas dentro del esquema del Derecho de Expresión. Pero ninguno de estos datos puede negar que, debajo de cualquier manifestación que se produzca en el mundo, subyace la desnuda capacidad de adueñarse de la calle –ya sea por el número de los asistentes, ya sea por la intensidad de su presencia callejera-. Y que esa capacidad fáctica actúa de aviso y señal acerca de la posibilidad de que quienes ocupan la calle sean también capaces de tomar el poder, de ponerlo en apuros o, en el caso más benigno, de influir sobre sus decisiones por vías que no son las ordinarias y previstas.
O sea, dicho de otra forma: toda manifestación es una muestra de la capacidad de alterar momentáneamente el orden establecido, entendiendo que esa alteración podría, llegado el caso, convertirse en algo más prolongado y profundo, muy por encima de los permisos y autorizaciones en caso de que estas hayan sido concedidas por la autoridad competente.
¿Qué significado tienen las manifestaciones dentro del horizonte del sufragio, que es el propio de un sistema democrático? Obviamente, en este caso hay un significado que destaca por encima de cualquiera otra interpretación: se trata de poner de manifiesto que la decisión que ha llevado a tanta gente a hacerse presente en la calle en un momento dado, continuará con idéntica intensidad hasta que llegue la ocasión de ejercer el sufragio, influyendo, por lo tanto, en el resultado de las votaciones.
El horizonte democrático es, pues, sin mayor dificultad, perfectamente compatible con las manifestaciones, pero no es algo que pueda considerarse inherente a ellas si se las considera en su condición de fenómeno de masas y de vías de hecho que el orden jurídico trata de domesticar a través de la autorizaciones o permisos otorgados bajo diversas apariencias. En este sentido, las manifestaciones en democracia son como el “juego de raspa y gana”, basta una pequeña escarificación en su revestimiento jurídico y su fondo de fuerza queda al descubierto. Con las manifestaciones no hay que jugar en vano.
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