Es una comprobación que cualquiera de nosotros puede hacer: nuestra sociedad tiende a ser cutre.
Y que conste que no tendría ningún reparo en aceptar la posibilidad de considerar con toda seriedad que un cierto grado de cutrez en planteamientos, desarrollos y resultados sea poco menos que inseparable de una sociedad de masas.
En el fondo, resultaría casi lógico que así fuera, puesto que partimos de las engañosas premisas de que todos deben tener acceso a todo y de que nada debe costar un gran esfuerzo a nadie.
Montones de comodidades, conveniencias y hasta lujos que antaño estaban sólo al alcance de unos pocos que por eso los consideraban como un premio a sus esfuerzos o un galardón inseparable de su posición de miembros destacados de la sociedad, son ahora meros artilugios o ·gadgets· a disposición de la generalidad de los individuos que se ven compelidos a su consumo por una propaganda cotidiana y envolvente que, encima de todo, resulta injusta por ser embustera.
Así, ha venido a resultar, incluso, que el punto de referencia para definir la identidad grupal ya no es la pertenencia a la “ciudad”, eso que antes se llamaba ciudadanía y que permitía hablar de conciudadanos. Ni la veneración a la tierra de los padres, que imponía al menos ciertas obligaciones con el corro que compartía tal condición, lo que se llamaba patriotismo y permitía hablar de compatriotas. Ni tan siquiera una cierta selección de gustos y de preferencias, eso que en algún momento de la Historia se llamó estilo. No. Lo que define la identidad grupal tiende a ser, cada vez más radicalmente la posición que cada uno ocupa respecto a las posibilidades de consumo ávido y desagradecido.
Pero no se trata de llorar sobre configuraciones sociales perdidas o desdibujadas, sino de recalcar cómo las amplísimas mayorías afectadas por este fenómeno, incapaces de percibir su efecto aplastante y achatador al que confunden con la deseable y continuamente escamoteada igualdad de oportunidades, se sienten y actúan, protestan y aplauden de acuerdo a su condición de consumidores que llega a parecerles inevitable y necesaria, sin que esa necesidad se refleje para nada en exigencia de calidad. Y esto abarca todo, desde el atuendo hasta el pensamiento, marcados por una moda que todo lo nivela, hasta los programas de radio y de televisión más la publicidad, obedientes a clichés que se inclinan a conformar actitudes y a modelar expresiones.
Este fenómeno, ¿es inevitable en la sociedad de masas o corresponde tan solo a un momento concreto del desarrollo de la misma?
O, cantado de otra forma, pero con la misma solfa ¿es imposible evitar que la generalización de un determinado factor material lleve consigo su encanallamiento? O, incluso, cabría formular esa pregunta de una forma que sugiera ya la posibilidad de acción correctora: ¿cómo evitar que esto se produzca?
Para mí lo más esperanzador sería que se tratase de un fenómeno transitorio, de un sarpullido enojoso pero pasajero. Tres datos hay que señalar. Primero: Es imposible que todos los individuos alcancen el nivel más alto. Segundo: Siempre es posible evitar, y es justo y conveniente hacerlo, que la igualación tenga como punto de mira el detenerse al nivel más bajo en lugar de ambicionar el más alto. Tercero: dado que ninguna sociedad nace próspera, ordenada y justa, todos los individuos que la forman tienen el deber de contribuir a esa prosperidad, a ese orden y a esa justicia, y en consecuencia no debe considerarse ni buena política ni buena conducta particular, el ofrecerlo o presentarlo todo, como un regalo y encima exigible por el favorecido.
Dentro de la frontera marcada por esos tres principios, se mueve toda mejora encaminada a distinguir el consumo del consumismo, o si se quiere expresarlo de otra manera, discernir lo que es el consumo ávido, compulsivo y destalentado de ahora, con respecto al consumo que estimula rectamente la producción, es compatible con la reposición de las materias renovables y da un empleo provechoso y lúcido a las materias no renovables.
De momento, sin embargo, lo único que se puede señalar es que urge el ser conscientes de la necesidad de rectificar la arrolladora tendencia hacia un consumismo desbocado que se adivina, entre otras muchas manifestaciones externas, en la cutrez generalizada.
Varios indicios permiten una visión esperanzada del futuro a este respecto. Gran parte de esa cutrez está íntimamente vinculada al abuso que la tecnología ejerce sobre la naturaleza y sobre la sociedad a la que dice favorecer. La rectificación de estos abusos llevaría en buena parte al renacimiento de un cierto sentido de la frugalidad, de la austeridad, de la contención, sin el cual es imposible el consumo recto. Por muy rico que seas, dijo Henry Ford a su hijo mayor, no podrás comerte dos pollos al mismo tiempo. Lo decía cuando los pollos eran todavía comida de los domingos o de los grandes días.
Por otra parte, aunque el hedonismo y la tendencia al placer fácil e inmediato sigue siendo el recurso dominante de la publicidad, como medio para condicionar las conductas hacia el consumo, el sentido del esfuerzo y la tendencia empeñosa a conseguir las cosas aún a costa del dolor -que es la base puramente humana del sentido del sacrificio- se manifiesta en nuestra sociedad de una forma inesperada. ¿Qué son, si no, esos ejercicios colectivos doblegantes a que se someten las masas que participan en carreras de Maratón que no anuncian otra victoria que el vencimiento de sí mismo? ¿Qué significan, si no, las palestras de los gimnasios llenas de ejercitantes que sudan la gota gorda? ¿Qué sugieren esos quirófanos dedicados a la cirugía estética que son a manera de altares en los cuales multitud de mujeres sacrifican a la diosa belleza lo más pingüe de su grasa corporal en la búsqueda quirúrgica de una hermosura que ya no aciertan a encontrar en la naturalidad de sí mismas porque ya no se quieren y acaso sospechan que nadie las querrá o nadie las ha querido nunca como son?
Me parece que fué Josep Pla quien dijo que era más difícil describir que opinar. Hasta aquí he tratado de describir y de sugerir. Ahora le llega el momento a la opinión. Opino que lo importante como individuos carentes de otro poder que aquél que nos otorga la aceptación y el cariño de los nuestros, sería dedicarnos a la parcelita de humanidad a la que nos ha tocado ayudar mientras dure nuestra presencia en el mundo. Fundamentalmente, y si el Ministerio y las Consejería de Educación lo permiten, nos deberíamos dedicar con alma vida y corazón, a educar a nuestros hijos y nietos en el cultivo de la belleza, de la verdad y del bien, que las escuelas niegan, pero, con todo, son los puntos de referencia de la calidad humana. No hay otros. Y si alguien sabe de otros, que lo diga.
Y que conste que no tendría ningún reparo en aceptar la posibilidad de considerar con toda seriedad que un cierto grado de cutrez en planteamientos, desarrollos y resultados sea poco menos que inseparable de una sociedad de masas.
En el fondo, resultaría casi lógico que así fuera, puesto que partimos de las engañosas premisas de que todos deben tener acceso a todo y de que nada debe costar un gran esfuerzo a nadie.
Montones de comodidades, conveniencias y hasta lujos que antaño estaban sólo al alcance de unos pocos que por eso los consideraban como un premio a sus esfuerzos o un galardón inseparable de su posición de miembros destacados de la sociedad, son ahora meros artilugios o ·gadgets· a disposición de la generalidad de los individuos que se ven compelidos a su consumo por una propaganda cotidiana y envolvente que, encima de todo, resulta injusta por ser embustera.
Así, ha venido a resultar, incluso, que el punto de referencia para definir la identidad grupal ya no es la pertenencia a la “ciudad”, eso que antes se llamaba ciudadanía y que permitía hablar de conciudadanos. Ni la veneración a la tierra de los padres, que imponía al menos ciertas obligaciones con el corro que compartía tal condición, lo que se llamaba patriotismo y permitía hablar de compatriotas. Ni tan siquiera una cierta selección de gustos y de preferencias, eso que en algún momento de la Historia se llamó estilo. No. Lo que define la identidad grupal tiende a ser, cada vez más radicalmente la posición que cada uno ocupa respecto a las posibilidades de consumo ávido y desagradecido.
Pero no se trata de llorar sobre configuraciones sociales perdidas o desdibujadas, sino de recalcar cómo las amplísimas mayorías afectadas por este fenómeno, incapaces de percibir su efecto aplastante y achatador al que confunden con la deseable y continuamente escamoteada igualdad de oportunidades, se sienten y actúan, protestan y aplauden de acuerdo a su condición de consumidores que llega a parecerles inevitable y necesaria, sin que esa necesidad se refleje para nada en exigencia de calidad. Y esto abarca todo, desde el atuendo hasta el pensamiento, marcados por una moda que todo lo nivela, hasta los programas de radio y de televisión más la publicidad, obedientes a clichés que se inclinan a conformar actitudes y a modelar expresiones.
Este fenómeno, ¿es inevitable en la sociedad de masas o corresponde tan solo a un momento concreto del desarrollo de la misma?
O, cantado de otra forma, pero con la misma solfa ¿es imposible evitar que la generalización de un determinado factor material lleve consigo su encanallamiento? O, incluso, cabría formular esa pregunta de una forma que sugiera ya la posibilidad de acción correctora: ¿cómo evitar que esto se produzca?
Para mí lo más esperanzador sería que se tratase de un fenómeno transitorio, de un sarpullido enojoso pero pasajero. Tres datos hay que señalar. Primero: Es imposible que todos los individuos alcancen el nivel más alto. Segundo: Siempre es posible evitar, y es justo y conveniente hacerlo, que la igualación tenga como punto de mira el detenerse al nivel más bajo en lugar de ambicionar el más alto. Tercero: dado que ninguna sociedad nace próspera, ordenada y justa, todos los individuos que la forman tienen el deber de contribuir a esa prosperidad, a ese orden y a esa justicia, y en consecuencia no debe considerarse ni buena política ni buena conducta particular, el ofrecerlo o presentarlo todo, como un regalo y encima exigible por el favorecido.
Dentro de la frontera marcada por esos tres principios, se mueve toda mejora encaminada a distinguir el consumo del consumismo, o si se quiere expresarlo de otra manera, discernir lo que es el consumo ávido, compulsivo y destalentado de ahora, con respecto al consumo que estimula rectamente la producción, es compatible con la reposición de las materias renovables y da un empleo provechoso y lúcido a las materias no renovables.
De momento, sin embargo, lo único que se puede señalar es que urge el ser conscientes de la necesidad de rectificar la arrolladora tendencia hacia un consumismo desbocado que se adivina, entre otras muchas manifestaciones externas, en la cutrez generalizada.
Varios indicios permiten una visión esperanzada del futuro a este respecto. Gran parte de esa cutrez está íntimamente vinculada al abuso que la tecnología ejerce sobre la naturaleza y sobre la sociedad a la que dice favorecer. La rectificación de estos abusos llevaría en buena parte al renacimiento de un cierto sentido de la frugalidad, de la austeridad, de la contención, sin el cual es imposible el consumo recto. Por muy rico que seas, dijo Henry Ford a su hijo mayor, no podrás comerte dos pollos al mismo tiempo. Lo decía cuando los pollos eran todavía comida de los domingos o de los grandes días.
Por otra parte, aunque el hedonismo y la tendencia al placer fácil e inmediato sigue siendo el recurso dominante de la publicidad, como medio para condicionar las conductas hacia el consumo, el sentido del esfuerzo y la tendencia empeñosa a conseguir las cosas aún a costa del dolor -que es la base puramente humana del sentido del sacrificio- se manifiesta en nuestra sociedad de una forma inesperada. ¿Qué son, si no, esos ejercicios colectivos doblegantes a que se someten las masas que participan en carreras de Maratón que no anuncian otra victoria que el vencimiento de sí mismo? ¿Qué significan, si no, las palestras de los gimnasios llenas de ejercitantes que sudan la gota gorda? ¿Qué sugieren esos quirófanos dedicados a la cirugía estética que son a manera de altares en los cuales multitud de mujeres sacrifican a la diosa belleza lo más pingüe de su grasa corporal en la búsqueda quirúrgica de una hermosura que ya no aciertan a encontrar en la naturalidad de sí mismas porque ya no se quieren y acaso sospechan que nadie las querrá o nadie las ha querido nunca como son?
Me parece que fué Josep Pla quien dijo que era más difícil describir que opinar. Hasta aquí he tratado de describir y de sugerir. Ahora le llega el momento a la opinión. Opino que lo importante como individuos carentes de otro poder que aquél que nos otorga la aceptación y el cariño de los nuestros, sería dedicarnos a la parcelita de humanidad a la que nos ha tocado ayudar mientras dure nuestra presencia en el mundo. Fundamentalmente, y si el Ministerio y las Consejería de Educación lo permiten, nos deberíamos dedicar con alma vida y corazón, a educar a nuestros hijos y nietos en el cultivo de la belleza, de la verdad y del bien, que las escuelas niegan, pero, con todo, son los puntos de referencia de la calidad humana. No hay otros. Y si alguien sabe de otros, que lo diga.
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