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viernes, 18 de mayo de 2007

Glosa Maleva del Machete

Machete es el macho pequeño, casi el machito. Como los diminutivos en castellano tienen una vertiente que da al cariño y otra que da al desprecio, sentimientos que parecen impropios para ser dedicados a un objeto, la palabra ha quedado fijada en “machete”, que es como si se dijera, un macho mocete, un macho adolescente, un macho barbián con el cual se puede golpear por el plano con la pesadez de un mazo, y herir por su único filo con la eficacia del sable, pero sin la necesidad de exhibir refinadas esgrimas.

El machete es herramienta ruda y pluri-valente que encima es reversible en arma. Eso aclara el por qué, para herir o golpear con él -y es lección que se debe dar por sabida- no se requieren más pericias ni convienen otras mañas que las muchas que se aprenden en el desempeño de los trabajos agrícolas de poda, corte y roza y los forestales y viarios de abrir camino en la espesura luchando a brazo partido contra los bejucos y los matorrales que cierran el paso.

Para cortar la caña, para podar un árbol o para abrir una trocha en la floresta, la fuerza requerida en las manos es tal, que un experto machetero se puede considerar, sin más averiguaciones, y sin que sepa siquiera dibujar la O con un canuto, graduado “cum laude” en el arte de cortar cabezas, partir en dos un torso o cercenar de golpe un brazo, tareas en las cuales la alta tecnología ha revelado tener mayor eficacia destrozona, pero sin la precisión artesana de aquella arma blanca cuando es empleada por un verdadero experto. Un machetazo bien asestado produce una herida muy limpia, siempre grave y de difícil remiendo. Y todos esos estragos se consiguen a lo barato.

-Lo maté con el machete de paseo- oí decir a un acusado de asesinato, queriendo él demostrar que si de verdad hubiera pretendido asegurar la muerte de su enemigo lo hubiera atacado con el machete de fajina que es mucho más largo y pesado que el de paseo.

El machete, herramienta de peones, es arma popular y tosca, no reglamentaria, que se puede manejar con las manos sucias, el cerco de las uñas negro y el corazón sin amago de caballerosidad.

El pequeño ejército loco que fue el de Sandino, caudillo popular al que un entusiasta periodista llamó el Quijote montado en burro, hizo amplio uso del machete e incluso ideó nuevas y creativas labores, aunque a la postre sus invenciones resultaron demasiado parecidas a las que corresponden a un taller de sastrería y confección de ropa, con la sola reserva de que el género empleado eran cuerpos vivientes. Inventaron así el “corte de chaleco” que era corte multimodal con dos heridas a cada lado del vientre convergentes en el ombligo, más sendos cortes cercenadores de los dos brazos. A semejanza de un chaleco, prenda, que, como se sabe, carece de mangas.

También pusieron de moda el “corte de corbata” que aplicaron a los campesinos que a su juicio se iban de la lengua: fino corte en el gañote, como para una traqueotomía, por el que se extraía la lengua que quedaba colgada adornando el pecho al estilo de la prenda que da nombre a ese golpe de machete tan ingenioso. Así, hasta que el encorbatado expiraba.

Y paro de contar barbaridades, no vaya a ser que se me eche en cara que no me importa herir sensibilidades, o que no estoy a la altura de la reconocida delicadeza de los tiempos actuales, o que estoy posicionándome contra las insurrecciones populares a las cuales hay que presumir siempre justas igual que los pequeños burgueses consideran merecidas todas las vacaciones que se toman o les dan. Pero quiero dejar constancia expresa de que no me faltan en el repertorio numeritos al estilo de los anteriores.

El machete de que estoy hablando no debe ser confundido con el machete reglamentario. Este es un arma blanca militar con filo a un solo lado, dotado de ranura para sangrar y que, igual que la bayoneta, se puede acoplar al fusil. Y que conste que esto del acoplamiento tiene su importancia para el origen del nombre del machete, pues en antiguos tiempos, quiero decir cuando aún no había estallado la revolución de géneros, y la gente pensaba tontamente que un “miau” era distinto de un “guau”, y un bombardino de un bombardón, había la costumbre de llamar macho –en este caso, machete- a toda pieza que se encajaba, se acoplaba, se ensamblaba, se empalmaba o se metía en otra que era, sólo por ese pequeño detalle, llamada hembra. El lenguaje corriente está lleno de machos, macho la parte del corchete que se introduce en la hembra, macho, el obturador cónico de los grifos, machos los de los enchufes eléctricos… Pero el valor simbólico se acumula exclusivamente en el machete, herramienta pluri-valente de la que hemos hablado primero. Se dice en efecto, de ciertas repúblicas que son “países de la hamaca, la mecedora y el machete”: la hamaca que adormece responsabilidades y fomenta la pereza, la mecedora que crea la sensación de movimiento sin cambiar de sitio y el machete representante del “todo vale” y del “vale para todo” convertida, en ocasiones, en pauta de las actuaciones del gobierno o de los ciudadanos. Y esto viene de que el machete, que sirve para una gran variedad de tareas, es eficaz si las exigencias del usuario se satisfacen con cierta tosquedad en la ejecución, o, más frecuentemente, si sus ambiciones no traspasan los límites de los pequeños intereses individualistas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ha sido agradable leerle. Tiene gancho. Y menos mal que no hay ganchete!

Ignacio dijo...

Qué bueno por fin encontrarle. Leo sus artículos los lunes siempre que puedo. Pero de unos años a aquí sólo compramos prensa los fines de semana. :(

Le añado a Favoritos. Un saludo!