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jueves, 10 de mayo de 2007

Glosa Maleva de la Mecedora

La mecedora es un mueble hogareño originario del sur de los Estados Unidos. Pero de un Sur que no era sólo geográfico, sino también político: el delimitado por el “acuerdo de Missouri” que prorrateaba el territorio en doce estados sin esclavitud y doce estados esclavistas.

Por aquél entonces la Unión Americana tenía solo 24 Estados. El prorrateo garantizaba la misma representación en el Senado a los partidarios de la explotación del hombre por el hombre y a los amigos de todo lo contrario: dos senadores por cada uno de los Estados; aunque en la Cámara de Representantes -que son las Cortes de aquél país- donde el número de habitantes era la base de la representación, los antiesclavistas dominaban.

Se creaba así un equilibrio mecanicista, que reducía un difícil asunto de justicia y de humanidad a un acuerdo numérico y transaccional relativamente fácil. Con ingenuidad pragmática se confiaba en que esto bastaría para conservar la paz dentro de la Unión Americana. Y los políticos se desentendieron de un problema que creían resuelto. Hasta que sobrevino la guerra. En este ambiente surgió al mundo la mecedora, silla en la cual se conjuntan las posibilidades de permanecer sentado en el mismo sitio y de estar a la vez en continuo movimiento.

El secreto de este logro tan paradójico no es otro que la estudiada inestabilidad que supieron dar a este mueble sus diseñadores.

En efecto, las cuatro patas de esta silla tan especial no se apoyan sobre el suelo, lugar donde toda solidez tiene su base, sino que descansan sobre sendas piezas curvas de madera que reciben el nombre de cerchas. El uso de las cerchas para otras tareas era bien conocido desde la Edad Media por los carpinteros de ribera, por los oficiales de las atarazanas y por los fabricantes de toneles; pero hubo que esperar al siglo XIX para dar con esa nueva aplicación que consiste en servir de soporte a las patas de la mecedora a la cual dotan de su especial movilidad.

En contraste con las tierras americanas de habla española, en el Reino de las Diecisiete Repúblicas a la cercha la llaman balancín. Hay que decir que resulta un nombre mal empleado. Porque balancín sugiere falsamente que el movimiento de la mecedora es de balanceo.

Pero balancearse es, como se sabe, moverse de un lado a otro, como los brazos que sostienen los platillos de una balanza, y, por extensión y como bien saben los hombres de mar, moverse la nave de una banda a otra.

Sin embargo, es obvio que las mecedoras no se balancean, sino que se mueven de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, en un movimiento de vaivén que en un barco llamarían propiamente cabeceo.

El movimiento de la mecedora se reduce, pues, a un obstinado cabeceo que nada tiene que ver con el movimiento lateral en que consiste el balancearse.

Sea como fuere, la verdad es que la mecedora cumple, a su manera, un viejo sueño de la humanidad: el viajero desearía ser nómada y sedentario al mismo tiempo, el ama de casa o el oficinista, querrían estar en continuo movimiento sin necesidad de abandonar el sitio conocido y habitual que les protege y hastía; al escolar, le encantaría poder correr por todo el patio de recreo sin perder por eso la posibilidad de tener el “marro” y el “safo” al alcance de la mano. Y, hablando de políticos y de otros magos, es patente su aspiración a hacer una cosa mientras simulan estar empeñados en otra diferente, pues así es posible recibir, si la apariencia cuela, aplausos de ambas bandas, o sea, tanto de la de babor como de la estribor. En definitiva, se me hace que el atractivo y encanto de la mecedora es la resultante de la tensión que se produce entre nuestras ansias de permanencia en lo bueno y lo provechoso por un lado, y de nuestra constante comprobación de que todo está sujeto a cambios no siempre favorables.

Que el dichoso mueble de que estamos hablando haya sido inventado en el Sur de los Estados Unidos y en el siglo XIX, es un dato que corrobora lo dicho. Porque por esas fechas, las habitantes de Dixie Land, que no dejaban de presumir de país moderno, se empeñaban en seguir enriqueciéndose con las exportaciones del algodón cultivado con mano de obra esclava.

Confiaban así en mantener los costes a la baja y seguir saturando con el producto de sus campos los mercados del mundo, cuando ya los ingleses disponían en la India de enturbantados trabajadores de la casta de los parias que, contratados y despedidos libremente, como prescribe la corrección capitalista, resultaban mucho más baratos que si hubieran sido esclavos a los cuales el amo tuviera que mantener.

Los finqueros del Sur de los Estados Unidos creían marchar en la vanguardia cuando en realidad la deriva de los acontecimientos los ponía en situación de forzosa reculada. Estaban muy satisfechos de la consideración que se otorgaban a sí mismos y eran incapaces de adoptar una posición mental que restase vuelos a su encendida ufanía. Aquí es donde la mecedora muestra su poder metafórico: quien se acostumbra a descansar en ella puede llegar a creer que su continuo movimiento le lleva a alguna parte cuando en realidad lo fuerza a permanece fijo y como anclado sobre sus propias posaderas.

Desde el Sur de los Estados Unidos, el reino de la mecedora se extendió de porche en porche, de veranda en veranda y de corredor en corredor por todo el continente Las generosas dimensiones de su espaldar han hecho de la mecedora mueble muy solicitado por quienes padecen de lesiones en los hombros y en las vértebras lumbares. Satisfechos propietarios de mecedoras fueron los presidentes Franklin Delano Roosevelt, víctima de la parálisis infantil, y John Fitgerald Kennedy, que sufrió una lesión de guerra que le afectaba la columna.

Devotos de la mecedora los ha habido y los hay para todos los gustos o todos los disgustos. Somoza Debayle, en su casa de Montelimar trasegaba al gaznate sus güisquis “en la roca” siguiendo el compás del ir y el venir de su mecedora. Mientras tanto la revolución que no lo fue, avanzaba de costadillo. Amigos de la mecedora fueron tanto doña Violeta, como Tomás Borge.

Las mecedoras más comunes en España son las de rejilla, según observa Alvaro Pombo autor al que le dan la impresión de moverse por sí mismas. En todo caso, la política que se lleva produce la sensación de vaivén, como de una mecedora.

Aún contando con pocas cabezas en la primera línea, el país entero está entregado a un cabeceo que, según se mire, causa pavor o produce hilaridad.

La mecedora, no como mueble sino como metáfora, es el segundo término de referencia cuando se habla de ciertos países que sestean en la Historia, mas se ven agitados por movimientos aparentes que prometen cambios fáciles y espectaculares. El primer término es la hamaca. Y el tercero el machete. Ambos, también, como metáfora.

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